El último “pelado” y nos vamos. Quizás “colgar las tijeras y los tintes” no sea el mejor símil para explicar que un peluquero ha terminado su carrera, pero así ha sido. Atrás quedan las gominas, los lavados de cabeza y los inevitables pelos pegados al cuerpo. Gajes del oficio. Seguramente, eso mismo habrá pensado Antonio García, un peluquero que hace 46 años instaló su salón de belleza en Las Galletas y que el pasado viernes celebró su cumpleaños, y ayer, tras una larga carrera profesional, selló su jubilación por todo lo alto con una gran fiesta en su local para agradecer a sus fieles clientes y poner fin a su andadura empresarial.
Fue un día triste en Las Galletas, de esos en los que todo un pueblo comparte el motivo. Con 65 años, Antonio se despide no solo como un excelente peluquero, sino como un hombre que ha sabido ganarse el corazón de toda una comunidad.
“Si yo hubiese vivido en Madrid o Barcelona, podría haber sido un Llongueras, pero no ambicioné más”, decía Antonio con una sonrisa serena. Reconocía que, pese a su éxito, nunca quiso dejar atrás la tranquilidad de Las Galletas, el pueblo en el que echó raíces profundas. Porque él no solo era un maestro de la tijera, sino también de la vida sencilla. García entendió que la grandeza no siempre está en los focos, sino en el día a día.
SUS INICIOS
Antonio no fue un peluquero cualquiera. Campeón de Europa y galardonado a nivel nacional en innumerables ocasiones, su trayectoria lo demuestra. “¡Diseñe un peinado que emulaba a El Teide en la cabeza de una chica!”, recuerda con orgullo, rememorando una de sus creaciones más inauditas en una competición. “¡Mira al lado!, yo había acabado y la otra peluquera no había ni empezado”, añade entre risas. Con un currículum así, Antonio podría haber trabajado en los grandes salones del mundo, pero Antonio eligió el suave murmullo del mar antes que el ajetreo de las grandes ciudades.
“Me adapté al medio como los lagartijos”, comenta en tono jocoso, haciendo referencia a cómo, a pesar de llegar de una ciudad dinámica como Barcelona, encontró su lugar en la calma de Las Galletas.
Antonio es natural de Orce, una localidad situada en el noreste de la provincia de Granada. Esta atesora uno de los registros arqueopaleontológicos y geológicos más importantes del mundo para el conocimiento de la primera dispersión de los humanos fuera de África y para la reconstrucción del contexto paleoecológico en el que aquélla tuvo lugar.
Pronto Antonio descubriría su vocación. Quería ser peluquero. Dicho y hecho. Con 19 años abandona su casa y se dirige a Barcelona, para formarse en uno de los cursos más prestigiosos de España. Tras dos años de enseñanzas que le ayudarían durante toda su vida, García conseguiría trabajo en Manresa. Al cabo de varios meses en la localidad trabajando en un salón de belleza y vivir junto a uno de sus ocho hermanos, una llamada cambiaría su destino para siempre: el director de su curso le ofreció un trabajo en Ten-Bel, y no lo dudó. Aunque no lo confirme, seguramente Antonio buscaría tras colgar el teléfono en un mapa dónde se encontraban aquellas Galletas que le había mencionado su jefe y, donde iba a vivir durante una temporada. El resto es historia.
CLIENTES FIELES
Tras llegar a Tenerife e instalarse en una peluquería de un hotel, Antonio no tardaría en hacerse notar en la zona. Su trabajo empezó a verse reconocido por los clientes y multitud de personas le pedían que se instalase en x zona para así tenerlo más cerca y poder cortarse el pelo con él. “Me han dicho miles de veces que yo en Santa Cruz hubiese hecho mucho más dinero, pero yo estaba feliz aquí”, sentencia.
Durante su fiesta de despedida, los rostros de sus clientes reflejaban el impacto que Antonio ha tenido en sus vidas. “Tengo clientes que llevan 46 años conmigo, desde el primer día que llegué”, dice orgulloso.
Recuerda que las cabezas de todo el pueblo, al menos una vez, han pasado por sus manos. Pero no fue solo la longevidad de su servicio lo que conquistó a su clientela, sino la calidez y cercanía con la que trataba a cada persona que se sentaba en su silla. Para Antonio, la peluquería no era solo un trabajo, era un arte, “una forma de conectar con la gente”. Un motivo fuera de lo monótono y los cortes propios de su trabajo.
Al recordar a su difunta esposa, con quien compartió casi 50 años de vida, su voz se entrecorta.
Se conocieron a los 15 años, en el instituto, y su pérdida, hace apenas un año, le ha dejado una herida profunda. Antonio la recuerda con ternura, mostrando fotos de los certámenes a los que asistían juntos. “Era mi modelo. El amor de mi vida”. La ausencia de su compañera ha sido, sin duda, uno de los factores que lo llevó a dar el paso hacia la jubilación.
LA PERFECCCIÓN HECHA TRABAJO
A lo largo de su carrera, Antonio formó a numerosas peluqueras que hoy tienen sus propios salones. “Yo siempre tuve la decisión de crear empleo estable. Muchas de las chicas que trabajaron conmigo siguen agradecidas a la oportunidad que les dimos en su momento. Aprendieron a valorar la perfección en su trabajo, y eso se nota a la larga”, explica. García se describe como un trabajador. Una persona perfeccionista, calculadora y analítica. De aquellas que están pendientes a todos los detalles. A través de su disciplina y pasión, no solo aseguraba cortes perfectos, sino también una experiencia memorable y especial para cada cliente.
El legado que deja Antonio en Las Galletas y en el mundo de la peluquería en Tenerife trasciende los premios y reconocimientos. “Prefiero que me recuerden como una gran persona antes que como profesional”, confiesa emocionado. Para él, los logros son importantes, pero lo que realmente cuenta es el impacto humano que ha dejado. “Cuando salgo a la calle, me saluda todo el mundo, sea cliente o no. Eso es lo que me llevo”.
LA VIDA DESPUÉS DE LA JUBILACIÓN
Ahora que la jubilación le brindará tiempo, plantea dedicárselo a sus hijos y, espera, pronto a sus nietos. Entre risas, mete prisa a sus hijos para que le hagan abuelo y reconoce: “ojalá vengan pronto”, con una mezcla de esperanza y ternura. Después de una vida dedicada al trabajo y a su comunidad, García mira al futuro con serenidad. Con la propia de una persona que ha quemado etapas. Que ha sido el mejor en lo suyo o que, por lo menos, ha estado muy cerca
Volverá a su Orce natal de vez en cuando, pero tiene claro que su hogar es Las Galletas. “Cuando llegué, era un pequeño pueblo. Hoy es una comunidad vibrante que lo tiene todo”, cuenta con orgullo. Aunque su salón ya no abrirá más, el legado de Antonio perdurará. Las Galletas despide a un peluquero, pero sobre todo, a uno de los suyos.





