Confieso cuánto me agrada cuando las Islas lideran o protagonizan algo culturalmente, científicamente, deportivamente o dan la campanada en el mundo tecnológico o empresarial. Es una gozada ser islas en el top ten de una actividad equis y que desde fuera se fijen en nosotros. Tenemos mucho ninguneo acumulado.
Y hay algo que no se ignora. Canarias ha tenido siempre en su fenotipo un gen que la hace sobresalir cuando se sacude el complejo en la orilla. De ahí la máxima del canario que se planta en Madrid y se come el mundo. Pero muchas veces se repliega aquí adentro y no da el paso.
O cae en la inercia opuesta de ser vagón de cola. He ahí el Tenerife, que tuvo su edad de oro y purga esta, confiemos que pasajera, época de vacas flacas.
Cuando vienen los reyes es otra cosa. Las Islas se crecen. “Son también mi casa”, dijo Felipe VI el jueves. El rey tiene recuerdos infantiles de cuando el padre le regaló un telescopio naranja y miraba las estrellas en las terrazas de la Zarzuela. Paco Sánchez lo nombró Astrofísico de honor del IAC y presidió la primera luz del Grantecan.
De esta clase de hitos de Canarias era buen coleccionista mi hermano Martín, que en paz descanse. En la inauguración de los observatorios, que cubrió con José F. Beaumont para El País, hace 40 años, asistió a un momento estelar del Archipiélago en el cielo de la fama. Y, a los pies de los telescopios, creyó inofensivo entrevistar al rey, cosa que hizo con la anuencia de Juan Carlos, bajo miradas de reprobación de los escoltas.
A los canarios, cuando nos sale la vena de héroes, nos da por engendrar un mito como César Manrique, que vertió sus poderes sobre Lanzarote y la convirtió en una isla empática como una célula espejo antes del boom ecologista. Manrique hizo, por cierto, las banderas del cosmos para aquella ocasión.
Esas proezas nos suben la moral. Y siempre tenemos a gala haberle deseado suerte a Colón.
A veces, nos queda chica la isla y nos permitimos fundar ciudades en América. Y cosas por el estilo. Hasta que llega un punto en que nos creemos como indispensables y alardeamos de que en todos los acontecimientos estuvo un gomero presente. O un canario.
O sea que, a veces, en contra de toda modestia o timidez, hay en nosotros cierto solipsismo y un sesgo de echados p’alante. Entonces, tiramos de una cornucopia que no falla y fardamos de Jardín de las Hespérides o Campos Elíseos de la Antigüedad y Edad Media. Hacemos inventario de honores con el Meridiano Cero herreño, la vitola de Fin del Mundo y un respetito. (De ahí proceda probablemente lo de que estamos en el culo del mundo, también sea dicho.)
Con los Pedro Guerra, Caco Senante, Taburiente, Olga Cerpa y Mestisay, y el mejor grupo de canción hispanohablante, Los Sabandeños, hemos sacado pecho viéndolos triunfar tras las Columnas de Hércules, porque el isleño tiene afán de trascendencia.
Cambian los tiempos, pero las musas no nos abandonan. Quevedo, el fenómeno de rap y trap latino, es un hallazgo de esa nómina. Ahora mismo hay una generación de mujeres y hombres de todas las artes, en la vanguardia del mundo (ya no en el fin o el trasero del mismo). Como Juan Carlos Fresnadillo, el director de Damsel, la película más vista en Netflix en el transcurso de este año. Y que me llamen ombliguista, que a mucha honra.

