La opinión más sensata -y acertada- sobre el problema catalán nos parece que sigue siendo la de Ortega y Gasset en su polémica con Manuel Azaña sobre el Estatuto de 1932, en el sentido de que es un problema que no tiene solución y es preciso aprender a convivir y conllevar con él. En la actualidad, asistimos -en diferido- al quinto intento de separación catalana desde 1640, intentos siempre coincidentes con momentos de debilidad extrema del poder del Estado y crisis económica. Ahora, la independencia de Cataluña se ha mezclado con un segundo objetivo, que es la destrucción de la Constitución, de la Transición y de lo que llaman el régimen del 78. Es el precio que Puigdemont, Oriol Junqueras, Rufián y los demás han exigido, y que Sánchez paga gustosamente para seguir en La Moncloa.
El problema es que, con la independencia de Cataluña, no se solucionaría el problema. Y no se solucionaría porque el nacionalismo basa su existencia en la reivindicación incesante y una Cataluña independiente reivindicaría la anexión de Valencia y Baleares, sin olvidar el Rosellón y la Cerdaña franceses, perdidos por España en la Paz de los Pirineos, y los municipios aragoneses fronterizos de influencia cultural catalana, que los catalanistas llaman las Marcas o Franja de Poniente. Son lo que el nacionalismo denomina los Países Catalanes, es decir, el antiguo Reino de Aragón sin Aragón. Y no olvidemos que, en ese reino, Cataluña era nada más que el Condado de Barcelona, mientras Valencia y Baleares (Mallorca) constituían reinos diferenciados y unidos solo por la titularidad de un mismo monarca.
La supuesta solución federal que Pedro Sánchez proclama para justificar su financiación “singular” de Cataluña no deja de ser un falso señuelo. Todos los especialistas coinciden en señalar que el modelo autonómico español ha devenido en un federalismo material. España ya es un Estado materialmente federal, y de los más descentralizados del mundo, más que los Estados Unidos e Italia, y solo superado por Alemania. Ortega y Gasset nos advirtió, en su momento, de que el problema catalán no tiene solución y debemos aprender a convivir con él. Y nos tememos que la situación no ha cambiado mucho desde entonces.
Tras su toma de posesión, Salvador Illa acudió a su primer acto oficial como presidente catalán. Y, como era de esperar, ese acto fue una reunión con los Mossos, en la que elogió su trayectoria y su buen hacer, y se refirió muy brevemente a su fracaso en detener a Puigdemont. Porque esa frustrada detención fue un teatrillo veraniego organizado de común acuerdo por los independentistas y Pedro Sánchez. Era inevitable que Puigdemont cruzara la frontera y se dejara ver en Barcelona. Pero no podía arriesgarse a ser detenido, por lo que los Mossos hicieron todo lo posible para que eso no ocurriera. Su imagen sufrió un poco, pero eso era también inevitable, incluyendo el montaje de una operación jaula una vez que el antiguo presidente había regresado a Francia. El paripé teatral ha incluido, incluso, un expediente a dos Mossos por ayudar a Puigdemont a huir, como si todos no hubieran hecho lo mismo. Los recursos del independentismo catalán aliado con Sánchez parecen inagotables. Y con Illa tiene la posibilidad de continuar dirigiendo la política catalana.
