Entre tantos, hay dos clases de mundos hoy en día: donde corre la sangre y donde corren los bulos. El ruido letal de los buscas y los walkie-talkies nos despierta de la pesadilla española. A esto lo llamábamos también ruido, pero esas detonaciones, la imagen de un mercado de frutas en Líbano con la estampida humana y el coche en llamas o el incendio de un apartamento, los muertos y miles de heridos hacen del pandemónium español una grotesca algarabía de patio de colegio llena de cinismo, mucha hipocresía y barraca de feria. Pongamos por caso el exilio de Edmundo en el país de la oposición más torrontuda del mundo.
Pero no por ello cunde el pánico, todo es previsible. Cada mañana, el mismo café. La barbarie es otra cosa, esa selva donde te revientan los bolsillos y la entrepierna si llevas una batería y le caes mal al Mosad. O te mandan un mensaje masivo y miles de manos consultan el dispositivo y saltan por los aires a la vez, con los niños incluidos. “Se ha evitado lo peor”, había dicho previamente en Líbano un Borrell confiado en que Israel no invadirá el país. Ahora esto lo empeora todo. Y el alto representante de la UE habla en Canarias, en unos días de cumbres políticas inusitadas por estos lares, del arriscado mundo en que vivimos, visto lo visto.
Cuando Robert Maxwell murió en extrañas circunstancias, hace 33 años, en aguas de Canarias, tras su última cena en el Mencey, siempre se sospechó del Mosad, habida cuenta de que el magnate de la prensa británica había intimidado a la propia agencia de espionaje israelí, cuando ya se ahogaba en la ruina, antes de aparecer desnudo flotando boca abajo entre Tenerife y Gran Canaria. Chantajeaba a cuenta de sus servicios prestados y de su silencio.
Ha llovido mucho (o poco, la verdad es que ya no llueve como antes) y todavía salen libros sobre esa trama con tres patas, Israel, Reino Unido y Canarias. La cena en el hotel de Santa Cruz fue reveladora; al marcharse, el sumiller le tuvo que avisar de que dejaba la chaqueta olvidada. Los clientes lo vieron con su motorola (eran tiempos prehistóricos) sosteniendo nervioso una agitada conversación telefónica. De haber sido hoy, acaso el móvil le habría estallado en la cara, un modo más expeditivo que un abordaje nocturno a su yate Lady Ghislaine en una zodiac para inyectarle cualquier veneno indetectable, como por entonces me sugería un forense que estudió el cadáver en Las Palmas.
Maxwell, de origen judío, alardeaba de haber colaborado con el Mosad, que tenía el prestigio intacto, hasta que, hace un año, el ataque de Hamás costó la vida a 1.200 israelíes, originando la guerra de Gaza y toda esta metralla electrónica, que ha puesto en vilo a media humanidad por el riesgo de llevar un móvil o un marcapasos.
No era Ciudadano Kane (Vázquez Figueroa lo llamó Ciudadano Max en una novela), el que incitó a la guerra de Cuba por la explosión del acorazado Maine (como un walkie-talkie a lo bestia), pero quizá suponía una amenaza por lo que sabía y por lo que debía, centenares de millones de dólares. Y por eso se especuló que el Mosad tomó cartas en el asunto en nuestras aguas.
En España, el caso Pegasus, del hackeo a Sánchez y Margarita Robles, entre otros ministros, remitió a la oscura tecnología israelí. De ese país obsesionado con la seguridad habría salido el software espía para secuestrar los teléfonos de los políticos.
El Mosad celebra su argucia del traqueteo a Hezbolá como una travesura entre agencias de espionaje, para disfrute de Netanyahu, que aviva el fuego en Extremo Oriente porque mientras haya guerra evita el paro y la cárcel. En época de fantochadas rusas sobre el botón nuclear que chocan con el veto chino, solo faltaba esta guerrilla de baja intensidad non-stop con los buscas como saltapericos.
Esto hace que lo que pasa en España parezca un teatrillo de pacotilla. Feijóo se ha convertido en un guiñol que adora las mañas migratorias de Meloni, sin reparar en qué métodos usa, si son o no compatibles con los derechos humanos.
¿Explosionarán los móviles de las bancadas progresistas en el Congreso cualquier día de estos? Es descabellado. Los ataques de la oposición son más bien ataques de celo al ver llegar al socialista Salvador Illa a la Villa y Corte a saludar al rey en La Zarzuela después de una década de distanciamiento institucional. Felipe VI (medalla de oro del Parlamento canario este jueves) se ganó a las islas (“son mi casa”, dijo en el acto) y, en vísperas de que el TSJC suspendiera el protocolo de los menores, elogió la “humanidad” de esta tierra y aclaró, comprensivo, que hoy emigra más gente por cuestiones vitales.
Lo de Edmundo González no ha sido un caso de migración, sino de asilo, y al PP se le ha ido la pinza, de nuevo a Pons, diciendo que el ejecutivo español “está implicado en el golpe de Estado de Venezuela … Es la operación más sucia de la historia de la diplomacia española”, antes de que el propio candidato de la oposición más votado en julio emitiera un comunicado a favor del Gobierno y el embajador en Caracas, descartando tal cosa. El patinazo del PP hace época. No será el último.
Ella es así, una oposicion “avinagrada”, la llamó Sánchez. Pero se hace la dulzona cuando se da un salto a Canarias y finge compasión con los niños de África, y luego vuelve a Madrid a las trincheras, a decir que no son tan niños y pueden delinquir. El día que votó no al trámite de la ley para que fueran acogidos en toda España, Feijóo se cubrió de gloria para siempre con los canarios, que apechugamos a solas con la inmigración, el primer problema del país, según el CIS. “El que pueda hacer, que haga”, dijo Aznar. Y en julio, en el Congreso, el PP pudo hacer y no hizo.
