Si un profesor o profesora en cualquier colegio propusiera a sus alumnos hacer una redacción sobre el mundo en que querrían vivir, con todo lujo de detalles y apreciaciones, acaso nos llevaríamos una sorpresa.
Necesitamos saber qué piensan las mentes sin las mentiras adultas que se han adueñado del estado de opinión general. Tener una mirada casi infantil para volver a pensar en un mundo creíble.
Hay una serie de monotemas que no nos dejan salir del remolino. Un ejemplo. Cada vez nacen menos niños en Occidente, y donde son más numerosas las familias, como África y Asia del Sur, el futuro es desfavorable y emigran. Del continente vecino proceden los cayucos que arriba a las Islas, sobre todo a El Hierro, y ahora también de Afganistán y Pakistán.
Una familia afgana llegó a la isla del Meridiano esta semana con la totalidad de sus miembros (10), huyendo de los talibanes, que escandalizan al mundo con medidas irracionales, como la de prohibir el sonido de la voz de las mujeres en público. Ese país vio huir en moto -no con las manos vacías- a su emir, el mulá Omar, un gobernante alto, tuerto y apenas fotografiado, que escapaba del cerco de Kandahar rumbo a Pakistán, como hizo su huésped Bin Laden, tras los atentados a las Torres Gemelas. Es un pueblo escarmentado.
Ante la crisis de fertilidad en Europa, agravada hace un par de años, si se preguntara en un centro escolar (como el de Ravelo, que acaba de pedir el retorno al aula de un compañero migrante derivado a otra isla), dirían que es bueno que vengan familias con hijos de otras latitudes, por temor a nuestra despoblación. Sin embargo, el criterio imperante es el contrario, a pesar de que existe riesgo de un crack económico, un colapso del Estado de bienestar en Europa por esta causa. Ese día podría darse la paradoja de que los migrantes premien con su llegada un destino u otro y pongan las condiciones, allí donde hoy les dan con la puerta en las narices. Al tiempo.
Los estadistas de medio pelo celebraban estos días en una cumbre europea las ideas peregrinas de Meloni (Italia), que esta semana empezó a desviar de mala manera a refugiados hacia Albania. Un ensayo tan precipitado, el de la primera ministra italiana de ultraderecha, que cuatro de los 16 desterrados tuvieron que regresar ipso facto por ser menores o vulnerables. Y pocas horas después, un juez de Roma anuló por completo la primera deportación al centro de Gjadër (cuyo costo es de 800 millones de euros), con el consiguiente fiasco y el regreso de la totalidad de los migrantes a Roma.
El modelo Albania que los gobiernos y partidos más radicales de derecha elogian -y Bruselas sopesa- supone crear en terceros países colonias penitenciarias (en la práctica, campos de concentración), para demostrar gráficamente que se quitan al migrante de encima y lo mandan lejos. Una imagen que en España tiene tanto predicamento en la oposición claramente xenófoba.
De entre esos escolares que dibujen un mundo preferible a este, estoy convencido de que habrá propuestas inteligentes y optimistas.
Otro ejemplo. En Canarias y en España la economía va mejor que nunca. España crece muy por encima de la media europea, controla la inflación y exhibe músculo financiero. Los expertos hablan de una combinación inédita.
¿De dónde venimos? De la Gran Recesión, de la pandemia, del turismo cero. ¿Y de qué nos quejamos, entonces? Nos hemos levantado mucho antes de lo que podía preverse entre 2008 y 2014, durante la crisis financiera en Europa, o entre 2020 y 2023, cuando la COVID-19 en todo el mundo. Visto con un gran angular, en dos, tres años hemos dado la vuelta al calcetín. Este es uno de los pocos hechos verídicos de nuestra situación real.
¿Por qué, sin embargo, no sonreímos?¿Quién distorsiona la realidad, haciéndola insufrible, pese al éxito de nuestras vidas, al superar en tiempo récord las peores crisis en términos de civilización?
En esa aula de las verdades, los pequeños visionarios, a salvo de algoritmos y bots sociales, acaso den respuestas a las grandes preguntas y todo adquiera sentido. Un ejemplo más. Estamos abatidos por las guerras y la desinformación, que es una guerra mundial por otros medios. En la academia de don Juan Antonio Padrón Albornoz, en las Cuatro Torres, entre sus fotos de barcos enmarcadas que colgaban de las paredes, en los primeros años 60, hacíamos redacciones sobre las tormentas de las travesías del mundo. Bajo el eco del final de la segunda gran guerra, invocábamos la paz frente a cualquier peligro de naufragio. Eran guiños de navegación del profesor y periodista que amaba tanto el mar. Ahora estamos en una especie de ojo del huracán, con una calma tensa, pese a los horribles conflictos bélicos de Ucrania y Oriente Próximo. Así que el tema trascendental sigue siendo la paz.
El psicólogo experimental Steven Pinker, ensayista y profesor de Harvard, reprende a los medios de comunicación -esta semana, en un foro de El País- porque ignoran la felicidad remarcando el lado oscuro de las cosas. Algo llevará de razón.
Políticamente, el bulo atemoriza con éxito a un electorado que deposita su confianza en quien le asusta y promete salvarlo a la vez. Otra cosa es que, dentro de diez años, esta generación descubra que fue víctima -tautológicamente- de un engaño de engaños y del timo de la tecnología.
Una vez terminada la clase con las recetas escolares para un mundo aconsejable, es posible que nos llevemos las manos a la cabeza: ¡Qué simples eran las soluciones! Quizá está haciendo falta una cura de humildad. Y ante tanto farsante esparciendo la semilla del odio, debamos volver al colegio a preguntar qué necesitamos aprender de nuevo, que ya se nos olvidó. Las lecciones elementales.

