La gestión de la transparencia por parte de muchos gobiernos y administraciones, a pesar de encontrarnos en sistemas democráticos, al menos formalmente, deja mucho que desear. Tanto en su dimensión activa como pasiva. Estos comportamientos erráticos, máxime cuando los controles son de baja o inexistente calidad, manifiestan prácticas autoritarias que hoy circulan por todo el mundo, de norte a sur y de este a oeste. Con cierta frecuencia, especialmente cuando el poder se concentra exponencialmente, quienes desprecian la transparencia se olvidan de que el ciudadano ya no se conforma con ser representado en las principales instituciones del Estado, sino que quiere participar de manera personal y con mayor intensidad en la toma de decisiones que le afectan y ejercer un control mayor de la gestión de la actividad de interés general y de la ejecución de los presupuestos públicos. Tanto la transparencia activa como el derecho de acceso a la información pública, transparencia pasiva, son manifestaciones de que, en democracia, el dueño y soberano del poder es el ciudadano y a él deben reportar las autoridades, de los tres poderes, que lo representan.
Algo, por lo que se ve, que no preocupa absolutamente nada a quien incumple sistemáticamente las obligaciones de transparencia escudándose en que no existen en la norma sanciones para dichas contravenciones. Como si un comportamiento autoritario, por no estar previsto en la legislación, dejara de serlo. Sin acceso a la información de interés general de forma real, veraz, efectiva y completa no hay democracia sencillamente porque la participación, pilar fundamental, es una quimera, una farsa. Justo lo que está pasando en este tiempo. El acceso a la información de interés general no es una opción, o una extravagancia, menos un ejercicio elitista o un resabio de la burguesía corrupta; es, lisa y llanamente, una condición necesaria para la democracia que, en estos tiempos de excepcionalidad, no debiera ser necesario remembrar. Pero el grado de calidad democrática al que hemos llegado es hoy tan baja, que hasta las verdades del barquero deben ser recordadas. A veces con riesgo de cancelación.
