Lula dijo, para satisfacción de todo demócrata, que “cuando ganas, te quedas y cuando pierdes, te vas”, palabras dirigidas a Nicolás Maduro, que hoy se enfrenta, por primera vez, a la cruda posibilidad de la segunda parte de esa oración.
Pero Venezuela este domingo es un laboratorio de ensayo. Y un test para falsas democracias y democracias de verdad. Lula, que sabe la biblia en verso tras superar la prueba de Bolsonaro, el discípulo brasileño de Trump, confesó haber sentido “miedo” al escuchar decir en un vídeo a Maduro que, de perder (como vaticinan las encuestas), habría en Venezuela “un baño de sangre” y una guerra civil. La respuesta de Maduro, “el que se asustó que se tome una manzanilla”, no le ayuda a homologarse en un universo de políticos demócratas que parece abrirse paso. Ni Trump ni Bolsonaro, que planearon salidas golpistas cuando les tocaba a ellos salir del poder derrotados en las urnas, son ahora mismo los mejores profetas para un mundo apetecible.
Es una fecha preventiva la de hoy, porque, en breve, habrá elecciones en Estados Unidos, y ya Trump no tiene la sartén por el mago ni la bala que le pasó rozando le confiere poderes sobrehumanos. Antes del atentado ya iba para dictador, convencido de su victoria, y Biden meditaba renunciar; ahora que la candidata demócrata es Kamala Harris y el abuelo es él, las encuestas ya no le sonríen y, entre miedos y manzanillas, se impone la verdad, tras caer por los taludes de la posverdad. Lo que dicen Lula, que es perro viejo, Petro (Colombia) y Boric (Chile): las urnas tienen la última palabra, no caben trampas con el escrutinio. Nadie niega que Maduro pueda vencer limpiamente, porque no es la primera vez que un candidato gana a las encuestas. Felipe González, Pedro Sánchez y Macron lo han hecho, pero de forma transparente.
Se cumplen 25 años de chavismo. Hugo Chávez caía bien cuando irrumpió en una democracia corrompida, y se metió al Parlamento canario en el bolsillo, el año 2000, invitado por el presidente Román Rodríguez, poco después de aquella escala técnica que hizo en Tenerife su amigo Fidel Castro para conocer la tierra de sus ancestros, pese al boicot del ministro de Exteriores Abel Matutes y del “caballerito”, como llamaba a Aznar.
Seis años después, vi a Chávez en Nueva York, donde se disponía a intervenir en la Asamblea General de Naciones Unidas, enarbolando en el estrado un libro de Noam Chomsky, Hegemonía o supervivencia. Estaba en su salsa, lideraba ocho estados latinoamericanos bajo su órbita, y se lanzó contra Bush hijo, que presidía la mayor potencia del mundo: “Ayer el diablo estuvo aquí. Huele a azufre todavía”, dijo, como si hablara desde el mismísimo infierno, la ciudad de los rascacielos.
A poco de llegar al poder, a Chávez le dieron un golpe de Estado de cuchufleta, y aquel personaje instrumental que presidía Fedecámaras, Pedro Carmona, aupado como títere de la patronal, se prestó a jurar de presidente interino, mientas el legítimo estaba desaparecido. Hubo manifestaciones de protesta durante 72 horas que entorpecieron la pantomima y unos cuantos militares de honor rescataron a Chávez de la prisión de isla La Orchila y lo devolvieron en helicóptero al Palacio de Miraflores.
En Brasil, hace poco, se repitió la historia, cuando el general Freire Gomes, comandante del Ejército, paró en seco a Jair Bolsonaro en una reunión con la cúpula militar en la que propuso dar un golpe antes de que Lula, ya reelegido, le sustituyera: “Si sigues con esto, me veré obligado a arrestarte”, le amenazó. Lula fue encarcelado en su día con malas artes hasta que se descubrió el pastel, quedó libre y volvió a ganar en las urnas. En Portuga parece que otro tanto sucedió con el primer ministro socialista António Costa, hoy nuevo presidente del Consejo Europeo al decaer las acusaciones.
Una nueva situación política cobra cuerpo tras salvar Europa y Francia su peor round frente a la ultraderecha, y la atención está centrada en Venezuela y Estados Unidos. Tenemos que volver a creer en la vieja lógica infalible de las democracias verdaderas. Está pasando algo en el mundo, que se huele (si no tenemos averiado el olfato). Ese famoso globo de las extremaderechas y las derechas que se extreman se ha ido pinchando en las últimas elecciones de nuestro entorno.
Y hasta Putin parece interesado en sellar un acuerdo de paz en Ucrania. Sus mejores aliados, los chinos, ya han convocado a Kuleba (ministro de Exteriores de Zelenski) a tal fin. No descarten que cualquier día se acabe la guerra. Los que tienen toda la información mueven ficha. Si es que Trump no va a ganar, seguirán desinflándose globos, unos por allá y algún otro por aquí. Buena parte de la fanfarria proultra y proxenófoba bebe en la fuente hipotética de que vuelva Trump.
El repunte de la oposición venezolana desempolva la Transición española, que fue un experimento de éxito contra los nostálgicos del franquismo, con sus consiguientes tentaciones golpistas. En su día, Henrique Capriles y Guaidó rivalizaron con el chavismo de tú a tú, y Maduro creyó posible extinguir a la oposición. A Leopoldo López lo encarceló. Solo la mediación de Zapatero y la presión de su esposa, la activista Lilian Tintori, forzaron su libertad y el camino hacia el exilio en España.
La noticia es que hoy un diplomático de perfil bajo, de 74 años, Edmundo González Urrutia, amenace la continuidad del chavismo de la mano de María Corina Machado, la candidata repudiada por el Gobierno. Este domingo venezolano tiene en vilo a todo el país y a millones de desplazados en el extranjero. En Canarias, las elecciones se viven con el corazón en un puño.
Venimos del paréntesis de Guaidó, exiliado en Miami. Donald Trump se había implicado desde la Casa Blanca en un golpe de cuchipanda contra Maduro -la escena de Guaidó y López en la base aérea de La Carlota esperando a los militares afines reflejaba el fracaso-, como ha reconocido el exasesor de Seguridad Nacional, John Bolton, que tacha a Trump de golpista “incompetente”, al hilo del asalto al Capitolio y de la chapuza venezolana.
Ahora vuelve la democracia. Que nadie se sienta orgulloso de haber querido llegar con atajos al poder. Las urnas se bastan por sí solas, como siempre, para poner a cada uno en su sitio.

