por qué no me callo

Cubitos de hielo

Me proponía traer a colación algunos cubitos de hielo en el vaso lleno de 2024, y el vaso se desbordó por culpa de la borrasca. Dorothea viene a ser el último coletazo de un año tempestuoso, con olor a pólvora y traqueteo de cohetes de doce campanadas y doce meses con misiles de verdad en los frentes bélicos. No desentona, por tanto, con la catadura de un año borrascoso.

Y ha llegado en pleno deshielo, cuando todo se estaba derritiendo estos últimos días de diciembre. El caótico clima no es nada nuevo, pero se ha implantado el negacionismo, el déjalo estar. Y nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. Toda aquella conciencia climática hasta hace pocos años, con la activista sueca Greta Thunberg y demás, se ha ido derritiendo también. Y se ha impuesto un resignado que sea lo que Dios quiera.
Como todo lo que pasa parece mentira, el año se va con el bulo entre las piernas. Veamos algunas de las noticias insospechadas de este epílogo.

Circulan con frenesí las fotos fake de una aplicación de IA generativa, con el nombre de Grok, como si fuera un regalo navideño envenenado de Elon Musk en X (Twitter), cuyo carácter gratuito permite adivinar una ola de divorcios y conflictos de todo género a poco que los haters de turno se pongan manos a la obra. Las imágenes falsificadas dan el pego: Franco abrazando a Sánchez, Lamine Yamal con un machete, Vinicius como un mono y Fernando Alonso con Hitler, son algunos ejemplos pioneros. Se admiten, cómo no, fotos de corte violento o sexualmente vejatorio. ¡Qué cándido resulta el denostado photoshop con estos dislates!

Este año se siguió derritiendo la decente verdad, destronada por su némesis, la indecente mentira.
Antes, todo era según el color del cristal con que se miraba. Ahora basta con meterse en X y parir monstruos con la IA.

¿Y qué decir de la esperpéntica ley marcial de Corea del Sur declarada, en esta recta final de 2024, por un presidente aturdido que se inventó como el Quijote una amenaza inexistente contra su país? Yoon Suk-yeol, que no era Kim Jong-un aunque lo pareciera, se montó una astracanada sin pies ni cabeza, y lo han destituido tras echarse el pueblo a la calle.
Luego está lo de Siria, la dictadura de medio siglo que cayó en doce días, el ataque más corto que se recuerda, con el que soñaba Putin cuando invadió Ucrania. En su momento, recuerdo perfectamente la pinta de sibilino que tenía aquel hombre que había dado tres golpes de Estado, Hafez al Asad, al que remedó su afiligranado hijo y sucesor, Bashar al Asad, que acaba de ser derrocado junto a su bella esposa Asma. Vogue la describió una vez como “la más original, magnética y glamurosa de las primeras damas”, pero ha acabado en un deshonroso exilio moscovita junto a su depuesto esposo y tres hijos. La dama de la muerte para unos y el jazmín de Damasco para otros, era un caso patológico de lealtad al marido presidente y al Gobierno, pese a ser testigo de la cruel represión del régimen.

Se trata del desenlace con retraso de un cabo suelto de la Primavera árabe de 2010, que empezó en Túnez con aquella bárbara muerte a lo bonzo de un vendedor ambulante acosado por la policía. Cayeron unas cuantas vacas sagradas, como Mubarak en Egipto o Gadafi en Libia y el propio tirano tunecino, Ben Ali. Pero en Siria se armó un cirio, una guerra civil, y ahora ha sido un paseo militar de los rebeldes, que no hallaron resistencia. Señal más que evidente de la humillante debilidad de Putin -el sostén de la dictadura-, el precio de embarcarse en una guerra de desgaste contra Kiev. Entre tanto, fuera de control, Netanyahu sigue a lo suyo, bombardeando también en Siria a diestro y siniestro como un poseso.
Este fin de año ártico está siendo, en efecto, un puro deshielo, acaso el presagio de torres que están por derretirse. Se deshizo, a su vez, como un azucarillo el Gobierno de Francia, y vimos caer con lástima al cabal Michel Barnier, que era un buen amigo de esta tierra de cuando fue comisario de Política Regional de la UE (posee la Gran Cruz de la Orden de las Islas Canarias). A rey muerto, rey puesto, y el sustituto es Bayrou, un veterano de guerra que no pudo ser presidente y milita en el centroderecha.

Así se ha ido derritiendo 2024, el año que trajo de vuelta la Torre Trump y el de la guerra sin fin de Oriente Próximo, el que no fue capaz de la paz en Ucrania, y el de los más de 200 muertos en Valencia, el año que dejó al PP sin poder usar la palabra dimisión contra nadie después de no aplicarla con Carlos Mazón, su hombre en la dana, que quedó sumido en la nada.