Por Belarmino Peña Díaz.| Y no digo la canaria más poderosa porque nació en Medina el Campo (Valladolid), alrededor del 1460. Se llamaba Beatriz de Bobadilla y Ulloa, y pertenecía a una de las familias más influyentes en la Corte de Castilla.
Las crónicas son unánimes al describirla como una de las mujeres más bellas de su época, pasando a la historia con adjetivos como: ambiciosa, inteligente, pleiteadora, tirana, apasionada y criminal. Una vida y una época que dan, sin duda, para una serie televisiva de éxito mundial asegurado.
Su relación con Canarias comenzó por un hecho casual. En 1481, el fundador de Las Palmas de Gran Canaria, Juan Rejón, se dirigía a conquistar la isla de La Palma tras haber firmado capitulaciones con los Reyes Católicos para someter tanto a esta isla como a Tenerife. Una tormenta lo obliga a recalar en La Gomera, gobernada en aquel momento por Hernán Peraza el Joven, un antiguo enemigo. El enviado real acaba asesinado por orden del I Señor de La Gomera. Para responder de esa muerte, es llevado a la Corte para ser juzgado. Pero en un giro de los acontecimientos, le imponen una leve sentencia. Tiene que enviar gomeros a conquistar Gran Canaria y la reina Isabel lo obliga a casarse con aquella cortesana a la que el rey Fernando no quitaba el ojo de encima. Todos ganaron con el trato.
Aunque a Hernán Peraza el Joven no le bastó con su bella esposa y se las entendió con Iballa, otra hermosa mujer, en este caso una gomera del linaje aborigen de Hipalán, uno de los cuatro cantones en los que se dividía la isla a la llegada de los europeos. Este tórrido amorío fue considerado incestuoso y se da por roto el simbólico pacto de sangre que unía a los señores de La Gomera con los aborígenes de aquel bando. El llamado Pacto de Guahedum, establecido desde los tiempos del primer conquistador de La Gomera, Hernán Peraza el Viejo, abuelo del adúltero, consistió en un hermanamiento que, entre otras cuestiones, prohibía la endogamia. Los gomeros acusan precisamente de eso al Joven y acaban dándole muerte en 1488, iniciando la llamada Rebelión de los Gomeros, que termina cuando la viuda de Peraza pide auxilio para sofocar la revuelta al gobernador de la Isla de Canaria, Pedro de Vera. Entre ambos deciden la sentencia para el pueblo gomero: ahorcan, empalan y tiran al mar a los varones mayores de 15 años y venden como esclavos a mujeres y niños, a pesar de ser súbditos de Castilla. Estos hechos llegan a oídos del obispo de la Diocesis Canariensis, Miguel López de la Serna, quien logra que los Reyes Católicos llamen a la Corte a los dos nobles para rendir cuentas. Finalmente, fueron obligados al pago solidario de un millón de maravedíes para costear el rescate de los gomeros vendidos como esclavos, siendo despojado de su cargo Pedro de Vera.
Corría 1491 cuando, estando enfrascada en sus juicios, la viuda de Peraza coincidió en la Corte con Cristóbal Colón, dando comienzo a uno de los cotilleos más sonoros de finales del siglo XV. El marino recaló en La Gomera hasta en tres ocasiones en sus viajes a Nuevo Mundo, incluido el del descubrimiento.
Acabó convertida en Señora de Canarias al contraer segundas nupcias en 1498 con el I Adelantado de Canarias, Alonso Fernández de Lugo, en su época el hombre más rico del Archipiélago. Pero terminó falleciendo en extrañas circunstancias en 1504 a la edad de 42 años, cuando se encontraba en su ciudad natal, como no, pleiteando. Ironías del destino, el mismo año y ciudad en los que falleció Isabel I.
