tribuna

Canarias, en el dédalo de Dios

Canarias, sin que seamos muy conscientes de ello, ha estado involucrada en una de las mayores hazañas de la Ciencia (con mayúsculas), el descubrimiento del origen del Universo, la Gran Explosión. Hace 60 años, empezó a ser tomada en serio en Estados Unidos y, hace 30, obtuvo su confirmación en el cielo de Tenerife.

Equivalía a conocer los cimientos de la casa que se habita. Y no resultó nada fácil, fue una historia de buenos y malos, que para algunos solo tuvo un final feliz a las puertas de la muerte.

El precio que pagaron los padres de la teoría fue muy alto. Más de uno renunció a la actividad científica asediado por las burlas y el descrédito, se fueron apartando hacia otros empleos y se entabló tal inquisición contra quienes sostenían que todo empezó con un átomo y el cosmos se expande sin frenos, que, hasta el propio Einstein, cuyas ideas habían dado pie a todo ello, sucumbió a la presión y descartaba el Big Bang con voces de alarma: “No, eso no, ¡sugiere demasiado la creación!”. La sospecha de un creador espantaba a la ciencia.

En medio de esa guerra, Tenerife se implicó con éxito en la búsqueda de la verdad más temida. Y dio con ella casi al alimón con Estados Unidos. Sorprende que, pese a la envergadura del hito, en las Islas no se tenga memoria de haber participado en el descubrimiento del origen del mundo y, en cierta forma, en el propio parto de la cosmología.

Ahora se dan la mano dos efemérides. Hace 60 años, fruto de una serendipia como un rascacielos, se pudo gritar ¡eureka! Corría 1964 y Robert Wilson y Arno Penzias, ingenieros de los laboratorios Bell, instalaron una antena cónica de la empresa en New Jersey para captar comunicaciones de la Vía Láctea. No podían dormir, pues no lograban silenciar una fuente de ruido que les impedía escuchar cualquier otra señal con nitidez.

Este pasaje es cómico. Creyendo dar con la causa, le echaron la culpa a los excrementos de las palomas que se posaban en la antena y se subieron a la estructura, limpiaron bien la superficie y dieron por resuelto el incidente. Pero el ruido no se fue.

A pocos kilómetros, dos investigadores sudaban la gota gorda tratando de detectar las luces primeras tras la Gran Explosión: la radiación cósmica de fondo. ¡El Santo Grial del Big Bang! Y ese era el ruido que tanto molestaba a Wilson y Penzias, por el que les darían el Nobel de Física. Acababan de descubrir por casualidad la contraseña del origen del Universo.

Robert Wilson era un yanqui simpático, que estaba en Tenerife con su esposa como una de las estrellas del Festival Starmus. Cuando lo conocimos el fotógrafo y explorador Roberto de Armas y yo, y lo entrevistamos, bajo la atenta mirada de Stephen Hawking (que se quedaba con todo), soltó alguna carcajada sobre las cagadas de las famosas palomas, aquella broma de Dios. Confesó que el Nobel les cayó del cielo: andaban buscando piritas y encontraron oro.

Hasta ese momento, los detractores del Big Bang (nombrete acuñado por un astrofísico inglés en la BBC Radio como un sarcasmo contra la teoría) habían gozado de la gloria chulesca de la versión oficial y nadie les rechistaba. A un joven físico con sotana, Georges Lemaitre, al que ya habían matado en vida por propugnar la expansión del Universo y después lo habían resucitado al comprobarse con el mayor telescopio del mundo, lo llamaron directamente “loco” por habérsele ocurrido otra hipótesis, la del huevo cósmico, de la que se cachondearon con el mote de Big Bang: según él, todo había tenido su origen en un átomo primigenio ex nihilo (a partir de nada). De “física de curas” tildaban con recochineo los dardos de aquel sacerdote genial.

Y, por segunda vez, Lemaitre se llevaría el gato al agua; había intuido el dedo de Dios pulsando la tecla para crear el Mundo. Ya muy enfermo, se enteró de la carambola de la antena de las cacas de palomas pocos días antes de morir de leucemia. “Estoy contento, ahora, al menos, se tiene la prueba”, le dio tiempo a decir antes de su despedida. Dios. La Ciencia. Las pruebas. El albor de una revolución, se titula un reciente libro best-seller de Michel-Yves Bolloré y Olivier Bonnassies, donde abundan en estas campanadas.

Arrancarle el secreto del origen a la caja negra, hace 13.800 millones de años, era posible, audible y visible. Ahí es donde, hace tres décadas, entran en escena las antenas de Rebolo en el Teide. El llamado Experimento Tenerife de 1994, dirigido por Rafael Rebolo (IAC) y Rod Davies (Universidad de Manchester), logró con tres antenas dobles de 60 centímetros, que costaron 35 millones de pesetas, confirmar y mejorar el scoop de George Smoot sobre sus pruebas del Big Bang, con datos del satélite Cobe, de la NASA, lanzado al espacio a tal efecto. La noticia fue portada del New York Times.

El Experimento Tenerife -en el que también colaboraron investigadores de Cambridge- se dio a conocer, en paralelo, en la revista Nature. Iba más lejos que el de Estados Unidos y contenía las coordenadas de las dos primeras estructuras conocidas del cosmos primitivo (una caliente hacia la constelación Perros de Caza y otra fría hacia la constelación del Boyero) antes de que nacieran las galaxias. Era dar en el clavo con una materia para elegidos. A esos balbuceos los llamaron cosmosomas. Por el IAC participaron, junto a Rebolo, Carlos Gutiérrez y Robert Watson.

Cuando hablé con Smoot (Premio Nobel por este trabajo junto a John C. Mather), fue como una entrevista sobre un tema sacro, donde se hablaba del rostro de Dios (así apodaron su mapa). Me pareció un tipo agradecido. Ponía por las nubes a Rebolo y su equipo por obrar milagros con los modestos radiómetros del Teide. Les debía el Nobel.

La Ciencia dio un salto de gigantes con las primeras huellas del Universo. No le hemos dado toda la importancia que tiene lo que acabo de contar, pese a que Tenerife figura con letras de molde en una proeza que cambió la historia de la Astronomía y de la manera de entender el origen y la vida de la humanidad.