Ahora que llega el tiempo de los regalos, toca hacer la lista de deseos. Hace mucho tiempo que me cuesta pensar en algo que realmente me haga ilusión de verdad, algo que me genere inquietud o que despierte mi asombro, algo que sea “posible”, por supuesto, porque para lo imposible ya están los sueños y, como sabemos, soñar es gratis.
Pero como diciembre es la época de los deseos, toca desear, anhelar con toda la vehemencia de su definición. Así que me pongo a ello, porque algo habrá que pedirle a los reyes mágicos, y cierro fuertemente los ojos y me concentro y centro todo mi empeño en buscar ese algo que me sacuda y me llene de alegría, ese algo que sea una sorpresa incluso para mí, el primer deseo de la lista, lo más importante, lo más de lo más, lo que quieres por encima de todas las cosas. Y me esfuerzo en elegir, porque eso es lo que nos han enseñado, elegir el color preferido, la mejor amiga, el mejor viaje, la pareja perfecta, mami o papi, blanco o negro, elegir por orden de preferencia, como si fuera tan fácil, como si las cosas no tuvieran sus circunstancias, sus tiempos, sus porqués.
Pero como diciembre es la época de los deseos, no ceso en mi empeño y continúo aferrada a esa búsqueda silenciosa de una ilusión que aparezca de repente y que atraviese las paredes de mi casa, el muro de mi cuerpo y la memoria, una ilusión que llegue y diga: heme aquí, soy yo, la ilusión que anhelabas, el final del camino, el destino del viaje, la Ítaca de todos los poetas. Sin embargo, y, a pesar de perseverar en el intento, la carta sigue en blanco, y eso me pone nerviosa y me hace sentir mal porque mira tú que hay cosas que pueden desearse y yo sigo con mi lista vacía y las tiendas a punto de cerrar y diciembre que se escapa fugaz como se escapan los días, uno tras otro. Y es que el momento es ahora, más tarde ya no hay tiempo, ni reyes ni papás noeles que atiendan los caprichos, más tarde es otro mes, es otra vida y queda lejos.
Y cuando estoy a punto de empezar a escribir mi lista, porque algo hay que desear, suena el teléfono y suspiro, porque me olvidé de silenciarlo y contesto que sí, que estoy bien, que hace un poco de frío en La Laguna, pero no mucho, que no he cenado, pero que sí, que vale, que me comeré una manzana y que sí, mami, que está bien, que mañana hablamos si eso, que un beso, buenas noches y, bueno, adiós.
Y de nuevo me encuentro en la casilla de salida. Entonces, vuelvo al principio y enumero las líneas con la intención de acabar ya con este horror vacui que llena la hoja de vacíos y no me deja escribir, porque en mi mente no hay nada, solo el cansancio feliz del último viaje y de las amigas iluminando los recuerdos, solo el frío que inquieta a la madre que vive en el clima pero también en tu día a día, la madre y la familia acompañándote el camino, la calle de una ciudad amable en la que solo explotan los colores y la luz.
No hay manera de concentrarse con tanto barullo que inunda esta cabeza en la que, al mismo tiempo, no hay nada, y eso que insisto y me emperro con la misma energía del niño que llora porque sí. A ver. Respiración profunda y resumen de lo que tengo y de lo que no, del móvil último modelo y de una tablet más rápida y más ligera, de una chaqueta marrón porque negra tengo dos, de un paraguas por si llueve y de un bañador por si hace sol. Y registro mi cuerpo a ver si descubro alguna sensación, el escalofrío emocionante que generan los deseos que se desean de verdad, y no hay manera, no hay forma de que mi mente se concentre en ese deseo todopoderoso, mi cabeza no obedece y piensa en el bar en el que nos veremos en un rato, ese en el que solemos gastar las tardes de los viernes y compartir el vino que abrimos hace años y que celebra la amistad. Allí, donde siempre, y, si no es hoy, puede ser mañana, la cosa no es el plan sino alguien que llene los momentos, los tiempos que tuvimos y los tiempos que vendrán.
Pero diciembre es el mes de los deseos, el mes en el que, de pronto, la magia aparece. Entonces, los veo corretear la hoja como locos, inquietos, los deseos se pelean por estar, se empujan entre sí e invaden sin respeto hasta los márgenes. Yo les pido calma e intento ordenar este horror vacui genial y emocionante, pero ellos se entremezclan buscando su sitio, coloreando lo que fue gris, regalando verdades, trazando planes, citas, proyectos, posibilidades. De nuevo, suena el teléfono. Ahora sí que tengo claro cuál es mi deseo.
Léase en la posdata dos cajas de bombones, porque el año es largo y porque, tal vez, solo tal vez, en el desorden de la escritura, los reyes magos se equivoquen de deseo.
