tribuna

El milagro del siglo

El rey casi imploró calma y sosiego en la única guerra que está en sus manos amansar, la de la política española, que es una guerra de Gila o un vodevil de los Hermanos Marx si vemos lo cómicos que se ponen personajes de la Corte y Villa haciendo de payasos.

Al rey le acosaron en Paiporta, y a Sánchez, a Mazón y toda la comitiva tras la dana PP. Y en su discurso navideño les armó la bronca a los promotores de la “contienda atronadora”. Les emplazó a practicar el consenso de la Constitución del 78. Y dijo algo de Perogrullo, que hay una cosa que se llama “espacio compartido” en democracia. Pero Feijóo, este viernes, no hizo propósito de enmienda y negó hasta el crecimiento económico español, pese a ser bendecido por todos los organismos internacionales. No defraudó, superando su propia caricatura. Había empezado el año en que se aprobó la amnistía al procés con manifestaciones en la calle, había pedido que detuvieran a Puigdemont por terrorista, y acaba 2024 abrazado en el Congreso a Junts, tras pedir su ilegalización. Feijóo vive en un oxímoron, adora contradecirse.

Eckart Tolle, un alma conciliadora como el tono real, dice en su libro Un nuevo mundo, ahora, que a veces las guerras colapsan el ego de la humanidad y se hace una extraña paz que lo puede todo. Tolle estuvo en Tenerife de incógnito este año junto a su esposa. Como vivió una época en España, no la habrá reconocido, hecha un pifostio.

Si cerramos los ojos y nos preguntan qué palabra define 2024 en el mundo, diríamos: guerra. En España: dana. Y en Canarias: cayuco. Los cayucos han despertado otra palabra innoble, racismo, en un año récord en migrantes (más de 45.000) y casi 10.000 muertos (28 cada día), de los que más de 1.500 fueron niños y niñas. Pero ni esa circunstancia ablandó los corazones del PP. Ha habido ruido y silencios este año de números pares. El ruido se propaga a través del Congreso y las redes. Es tan habitual, que la política pierde adeptos, les pone nerviosos. Pronto, el oficio de político será el de bronquista, cuando era un honor ser senador real, como Cela o Antonio González, en tiempos de Juan Carlos, el ausente, en su otoño del patriarca de Abu Dabi.

El silencio al que me refiero es que ya nadie canta las verdades. Se da la paradoja de que empapelan al Fiscal General del Estado por acaso filtrar una información que contaba la verdad saliendo al paso de un bulo. Parafraseando a Los Sabandeños, el bulo ganó, como Alvise, Tellado, Fakejóo, MAR y Abascal, frente a verdades de peso mayor. La familia del presidente pagó ese peaje ante los tribunales, incluido el suegro, que murió. Sánchez meditó irse en una carta relámpago y cinco días de reflexión. Pero cuando Feijoo despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Hace año y medio, parecía inevitable la llegada al poder de la ultraderecha, 50 años después de la muerte de Franco. Estaba todo preparado para la vuelta de los nostálgicos en un revoloteo de la historia. Y por centímetros no se hizo realidad. No todos los demócratas, ni siquiera entre los más avezados del PSOE, que vivieron el franquismo, parecían conscientes de que el destino estaba tentando al diablo, y no mostraron alegría cuando fracasó la investidura de PP-Vox, sino se disgustaron. La bala pasó rozando. El viernes, Feijóo, erre que erre, dijo que conmemorar en 2025 el fallecimiento de Franco “divide a los españoles” (sic).

Aunque cayó una de las dictaduras más viejas, la de Siria, en tan solo 12 días, no salvó el inventario del año. Hay un test revelador que consiste en escuchar a António Guterres (ONU) y al papa Francisco clamando contra el rechazo inhumano a la inmigración o las masacres de Netanyahu, y ver cómo las derechas europeas y española jalean al israelí (cuyas cuitas con la justicia por corrupción, como en el caso de Sarkozy, pasan por alto) y alaban las deportaciones de Meloni o vetan a los menores africanos acogidos en Canarias. Basta para saber de qué lado están los buenos.

Esta, la segregación de los niños negros en Canarias, fue la gota que colmó el vaso. Como en Suiza, donde un grupo de mujeres logró en abril la condena del tribunal de Estrasburgo por las negligencias que matan en las olas de calor, bien que se agradecería que algún juez persiguiera el racismo contra más de 5.000 menores africanos en las Islas. Un día se hará de esto una película.En un año de bonanza, nos han hecho la vida imposible los sabotajes a la felicidad, nos han amargado hasta las puestas de sol, lo que más complacía al Principito de Saint-Etxupéry. Toda Europa quería ser España, económicamente, pero los españoles no nos soportamos.

Cuando la derecha española conspiró contra España sin éxito para hacer decaer a Teresa Ribera de la Comisión Europea, marcó una muesca terrible en la culata del año: en España no corre la sangre, no por falta de ganas, vista la puñalada. Aquí, la pérdida de la convivencia buscaba una coartada en el pandemónium de Ucrania y Oriente Próximo tras el salvaje ataque palestino del 7-O. Pero la dana de los 223 muertos trajo de vuelta la mirada a casa. Y aunque Carlos Mazón (PP) se retrase en dimitir por la calamitosa gestión de la catástrofe, Feijóo supo el 29-O que ese era su peor día en el almanaque del año. Como Sánchez acarrea el caso de Koldo y Ábalos, y Ayuso el de su pareja.

Ni con la dana, se cerró filas contra el cambio climático. El 21 de julio fue el día más caluroso y el año en sí, el más tórrido hasta ahora. No se trata de un pequeño medieval caliente, sino de un riesgo de supervivencia.

El derribo, estos días, de un vuelo de Azerbaiyán por un misil ruso retrata el percal del año. Habíamos caído bajo en 2024, pero lo que hundió definitivamente el escrutinio de este año fue el triunfo de Trump. Otro gallo ya no nos cantaría. Así que el destino pone en manos de 2025 nada menos que el encargo hercúleo de arreglar todo esto. Hacer el milagro del siglo.