tribuna

Einstein y la pedrea cultural

Hace cien años, Unamuno sufrió destierro en Fuerteventura, uno de los peores cometidos que ha desempeñado Canarias, y Einstein le envió un telegrama de adhesión, que ha sido revelado este lunes. El Hierro, La Gomera y Lanzarote también acogieron a demócratas confinados.

Aquella mala fama de calabozo y jaula que nos endosaron Franco y Primo de Rivera violentaba la insignia del pájaro canario, que había volado libre por el mundo, y de Islas Afortunadas pasamos a ser islas de infortunio.

Hoy toca hablar de la suerte. Y sienta bien hacerlo en las postrimerías de un año de mala suerte, de guerras y desgracias naturales. Pese a aquel cumplido de los clásicos de la Antigüedad, ni la rueda de la fortuna ni la cornucopia nos acompañaron en los tiempos difíciles de barcos de velas rotas, hasta que nos hemos levantado y ahora somos otra Canarias, no menos lejana, pero más extrovertida.

Lo que sigue son unas líneas sobre la buena y mala suerte, la ventura y desventura de las Islas a través de la historia y la cultura, dos espejos donde vernos reflejados.

La suerte es un tema supersticioso. ¡Mucha mierda! se le desea a los actores de Talía en lugar de ¡buena suerte!, porque, antes, excrementos y caballos a las puertas de un teatro era señal de público pudiente y propinas aseguradas sobre el escenario.

Pero apetece citarse hoy con La buena suerte, como titulaban su exitosa fábula Álex Rovira y Fernando Trías sobre la búsqueda de un trébol de cuatro hojas en un bosque encantado. La suerte, si se busca, se encuentra.

Al canario, con tacha de aplatanado (el propio Unamuno le echaba en cara la soñarrera), le ha salido un rejo optimista que ha llegado a mudarnos el carácter introvertido.

Cuando Primo de Rivera aisló a Unamuno en Fuerteventura, el filósofo del sentimiento trágico de la vida afrontó su ostracismo ateniense junto a Rodrigo Soriano (vehemente político y periodista) en la isla acamellada, donde se dolía y saltaba a la comba recitando a los niños la tabla de multiplicar, hasta que no pudo más y se fugó a Francia en un bergantín desde Caleta de Fuste. Einstein le envió un telegrama de apoyo, junto a otros intelectuales alemanes, al “valiente luchador que ha soportado con noble orgullo el honroso destierro” en la Canarias de Blas Cabrera, amigo del padre de la teoría de la relatividad.

Como si fuéramos islas de Alcatraz, Franco, de cuya muerte se cumplen 50 años en 2025 (sin pizca de gracia para la España carpetovetónica), nos siguió usando con ese nefasto rol a raíz del Contubernio de Múnich (1962) de los opositores proeuropeos, que acabaron en las galeras isleñas. Álvarez de Miranda (que presidió el Congreso, más tarde, en democracia) y otros tres antifranquistas siguieron la misma suerte majorera de Unamuno: en once meses de extrañamiento enseñaron a leer y escribir a familias humildes en “una isla árida que esperaba la llegada de barcos con agua potable”, como la definió después. A Lanzarote, El Hierro y La Gomera fueron deportados Félix Pons, Íñigo Cavero y otros represaliados. ¡Qué papelón!

Toda esa mala fama nos tuvimos que ir arrancando contra viento y marea, diría García Cabrera, que militaba en Gaceta de Arte (la mejor carta de presentación antes de aquella canallada de Franco). Y cambió nuestra suerte. Este ya no es un archipiélago proscrito. Ahora, la cultura nos está redimiendo. De mazmorra, nada; laboratorio de ensayo de mentes creativas y libres. Que nacer aquí -decía Lezama Lima- sea “una fiesta innombrable”, nunca más lugar de destierro. Cuna de auge cultural: David Baute, camino de un Goya, con Mariposas negras, mejor película española de animación de los Premios Forqué, y Fresnadillo, que besa el cielo con Damsel, la cinta de Netflix más visionada, que es como tocarle el Gordo del globo. O la estela de tenores postKraus y mujeres del bel canto que informan de otra era.

Esto nunca fue Jauja, pese al aura de Islas Afortunadas. La gente pasaba hambre y la cultura no llegaba a la Península ni a remo. Costaba Dios y ayuda que un creador canario sonara en Madrid. Era una lotería. El fenómeno Quevedo en Spotify explica el giro: en un mundo digital ya no hay centro ni periferia. Quizá ahora es cuando somos afortunados.

Rafael Arozarena asomó la cabeza entre el Oso y el Madroño, y en la librería La Prensa de mi tío Paco fue un acontecimiento la edición de Mararía, en Destino, finalista del Nadal en los 70. Antes de Amazon, la literatura invisible era una constante canaria.

Mi hermano Martín y yo, en esa década, creamos un movimiento desinhibido de Nueva Canción Popular Canaria, al abrigo de Els Setze Jutges y la nova cançó catalana, las Voces Ceibes gallegas y otros focos regionales. No nos queríamos quedar atrás.

Éramos la otra Cuba de España, vivero de autores y cantautores. Madrid estaba lejos. Félix Francisco Casanova fue en la Península un hallazgo tardío. Un asteroide. Como Luis Feria. Manrique y Pepe Dámaso, Chirino y Millares, nuestros héroes atlánticos, no parecían canarios, sin rastro de timidez insular.

Nunca tocaba el Gordo en los sorteos de la Cultura. Un premio Cervantes… No caerá esa breva. Ahora Dolores Corbella es académica de la Lengua. Todo se andará. Una señal ya fue la paradoja Saramago, que ganó el Nobel en su autoexilio de Lanzarote, llevando la contraria al olvido de vivir en una isla. Y entre volcanes escribió Ensayo sobre la ceguera. A Galdós y Guimerá, que viajaron al revés, les negaron el Nobel con insidias ultramontanas.

Blahnik es un caso aparte y Antonio González, otra excepción, Premio Príncipe de Asturias. La tónica era que nos teníamos que conformar con la pedrea. La cultura de las Islas no estaba en el bombo de la suerte. Pero eso se acabó.