tribuna

Sesión de espiritismo en La Mareta

Es verano, estaría permitido perder la cabeza con este calor y buscar asesores en el más allá. Hemos visto desbarrar tanto en la contrapolítica que no tendría nada de particular organizar una sesión de espiritismo en un palacete apartado como La Mareta, en una isla donde, como decía Saramago, el fantasma de César Manrique no debe de andar muy lejos.


Sánchez cumple su ritual estival de Lanzarote, rodeado de volcanes, como en Madrid, pero estos al menos están dormidos (no así en la Puerta del Sol). Relajarse de la climatología política española, más asfixiante que esta canícula, un año después del 23J, no es cosa fácil. Han asediado a la esposa, escribió la carta de reflexión que paralizó al PSOE -un partido sin cariátides- y las últimas noticias eran previsibles tras el martirologio: ahora le toca el turno a una hermana de Feijóo, por unos contratos de la Xunta.


En las estancias de la casa-palacio de La Mareta que Hussein de Jordania mandó construir, pero nunca estrenó, habitan recuerdos de épocas pasadas, cuando líderes europeos se daban cita en la isla para arreglar el mundo o para despatarrarse cómodamente y olvidarse de él unos días de asueto.


Pedro Sánchez frecuenta La Mareta, que el arquitecto Higueras y el artista Manrique (la sociedad ilimitada) pusieron en pie hace más de medio siglo sobre un aljibe de agua de lluvia, y suele verse con Zapatero, el amigo y confidente que tiene casa en la isla y ahora anda entre Canarias y Venezuela como un médium invocando a Hugo Chávez para que Maduro se avenga a razones. Salvador Illa voló al oráculo de Lanzarote junto a Sánchez tras la investidura.


Entre La Moncloa y La Mareta existe una línea directa desde que Sánchez está en el poder. Y las paredes oyen. Si La Mareta hablara…


De ahí la idea de copiar a los espiritistas de la puritana era victoriana, que se sentaban ante una mesa circular y contactaban con los parientes lejanos. Lo hacían, por lo visto, también algunos presidentes en la Casa Blanca, Lincoln incluido. Es tentador, dada la talla de los líderes que han hecho una pausa en este caravasar de Teguise y por cómo se ha puesto el mundo en cuestión de horas.


Ucrania se ha convertido en invasora testimonial de Rusia. En Estados Unidos el que va por detrás en las encuestas es Trump. La guerra de Gaza podría acabar y empezar la de Irán con Israel, y otras cosas por el estilo.


Sánchez ahora gobierna en España y Cataluña a la vez, y Puigdemont parece que se le hubiera escapado no al juez Llarena sino a Feijóo, porque era la baza que buscaba el PP para romper el Gobierno con el catalán entre rejas. Sí, el mundo a veces, como decía Galeano, está patas arriba.


Una buena sesión de espiritismo en La Mareta, con la supervisión del doctor Manuel Sans Segarra, podría revelarnos muchas cosas, porque los huéspedes acabaron con la Guerra Fría. El espíritu de Mijaíl Gorbachov opinaría sobre Zelenski y Putin, lo que están pensando los dos. El último presidente de la URSS, el de la mancha de vino en la frente, que pasó tres semanas con Raisa, su esposa, en La Mareta, contaría la caída del muro de Berlín, en dúplex con el espíritu de su amigo Helmut Kohl, que también residió en el palacete conejero; entre los dos derribaron aquel muro de la vergüenza y darían pistas de cómo tirar abajo tantos muros como ahora dividen el mundo en plena ola de odio antiinmigración.


Kohl, decano de cancilleres (16 años en el poder, empatado con Angela Merkel), reunificó Alemania, y, aunque algunos se escandalicen, Sánchez podría pedirle consejo para reunificar España y Cataluña, en una suerte de ostpolitik, pues hay partidos que rentabilizan ese divorcio, mientras a Illa le toca recomponer cristianamente la unidad de las Españas occidental y oriental.


De Merkel, sucesora de Kohl en las filas democristianas (y esto es un paréntesis), se sabe que hacía senderismo en La Gomera cuando era canciller y ahora se esperan sus memorias en noviembre. El socialdemócrata Helmut Schmidt, que entregó el testigo a Kohl, era pianista y se escapaba a la casa del músico Justus Frantz en el sur de Gran Canaria, donde estrechó lazos de amistad y melomanía con Jerónimo Saavedra. La saga germana en Canarias incluye a Gerhard Schröder (80 años), el controvertido amigo de Putin, que también pernoctó en La Mareta siendo canciller, y al Nobel Günter Grass, que tenía un secreto, Puntallana (La Palma), donde se evadía de las polémicas confesiones sobre su pasado juvenil en las SS hitlerianas. En la casa de su hijo se hacía invisible, paseando con papel y lápiz para dibujar paisajes sin escribir una línea. (Fin del paréntesis.)


El sanedrín de los espíritus de La Mareta, fruto de nuestra imaginación, contendría a Václav Havel, el dramaturgo y presidente checo al que le tocó vivir en un mundo de invasiones soviéticas (como ha sufrido Ucrania), durante la Primavera de Praga. El espíritu de Václav Havel tendría mucho que decir sobre el cotarro contemporáneo. Era una mente privilegiada.
Los tres, Gorbachov, Kohl y Havel, fueron autores de unas cuantas genialidades para salir de los atolladeros. El ruso llevó a su inmenso país a las puertas de la democracia mediante dos paradigmas muy sugerentes, la perestroika (recontrucción) y la glasnost (transparencia), tras decenios de barbarie bajo la hoz y el martillo, y se sacó unos cuantos conejos de la chistera: cruzó la calle y abrazó a Ronald Reagan y juntos pusieron fin a la Guerra Fría. Firmaron acuerdos de desarme y desmintieron la locura de una guerra nuclear. Ahora estamos en el mismo kilómetro de la historia.


Una sesión espiritista no arreglará el mundo, pero decía el poeta Yeats, amante del género esotérico, que en sus incursiones místicas encontraba las metáforas que le hacían falta. Justo lo que andamos buscando en mitad de esta larga noche inescrutable.

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