por qué no me callo

El mono del miedo

La necesidad de tener un miedo a mano para sobrevivir a él y recibir la recompensa creo que se nos ha instalado como un condicionante. Es como si no pudiéramos vivir sin esos miedos consuetudinarios o, ante su ausencia, acabáramos inventándolos, como por un síndrome de abstinencia.

La pandemia fue una orgía de miedo. Decir sobredosis se queda corto. La sensación de pánico se mantuvo arriba, como una euforia de miedo sostenida en el tiempo, dos años intensos y una prórroga considerable. No podíamos pretender salir indemnes. Y ha ocurrido lo consiguiente, se ha desarrollado la ansiedad del miedo. Si ya éramos propensos a contraer temores, ahora nos hemos especializado en el chute máximo de adrenalina y cortisol.

Bajo ese estado purulento vivimos la pandemia y, quizá, se volvió adictivo tener un miedo portátil de cierta envergadura, como si ya no pudiéramos vivir sin contagiarnos de ello, y, cuando surge el mono, la privación, buscamos debajo de las piedras un miedo cada vez mayor hasta llegar al Armagedón, como ya ha ocurrido. El mono.

La viruela del mono, el mpox (todo el mundo ya habla del clado I y el clado II, como si nada), sería, en sentido figurado, producto de esa invocación. Seguro que la ciencia tiene detectado este caldo de cultivo al que me estoy refiriendo, cuando en una sociedad que se acostumbra a tener en casa un miedo de compañía se acaban creando las condiciones para que aparezca el susodicho antes de que desesperemos.

Hablo de atraerlo, de cocrearlo, como diría la física cuántica. Como si el azar nos leyera el pensamiento y nos suministrara el miedo en cuestión.

Sé que existe el atractivo del miedo, científicamente demostrado en la biología de las emociones. Creo que se ha formado un constructo perverso, un aliciente nostálgico de los grandes miedos, de los que, si salimos ilesos, nos sentimos reforzados. Como cuando en la infancia nos subíamos a la montaña rusa para sentir el riesgo (la muerte pasaba rozando) y, después, celebrábamos estar vivos. Aquel viajito de vértigo aún nos sacude por dentro.

La viruela del mono se presta a elucubrar sobre una eventual pandemia. Primer objetivo conseguido. Y ahora viene el tercer neurotransmisor, la dopamina, en fase de expectativa y, al final, ya veremos si cantamos victoria. Antes, estas cosas pasaban cada cien años; ahora, cada dos o tres.

Con las guerras, otro tanto. La de Ucrania, con lo que se nos acojonó, parecía haber agotado ese efecto tras tentar el miedo non plus ultra: la guerra nuclear. Dos años después, la de la Franja de Gaza, una masacre de 40.000 almas en tiempo récord, niños a miles, provoca el subidón de miedo requerido (de nuevo, el fantasma nuclear) y, ahora que Ucrania invade una porción de Rusia, siendo lo más grave de lo acaecido en el conflicto, el personal ni se inmuta. Quiere más y se pregunta sobre Irán: ¿pero cuándo va a atacar?

La desensibilización ante los mataderos contemporáneos la conocemos de sobra en Canarias con la ruta atlántica de los migrantes que mueren y el discurso del odio con los que sobreviven. Algunos de los niños aislados aquí han visto morir a sus padres en la travesía y cómo tiraban sus cadáveres por la borda del cayuco. Viven en Canarias en estado de shock.

Pero desentenderse de ellos, sin una pizca de humanidad, por quienes les califican de un problema de orden público, es parte del síndrome de esta lacra del miedo familiar: los migrantes no son vistos por todos como lo que son, seres humanos, sino, según algunos, como un peligro.