Dicen que fue Will Eisner (Nueva York, 1917-Florida, 2005) quien popularizó el término novela gráfica a partir de su obra Contrato con Dios (1978). Lo popularizó, pero no lo creó. Porque aquí las certezas, como suele ocurrir cuando se buscan respuestas claras y concisas, se evaporan. Antes de que se hablara -¿con propiedad?- de novelas gráficas ya existían relatos dibujados que lo eran sin saberlo. Y también se utilizó la etiqueta novela gráfica para historietas que hoy, mayormente, no consideraríamos tales.
Otra cosa que se dice de la novela gráfica es que surgió, en alguna medida, para dignificar el arte secuencial frente al desprecio -ay- hacia los productos de la cultura de masas que suelen mostrar los practicantes de la alta cultura (es lo que tienen las élites: primero el desdén y después, porque casi siempre es cuestión de tiempo, pagar cientos de miles de euros en una subasta a cambio de mierda en lata). De manera que quizás haya sucedido algo similar a lo de la televisión tras la llegada de Los Soprano, The Wire y Breaking Bad, aunque hubiese, sin duda, grandiosos precedentes.
En cualquier caso, este fenómeno se ha traducido en obras maestras. No faltan los listados de las mejores novelas gráficas. Sobre gustos se continúa escribiendo. Aunque en ellos hay coincidencias y aparecen nombres como Art Spiegelman, Osamu Tezuka, Robert Crumb, Jacques Tardi, Peter Bagge, Neil Gaiman, Alan Moore, David Lloyd, Paco Roca, Frank Miller, el propio Eisner, Carlos Giménez, Marjane Satrapi, Alejandro Jodorowsky, Moebius, Seth, Frederick Peeters, Guy Delisle, Jason Lutes, David B, Joe Sacco…
CHICAGO
A esta relación, que desde luego se podría extender mucho más, se incorporó hace siete años la estadounidense Emil Ferris (Chicago, 1962) con Lo que más me gusta son los monstruos (Reservoir Books), cuyo libro segundo salió a la venta en España el pasado abril, antes incluso que en Estados Unidos, donde se publicó en mayo.
Esta novela gráfica -se ha dicho que la segunda entrega cerraba el relato, pero si uno la lee y la ve, surgen dudas más que razonables- cuenta la historia de una niña estadounidense, Karen Reyes, en el Chicago de finales de los 60 y principios de los 70 del pasado siglo.
Una época convulsa, como todas, pero no solo en eso que llamamos historia, con o sin mayúsculas, sino también en lo que tiene que ver con el paso de la infancia a la adolescencia, con el confuso proceso de construcción de la identidad en un mundo que, en demasiadas ocasiones, resulta amenazador.
Eso, de entrada.

También está la forma en la que Emil Ferris cuenta su fábula, de la que es fácil pensar que hay mucho de autoficción. Recurre a los cuadernos de dibujo de la propia Karen Reyes. Cuadernos de espiral, de papel pautado, ilustrados a bolígrafo. En sus ilustraciones, la protagonista y narradora revela su amor por los monstruos, los de las pantallas y los de los cómics pulp. Mucho más amables, más amigables, que los seres que se suele encontrar diariamente en el barrio de Chicago nada recomendable en el que vive. De hecho, Karen Reyes se siente un hombre-lobo.
O quizás mejor, un hombre-lobo-detective, al que no le faltan ni su gabardina ni su sombrero Fedora, a lo Sam Spade. Porque urge decir que en Lo que más me gusta son los monstruos hay varios misterios que Karen debe desentrañar. Aunque también es necesario precisar que hay otro elemento que le interesa mucho, muchísimo, a la pequeña protagonista: el arte.
EL MUSEO
Sus visitas al museo le sirven para reproducir las obras de arte que más llaman su atención. Unas reproducciones de gran belleza, precisas, que se relacionan con la trama que se nos está contando en cada momento, lo mismo que las portadas imaginarias de cómics de terror que abren cada capítulo, y que contrastan a menudo con los esbozos, los pocos trazos, los dibujos rápidos, ¿feos?, casi inacabados, que suelen sugerir los cambios emocionales, las ensoñaciones, la realidad de la protagonista.
El principal enigma que el hombre-lobo-detective se ha empeñado en resolver es el asesinato de Anka Silverberg, su vecina de arriba (Karen vive con su madre y su hermano Deeze en el sótano de un edificio propiedad de un mafioso), una superviviente de la Alemania nazi, a la que quería mucho. “Era la mujer más guapa que he visto en la vida…”, escribe.
Otro rompecabezas tiene que ver con su propia identidad, mientras deambula por un barrio y una ciudad cruzándose con personajes auténticamente inolvidables. Sobre todo, sus pocos amigos, que son tan bichos raros como ella.





