conversaciones en los limoneros

Manuel Artiles: “Me creyeron muerto una vez, pero yo estaba de parranda”

Es fundador y director de Mírame Televisión
Manuel Artiles: "Me creyeron muerto una vez, pero yo estaba de parranda"

La entrevista fue hecha a empujones, como si no quisiera salir nunca. Manuel Artiles Abrante, 52 años, se sinceró, se echó atrás, se vino arriba, recordó viejos tiempos, se vaciló de sí mismo y de los demás. Este sí que podría contar sus memorias, sobre todo sus memorias brasileñas (era un asiduo de ese país). Me dijo: “Mira, yo he tenido dos impresiones en mi vida, cuando me operé las bembas y me miré al espejo y cuando me sobrevino el ictus. No sé cuál de las dos fue peor”. Un viernes santo de hace cuatro años, él, que un día lejano iba para cura, se sintió mal cuando estaba a punto de dormirse y se cayó de la cama, arrastrando el edredón y el teléfono móvil. Cuando lo encontró, a tientas, llamó a su amigo David González y le dijo: “Ven, que me estoy muriendo”. Había llegado ya la pandemia y un ictus lo estaba matando, literalmente. Llegaron David y las asistencias y en el Hospital Universitario obraron el milagro. Todos lo daban por muerto, menos los médicos y las enfermeras que lucharon hasta lo indecible por salvarle la vida. Y sólo he aludido a dos de las vidas de Manolo, la de antes y la de después. Tiene otras. Más de una década en el Seminario de La Laguna y otra vida más, esta entrañable, cuando Antonio Morales, a la sazón alcalde de Agüimes, a quien Artiles adora, lo puso a pinchar discos, con 15 años, en la emisora municipal, que radiaba música desde un calabozo de la Policía Local. Hay otras vidas más de Manolo Artiles, pero vayamos despacio para no perdernos en la enorme historia de un superviviente. En la existencia de una persona excepcional, así, como lo leen, que ha tenido que vivir mucho, morir un poquito, mentir mucho y decir otras veces la verdad, para sobrevivir. Su padre, jardinero; su madre, ama de casa; cinco hermanos. Y la solución fue mandar a Manolín al Seminario. Era un niño.


-Ibas para cura, ¿qué pasó?
“Mira, yo estaba a punto de entrar en el Seminario Mayor, cuando me encontré con una persona fantástica. Me habían encargado que organizara unas Jornadas de Fe y Cultura, con rueda de prensa incluida. Yo tenía 18 años. Traje hasta a Lázaro Carreter. Aquello fue un éxito y entonces se me acercó el obispo de entonces, don Damián Iguacen, que murió, ya muy viejito, hace poco, convencido de que yo apuntaba maneras”.


-¿Y qué te dijo?
“Me felicitó y me preguntó qué pensaba hacer. Yo le dije: don Damián, yo soy feliz aquí, pero tengo un problema, que me gustan los hombres. Bueno, no se lo dije así, sino que le solté: don Damián, yo soy mariquita”.


-Me imagino la cara del obispo.
“No, sonrió, como diciendo, pues no se te nota. Y entonces me dijo: Mira, vamos a hacer una cosa. Terminas los estudios hasta COU –me faltaba un año y pico— y luego dejas el Seminario y te matriculas en la Universidad”.


-¿Le hiciste caso?
“Sí, me matriculé en Filosofía y Letras, pero tuve la mala suerte de que el primer día de clase, el profesor, citando a un filósofo de cuyo nombre no me acuerdo, dijo: “Dios no existe”. Me puse en pie, me cagué en su puta madre y me fui. Nunca regresé. ¿Cómo se le puede decir que Dios no existe a un tío recién salido del Seminario que había estado oyendo hablar de Dios toda la vida?”.


-Tú, tras el ictus, volviste a nacer. Este es un hecho incuestionable.
“Mi derrame cerebral, lejos de paralizarme, se ha convertido en un reto. Y sí, he nacido dos veces”.


-¿Qué recuerdas de aquellos días?
“Te diré; cuando me retiraron los tubos y los médicos me despertaron yo sólo quería levantarle e ir al baño, a darme una ducha con agua fría. Y cuando vi que no podía, enloquecí. Me arranqué de cuajo todas las vías. Rápidamente me sedaron de nuevo”.


-Debió ser terrible.
“Después de ese momento sólo recuerdo que, cuando volví a despertar, tenía la mirada clavada en el techo de aquella habitación del HUC, llorando sin parar, pensando que ya no volvería a caminar, ni a moverme con normalidad, ni siquiera a hablar. Un día dejé de compadecerme a mí mismo y pedí a Liberto Brage, mi neurocirujano, y al psiquiatra que me asistía, que me ayudaran”.


-¿Qué hicieron ellos?
“A los dos días subieron a la planta novena del HUC un fisio, una logopeda y una terapeuta ocupacional y, desde aquel día, sin fallar nunca, comencé a entrenar y a rehabilitarme como si fuera un atleta, con disciplina militar. Y entendí que la única manera de recuperarme era aceptando mis nuevas limitaciones y mi discapacidad. Reaprendí todo, como un niño, volví a enseñar a mi cerebro cada movimiento, cada paso, cada palabra”.


-El milagro de la supervivencia, Manolo.
“El derrame fue un golpe duro, pero mi recuperación fue también el reto más motivador de toda mi vida. Salvo alguna excepción, todo lo he hecho en hospitales públicos y con sanitarios canarios, que son unos profesionales fuera de serie. He aprendido mucho de los enfermos de ELA, con los que comparto terapia de rehabilitación. Algunos de ellos se han ido, pero me han dejado grandes lecciones de lucha, de vida”.


-Habrás vivido episodios de película en ese hospital.
“Hay una anécdota que te voy a contar, graciosa. Cuando seguía ingresado estábamos en plena pandemia y no había forma de comunicarme con el exterior, ni nadie me podía ir a visitar. Entonces mi amiga Ana Oramas, una hermana para mí, le pidió a Roque, el cura del hospital, que me fuera a ver y me tranquilizara”.


-¿Qué pasó?
“Pues, nada, viene Roque y a mí no se me ocurre otra cosa que pedirle la extremaunción, porque yo no me quería morir e ir directo pa abajo, pal infierno. Roque me dijo: ¡Pero tú estás loco!, ni de coña te doy yo la extremaunción. Y me entregó un rosario misionero, que aún conservo y del que estuve prácticamente colgado durante todo mi ingreso. El ictus me había dejado pallá, pero el rosario fue como si me hubieran lanzado un salvavidas”.


(Atrás quedan los tiempos en que Manolo Artiles acudió, muerto de hambre, a Teide Radio, porque quería trabajo. Elías Bacallado le pagaba los bocadillos en el bar de la esquina, y en contra de otros directivos de este periódico entonces, que era el propietario de la emisora, le dio trabajo. Poco a poco, Artiles se fue haciendo un nombre y llegaron, primero, Azul Televisión, en 1994, en sociedad con la familia de Pepe González, que más tarde vendieron, y luego, hace ya 18 años, Mírame TV, que sigue emitiendo a nivel regional).


-Háblame de Mírame Televisión.
“La gente del sector audiovisual se sorprende por el aguante y la resistencia de nuestro modesto medio, pero este esfuerzo es similar al de mis compañeros que gestionan una televisión local en cualquier isla. O el que realiza un canal autonómico hermano, como es Atlántico Televisión, que se fundamenta en trabajar y hacer comunicación con recursos e inversión privados y con herramientas muy esenciales que son la profesionalidad y el talento”.


-Porque existen varias formas de hacer tele, ¿no?
“En Canarias, fundamentalmente dos. Una, la que inició hace más de 25 años Canal 7 del Atlántico cuando lanzó la primera señal independiente de televisión en las islas. Y la otra, la fórmula pública, que le cuesta dinero a los ciudadanos, el último año más de 60 millones de euros. Eso es un pastizal y el resultado es un 3% de cuota de pantalla el último mes, un dato ridículo”.


-¿Y el modelo privado?
“En Mírame defendemos y practicamos un modelo privado, es decir sustentado en la financiación privada, y que subsiste gracias a la colaboración de las pequeñas, medianas y grandes empresas del Archipiélago. Y ese trabajo lo llevamos a cabo cada día con modestia, dignidad y profesionalidad y, sobre todo, con mucho talento”.


-Y que el ciudadano decida, ¿no?
“Exacto. Al final es el ciudadano quien decide lo que ve. Y yo sólo recibo por parte de la audiencia empatía y respeto”.


-¿Debe cambiar la tele pública?
“Desde mis más de 30 años de profesión, yo creo que la tele pública debería volver a sus orígenes fundacionales. Ser un medio de cohesión y que revitalice e impulse el sector audiovisual canario. La tele pública debe entender, después de más de un cuarto de siglo de existencia, que el talento no se suple con más dinero del contribuyente, con más perras públicas para echarlas en un saco sin fondo”.


-Buscar los errores de contenido y aceptación, entonces.
“Sí, alguien debe estudiar en profundidad dónde están los errores que llevan a una caída en picado de sus audiencias. Y encontrar esa empatía del ciudadano que la debe sustentar. Confío en el nuevo equipo; yo lo pido y no sólo por mí sino por la industria audiovisual y, sobre todo, por el televidente y en aras al servicio público que debe prestar. Es un ruego que hago a las administraciones y a los políticos”.


-Ya puestos, que la Televisión Autonómica deje de emitir publicidad.
“Sería un gesto de competencia leal, al entender los limitados recursos que tenemos las teles privadas de Canarias. Y las radios, igual. Nosotros hemos de pelearnos constantemente para lograr la publicidad que nos mantenga, mientras el sector público costea dos televisiones, a costa de nuestros impuestos, la autonómica y la estatal”.


-Manolo, recuerdo cuando algunos te dieron por muerto.
“Sí, sí, algunos me creyeron muerto, pero yo estaba de parranda”.


-Yo te veo muy recuperado.
“Sí, me estoy enderechando, estoy cojo, pero no soy un imbécil. Este golpe de salud me ha hecho mucho más fuerte”.


-¿Piensas en la retirada?
“No, pero sí pienso en otras fórmulas profesionales, siempre dentro de la profesión. Lo mejor que yo tengo es mi equipo de Mírame, que es excepcional. A lo mejor ha llegado la hora de darle vueltas a mi vida. Ya lo veremos, hay que pensar bien las cosas”.


-Sigues siendo impuntual; pero como el carajo. Eso no te lo curó el tratamiento.
“Es verdad, la puntualidad no se la he podido pedir prestada a la disciplina. ¿Me disculpas?”.


-Disculpado, amigo.

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