tribuna

La carta

Si somos conscientes en las Islas de la suerte que hemos tenido, creo que podemos darnos la enhorabuena por las condiciones en que, en los próximos días, vamos a despedir este año. Esta carta que me escribo a mí mismo contiene esas consideraciones.
Hasta antes de ayer estábamos tirados por los suelos, tras encadenarse varias crisis de auténtica posguerra. Hoy, en cambio, a pesar de todos los pesares, podemos darnos con un canto en el pecho.

Canarias va a terminar el año liderando el crecimiento económico global de España. Ninguno de nosotros hubiera apostado por esta recuperación vertiginosa. Pero nos cuesta congratularnos por ello, ni siquiera hacemos una excepción navideña.
Capítulo aparte merece la sorprendente valoración económica de España. Un éxito de país al que responde con mostrenca indiferencia la oposición.

Nada es más cierto que el dictamen del Fondo Monetario Internacional (FMI) distinguiendo a España, en su reunión de otoño, como la gran revelación de este año entre las economías más avanzadas del mundo, pese a las guerras y la crisis energética. Ese cartel de modelo entre potencias es un vuelco en la historia reciente. Hace una década y media, en la Gran Recesión, hubiera sido un chiste, respecto a los países del sur llamados despectivamente PIGS (Portugal, Italia, Grecia y Spain, por España). El acrónimo significa cerdos en inglés.
La pandemia premió a este pelotón de cola, que salió disparado de la crisis de la COVID como un cohete, pues la nueva cultura de la vida (viajar antes que invertir en suntuosas comodidades materiales) ha dado alas a las economías turísticas. Con todo, otro factor oculto ha salido a la palestra. Y no es del agrado de la oposición española.

El jarro de agua fría, de la mano del semanario británico, nada sospechoso, The Economist, el pasado miércoles, es un trago amargo desde una óptica conservadora, viniendo de un medio liberal, un faro genuino de la derecha, que ha tenido a bien elegir a España como “la mejor economía de 2024” en el seno de la OCDE. Esa medalla de oro (the best economía del mundo), por la nota obtenida en PIB, inflación, bolsa, déficit y paro, se debe, desde luego, entre sus causas, al auge turístico, el empleo y los salarios, pero también -y hete aquí el dardo envenenado en esta ola de xenofobia- es producto de los “altos niveles de inmigración” gestionados por España, con el resultado de un fuerte crecimiento económico. Tal conclusión afea las estrategias antimigratorias más cervales convertidas en dogma de fe, pues refleja que el migrante “robatrabajos”, según la derecha y la ultraderecha, aumenta el PIB. The Economist ha venido a rebatir el odio rampante con fuego amigo.

Querer pasar página a las verdades del barquero sobre la bonanza económica de España (con sus lastres, como los precios inmobiliarios) nos remite a aquella sabia sentencia de la campaña electoral de Clinton: “¡Es la economía, estúpido!”. Este país las pasó canutas en la recesión de 2008 y la pandemia de 2020, cuando cerramos la puerta a cal y canto a los viajeros, el peor escenario de un Apocalipsis particular: el Turismo Cero. ¡Y nos hemos levantado! ¡Feliz Fin de Año 2024!

No es de recibo escuchar que “España es el país ejemplar de las economías del mundo”, que crece cuatro veces más que Europa, y responder con dejadez, “ah, qué bien”, antes de reanudar el pim pam pum. Podemos decidir vivir en realidades paralelas, taparnos los oídos, cerrar los ojos y no abrir la boca.

Pero España crece este año por encima del 3% y ejerce de una flamante locomotora europea, ante economías gripadas como la alemana. Europa se alegra. ¿España, no? Venimos de una dinámica próspera desde hace dos años, es una línea de continuidad, un suma y sigue. No hace mucho, los estados frugales, los ufanos países nórdicos, nos miraban por encima del hombro negándonos fondos europeos en la COVID por la fama de españoles e italianos de manirrotos y fiesteros. Pero ahora el sur es el norte.

Cuando Wolfgang Schäuble, aquel ministro restrictivo de Finanzas de Merkel, pretendió expulsar a Grecia del euro y hasta de la UE por deficitaria, deudora y pobre (hoy, junto a España, es de los países que más crecen), Günter Grass escribió un poema enfurecido contra la idea de echar de Europa a la cuna de la filosofía y la democracia: “No se podrá expropiar el Olimpo”, vociferó.

¡Quién lo iba a decir! Una de las fuentes donde bebe este milagro económico español es, por tanto, la inmigración. Fue la razón por la que Merkel abrió las puertas de Alemania a los refugiados en la crisis de 2015, y esta semana, en Barcelona, al presentar sus memorias (Libertad), dijo que no se arrepiente. Merkel (la heterodoxa democristiana) y Sánchez (el socialista contra corriente) son dos voces concordantes en una cuestión divisiva. Felipe VI pide en Italia un “trato digno” a los migrantes, y el papa dice que “rechazarlos” es un “pecado grave”. ¿Son monárquicos y creyentes aquellos que en España adoptan posturas que no se condicen con esas opiniones?

Que España vaya bien no figura en la conversación política y periodística del país. Es una lástima. En la Conferencia de Presidentes autonómicos del viernes en Santander se apreció una tregua, un atisbo de buenos modales, pero es pronto para celebrarlo.
A Canarias no le trae sin cuidado este grado de ceguera, sordera y mutismo. Canarias es como el alma africana de Europa, en la frontera de dos mundos, que se tocan con los dedos en las Islas

Más pronto que tarde, Europa irá a hablar con África para reconciliarse. ¿Qué hará África, le tenderá la mano o se la tendrá guardada?
En esta tierra nos duele la insolidaridad de las comunidades autónomas españolas con los niños que llegan solos en los cayucos. Hemos escuchado el “¡basta ya!” de Alpidio Armas en El Hierro. Esa insolidaridad tiene nombres y apellidos. ¿Olvidará Canarias este trato cuando tenga que decir: estos oídos, esta boca y estos ojos son míos?