La negritud era el tema esencial de Léopold Sédar Senghor, el poeta senegalés que conoció Pedro García Cabrera en Dakar tras la huida en barco con presos canarios de la guarnición de Villa Cisneros durante la guerra civil. De eso hace mucho, ha llovido tanto que a este país le ha dado tiempo de hacerse una democracia hecha y derecha, con la alternancia en el poder de la susodicha y la izquierda.
A un sector de la sociedad le ha dado por la matraquilla de hurgar en cuestiones racistas que parecían preteridas por estos lares. Habíamos oído historias de la segregación racial en EE.UU., del supremacismo blanco de extrema derecha del Ku Klux Klan o del asesinato de Luther King y de su movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos.
Imposible no estar al tanto de todo aquello, sin que la discriminación racial dejara de resultarnos remota e incompatible con nuestra manera de ser. Pero ahora es el viaje a la antítesis que estamos haciendo en España y en toda Europa. Sédar Senghor, el amigo de García Cabrera, hablaba de alboeuropeos y negroafricanos. Ambos están librando una enconada discusión sobre los flujos migratorios y la acogida humanitaria, el peligro para quienes tienen la piel oscura en el primer mundo, que se reivindica blanco patrióticamente, y la era del bulo, donde se les pone la X con cualquier delito en la antigua Twitter. La negritud ha vuelto al candelero, como estigma.
No es casualidad que domine la conversación política en EE.UU. y en España. Que Canarias esté siendo referente de ese debate a escala nacional. Y que mitigue las demás diatribas, incluidas la amnistía y las fugas grotescas de Puigdemont. Es un tema explosivo, cuya onda expansiva abarca la llegada de niños en cayucos a las Islas o las revueltas de Reino Unido (al debutar el Gobierno socialista de Starmer) por el caso de la falsa acusación a un sirio de crímenes que cometió un galés. “¡La guerra civil!”, llegó a clamar el amo de Twitter (hoy X), Elon Musk. Así que el racismo lidera el podio del odio de esta época (volvemos al siglo pasado) y amenaza con decidir gobiernos, de Europa a la Casa Blanca.
Este verano está resultando revelador. En tan solo un mes resurgen las esperanzas en EE.UU. de evitar el retorno al Despacho Oval de quien instigó el asalto al Capitolio. El fracaso de Biden en el debate con Trump en Atlanta fue un “no hay mal que por bien no venga”. Renunció y el testigo lo cogió una mujer negra, llamada a hacer historia si gana al republicano blanco xenófobo. A priori, Kamala Harris (designada en la convención demócrata de Chicago) sería un cartel perfecto para un racista ejerciente al que le pasó rozando una bala y parecía imbatible en las encuestas. Pero estas ahora dicen lo contrario y se ha empezado a hablar de la sonrisa triunfal de una mujer “inteligente como el demonio”, según Barak Obama.
Una negra, hija de migrantes, que es lo que ahora se discute, llamada a vencer como Simone Biles y todos los negros atletas inexpugnables con medallas de oro en París. En el actual universo político hay un sector que repudia la negritud y la adopta como un filón electoral. Así lo hacen suyo en América y Europa, como un dogma de fe, mientras África emigra y sus detractores lo celebran, paradójicamente, para mantener vivo el rechazo en las urnas.
En Canarias se ha vuelto un tema recurrente, pero aún el racismo no ha arraigado. Salvo sectores militantes y adoctrinados, la sociedad canaria no puede ser calificada de racista. Siempre hubo hacia el náufrago que llegaba a la playa un sentimiento de compasión, una sopa caliente y unas galletas para matar el hambre en la orilla. La acogida de las Islas a estos 5.000 niños no acompañados es sincera.
La reforma de la Ley de Extranjería para regular que se comparta la hospitalidad entre las demás comunidades era un acto de justicia con los menores y con Canarias, que ha apechugado con un problema social que les atañe a todas las regiones, la más poblada de ellas, Andalucía, lo sabe por experiencia propia. A Alicante ya están llegando pateras de Argelia. El veto del PP a la ley ha dolido en las Islas como pocas veces ha ocurrido con una mala decisión política. Si empiezan a llegar menores a las costas peninsulares, recapacitará, lo que no ha hecho por Canarias, donde cogobierna.
Un idéntico tic xenófobo al de los disturbios británicos acaba de intoxicar las redes en España a raíz del trágico suceso de Mocejón, que le costó la vida a un niño por arma blanca, atribuyéndolo a cualquiera de los menores africanos alojados en el pueblo. No tardó en ser detenido el presunto asesino de nacionalidad española.
Estamos en un repunte migratorio en las Islas y con las calmas de septiembre a diciembre se prevé que aumente el número de cayucos con menores. Son niños subsaharianos que sobreviven a la ruta más letal con recuerdos traumáticos de la travesía y a los que la ley preserva sus derechos de custodia y escolarización hasta la mayoría de edad. Los partidos responsables, estén o no en el Gobierno, saben que esa labor debe ser asumida por todas las comunidades, guste o no a su color político el color de la piel de estos menores que lograron salvar la vida. El bloqueo naval de la costa africana frente a Canarias que abanderan PP y Vox es la muletilla que da de comer a votantes desensibilizados, que los hay, una consigna para la grada que agrada a la hinchada. Y no se dice ni mu de tener un mínimo gesto humanitario.
Sánchez, en su gira por Mauritania, Gambia y el Senegal que presidió Sédar Senghor durante veinte años (1960-1980), países emisores de estos niños (“los emigrantes de piernas delgadas y ojos azules”, escribió el poeta), se chocará ahora con la pregunta de si es verdad que España pretende hacerles un blindaje colonial. Hay un “fuera negros” sin discreción en los partidos más racistas que no se sostiene con respecto a la geografía: España es un país limítrofe con África. No son maneras de cultivar la vecindad.
Tras el encuentro Sánchez-Clavijo en La Palma surge la sospecha de que la oposición se siente cómoda mientras no se le interroga. Pero solo el tiempo dirá si la gente perdona y olvida.
