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Pasión por el periodismo

Esta es una profesión atípica. Es como un virus incontenible que se te mete en el cuerpo y no existe medicina para combatirlo, si alguna vez te hartas. El que es periodista lo es para toda la vida y el que es, además, cronista, mucho más. Porque la crónica, como su propio nombre indica, es una enfermedad que se cronifica. No te mueres, pero no te curas. He estado recordando los setenta, cuando dormía en un sillón de la sala de estar de La Tarde la noche de los domingos a los lunes. Los lunes sacábamos una edición que llegó a vender quince mil ejemplares. Tres o cuatro mil de esos lectores los llevaba yo al periódico con mi sección Leolandia. Ahí está Jorge Zurita para dar fe de lo que digo. Jorge fue de las personas que más me animó y que más contribuyó a mi entusiasmo periodístico en esa época. Formábamos un buen equipo, con Paco Rojas, con Manolito Silva. El otro día hablé con Paco Rojas, que ha estado maltrecho, y Manolo nos dejó, pero, aunque pasa el tiempo, los recuerdos no pueden borrarse y aquella fue una buena época para el periodismo “nuevo”, que ya naturalmente se ha quedado viejo. Yo tengo la enfermedad del periodismo metida en el cuerpo y a mi edad no me da miedo lo nuevo, ni tampoco la nostalgia. Estoy acostumbrado a tener siempre la escopeta cargada, por si tengo que ir de cacería, aunque odio disparar a animales indefensos. Mi pasión por el periodismo, presente aún hoy, viene desde niño, desde que escribí la crónica del terremoto de Agadir en aquella pizarra escolar y mi abuelo le dijo a mi padre: “Que vaya a la Universidad, pero que estudie Periodismo”. Y así fue. Hasta me inventé una facultad de la que no disfruté.

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