A un paso de cumplir su décima edición, los Premios Taburiente han vuelto a deslizar una dosis de sensibilidad social. Por eso, estas citas anuales del Guimerá, que organiza la Fundación DIARIO DE AVISOS, son recibidas como una catarsis.
Me agradó el recordatorio de la premiada Dolores Corbella, nuestra silla D en la RAE, sobre la autoría canaria de la palabra cayuco, que es, sin duda, este año nuestro vocablo Fundeu particular, si no de todo el Estado. El nombre se puso en Canarias, hace siglos, fue un préstamo de los indios taínos de las Antillas (mayor que una barca, menor que un barco). La filóloga santacrucera puso el cayuco sobre el escenario del teatro en el que acababa de distinguirse a los ángeles de la guarda que socorren a los supervivientes en estas aguas que a veces se tiñen de luto. Y recordó que ya en el siglo XVI los canarios emigrábamos a América.
Braulio, que también recibió la estatuilla, habla de “la rotunda poesía/ del padre Teide nevado”, que sirve de faro en la ruta canaria de la inmigración a los cayucos de Mauritania. El cantante interpretó ese tema, Tenerife, en el cierre de la gala, como si a los 79 años se pudiera cantar como un chiquillo a La Laguna, “serenateando a su luna”, en una canción que define a las islas como “siete carabelas” fondeadas en torno al volcán que guía a los cayucos.
Así iría bordeando la gala la palabra que sería el lema de la noche de este jueves. Salieron al escenario los representantes de Salvamento Marítimo, Cruz Roja Española, Guardia Civil y Policía Nacional para recoger, precisamente, el Premio Taburiente Especial a la Solidaridad, esa palabra. Lo que nadie esperaba es que, acto seguido, una familia de migrantes de Mali irrumpiera a entregarles el reconocimiento.
Las mujeres y los niños posaron con los jefes de los cuerpos de Seguridad y las demás instituciones, y la imagen, de por sí, ya impactaba en medio de una sociedad agitada por voces que se congratulan de estar a la última en xenofobia, a coro con la mayoría de países de la Unión Europea. Los historiadores la verán el día de mañana, en tanto se pregunten qué opinión tenían de sí mismos aquellos ciudadanos de España y Europa, de finales de este cuarto de siglo, cuando rechazaban con auténtico furor a quienes llegaban de fuera. El Guimerá se levantó en pie para aplaudir el premio solidario, que lleva la contraria a ese estado de opinión rayano en el racismo. La reacción del público y la foto constituyen una excepción, que nos exonera del rendibú al modelo Meloni.
Estábamos el jueves en una ceremonia de gente, por lo visto, muy rara. Decía en el atril Moustapha Sano, joven gambiano que vino en un cayuco, que los migrantes no le quitan los trabajos a los canarios, “hacemos los que no quieren”, y bordó una frase casi poética: “Piensen que solo somos seres humanos al otro lado del mar”. Con énfasis, añadió: “Estamos tan cerca de aquí”.
Y se dieron algunas anécdotas sobre la cercanía al Guimerá. El actor Antonio Resines mandó un vídeo desde el aeropuerto de Las Palmas para acreditar que se había quedado sin vuelo por unas maniobras de la OTAN. Y la ingeniera aeronáutica Ana Díaz Artiles -la canaria que investiga para la NASA la salud de los astronautas sin gravedad- llegó, como un cohete, desde Texas.
Eso que Andrés Rodríguez, editor de Forbes España, llamó la revolución tecnológica -digital-, el móvil de Resines, ha roto las distancias y convertido el periodismo, como la carrera espacial, en un tsunami de instantaneidad. En todas las revoluciones, recordó, hubo una cruenta violencia, menos en esta, pero tenemos que “defendernos del exceso de información”.
La gala no dejaba lugar a dudas: la gente filmaba y fotografiaba con su móvil los discursos y actuaciones musicales. El arma revolucionaria había sonado fogosamente el mismo jueves en nuestros bolsillos, con un pitido de emergencia.
En estos días se oye mucho ruido, pero en los Taburiente se brindaba por el amor y la pasión “para hacer un mundo mejor”, dijo, entre arias, la mezzosoprano Nancy Fabiola Herrera, y así lo reiteraban Marco & María, suavemente, como sus modelos nupciales de organzas, muselinas y tafetanes de seda, que les han dado fama internacional. A ese afán se sumó Juan Carlos Fresnadillo, nuestro talento precoz en los Oscars de Hollywood con aquel corto Esposados, ahora el cineasta canario de mayor éxito en el mundo (su última película, Damsel, es la más vista en Netflix), que añadió la palabra “compromiso”. Con esas credenciales, de abajo arriba, se identificó Diego Navarro, reputado compositor de partituras para cine que cumple 19 años al frente de Fimucité. Todos los premiados daban gracias a mamá. Me gustó ese detalle.
Intervino Javier Santaolalla (“mi madre es mi manager”), el científico y divulgador que participó, en el CERN, en el descubrimiento nada menos que del bosón de Higgs. Y, habida cuenta de cómo se está poniendo la Tierra (con las elecciones en Europa en junio pasado, las de Estados Unidos el 5 de noviembre y lo que te rondaré morena), uno escucha a Santaolalla o a Artiles como si fueran oráculos que informan de una eventual evacuación por si aquí la cosa se pone fea.
Con la buena vibración de estas galas, lo que podemos llamar un sentimiento general que reina en el Guimerá, no debemos olvidar que afuera hay un polo opuesto. Lo resumió Shyam Aswani, que, con medio siglo de trabajo en sus empresas, delega ahora en sus hijos: “Este año he dejado paso a la nueva generación”. Quizá el mundo está como está por quienes se obstinan en no dar ese paso.
Lucas Fernández, presidente de la Fundación y del periódico que edita, fue a la raíz del problema, la educación. Dijo, acotando la receta, que urge enseñar a las niñas y los niños las palabras clave, la solidaridad, la fraternidad… Todo eso conduce a la libertad, incluida la libertad de movimiento de los seres humanos en el mundo, que venía a ser como el espíritu central de toda la sesión.
