El requerimiento de López Obrador para que España se disculpe por la Conquista mexicana no es nuevo. Y, a bote pronto, un canario, por experiencia propia, diría que es razonable. Pero tener una buena memoria de 500 años no quita que usarla con majadería se vuelva una testarudez. En Tenerife, el rey Felipe VI (vetado en México) acaba de recibir la medalla de oro del Parlamento canario sin que se le reclamara la momia guanche de Madrid, de los tiempos de Carlos III, hace 200 años.
Obrador emplazó a España ya en 2019, en vísperas del bicentenario de la independencia de su país, y por cada Día de la Hispanidad desenterraba el hacha emperrado, pese a los lazos fraternales desde Lázaro Cárdenas, que acogió el exilio, entre otros miles de españoles en la guerra, del paisano Juan Marichal. Pero Obrador no es hombre de medias tintas; dejar el poder el martes no le hará muy feliz y siempre dominó el arte de ser el centro de atención. Sospecho que, por ello, más que por la espada de Hernán Cortés, endosó el entuerto a Claudia Sheinbaum, la primera mujer presidenta del país, una científica brillante, de izquierdas, que era una niña cuando sus padres protestaban en la calle el día de la matanza estudiantil de Tlatelolco.
Que no acuda a su toma de posesión ni el rey (al que no invita por no haber pedido perdón) ni el Gobierno (por motivos obvios) no es ninguna tragedia, pero solo satisface a su predecesor, ya jubilado. El papa Francisco cubrió el expediente de disculparse en su día, como lo hizo para el conjunto de los pueblos indígenas por los desafueros de la Conquista de América. España no evangelizó con la espada enfundada, ni eran unos santos como el padre Anchieta, ni los conquistadores fueron hermanitas de la Caridad. Hubo sangre y cultura, expolio y lengua. Como en Canarias.
Basta con leer las cartas de relación del propio Hernán Cortes al emperador Carlos V, donde el conquistador (un tipo formado en la Universidad de Salamanca, que conocía el latín y dominaba la Gramática) se luce como escritor y hace la crónica de puño y letra de sus batallas y alianzas, sin paños calientes, y cita sus masacres y el decisivo apresamiento de Moctezuma, el episodio traumático que desmontó el mayor imperio de Mesoamérica.
Pero en el propio país le reprochan a su presidente saliente que ignore el legado español, la herencia del idioma y las bibliotecas y universidades que llegaban detrás del dolor de las armas. Cuando saltó la polémica, hace cinco años, Vargas Llosa se incomodó con la ligereza de Obrador, al tener la vista larga pero no ver que su país tiene todavía “millones de indios marginados, pobres, ignorantes y explotados”. A Borrell, que era ministro de Exteriores, le parecía extemporánea la calentura del presidente mexicano 500 años después, como si España pidiera cuentas a Francia por lo que hicieron los soldados de Napoleón cuando la invadieron.
En una plaza de Buenos Aires, un anciano librero me dijo, despectivamente, cuando me marchaba sin hacerle ninguna compra: “¡Adios, español!” Es inevitable que haya malos recuerdos en América por el pasado colonial.
México tiene tantos motivos para pedirle a España disculpas por tres siglos de dominio imperialista, como Perú por el secuestro y muerte de su último rey inca, Atahualpa, a manos de Pizarro, en Cajamarca; es más, los peruanos podrían pedir que les devuelvan el oro y la plata que el soberano de aquel imperio tan vasto que parecía infinito ofreció a cambio inútilmente de su libertad. Una fortuna que se repartieron la Corona, capitanes y soldados.
Las disculpas pueden ser objeto de un acto de justicia histórica mutua. Como cabría requerir de Europa respecto de sus antiguas colonias africanas, que hoy callan, pero no otorgan, aun cuando les recriminamos que emigren a nuestras costas.
De nada vale mirar para otra parte y rebatir los estragos y sombras de Castilla en América, como le decía Pérez Reverte a Elvira Roca Barea (Imperiofobia) en la controversia sobre su best-seller que negaba la leyenda negra.
En Canarias se sabe de lo que estamos hablando. No hay que esperar a la conquista de América, pues la de las Islas fue su ensayo general, y contiene el manual de “excesos” a que alude López Obrador en su ajuste de cuentas con la Corona española. Ningún imperio sale indemne de esa prueba.
Al menos este conflicto ha servido, pese a todo, para ver al líder del PP en jocosos apuros a la hora de tener que apoyar al Gobierno de Sánchez por el incidente diplomático, en defensa del rey. Feijóo le ha puesto todo el disimulo que ha podido y ha mezclado México con Argentina, Obrador con Miléi, para escurrir el bulto.
Si la nueva presidenta, Claudia Sheinbaum, hila fino y afronta este melón con mejor tacto que AMLO (el acrónimo de Andrés Manuel López Obrador), las relaciones se reconducirán.
Pero, ojo, a Obrador le están refrescando la memoria en México por la pobreza y el feminicidio que padece el país, cuya inseguridad es un lastre de este siglo, no del XVI.
Consciente de ello y de lo tornadizo que suele ser su amigo y conmilitón de célebres acampadas para llegar al poder, la escritora mexicana Elena Poniatowska (que me contó personalmente los desvaríos del personaje), descendiente de un rey polaco, no lo ha secundado en su fobia antiespañola. La premio Cervantes cree que un día una nube le dio una idea “fuera de lugar”.
El desliz diplomático ha sido llevar este diferendo al fondo del bebedero hasta ahogarse, cuando a Sheinbaum le convenía más retomar el envite con el rey de huésped en México por su investidura, a fin de explorar un pacto de damas y caballeros.
