No cuesta nada aceptar la tesis de Torres sobre el racismo que se esconde bajo el rechazo inalterable de la derecha española a reubicar en la Península y Baleares a los niños africanos acogidos en Canarias tras sobrevivir a la ruta más peligrosa del mundo.
Es la crónica negra de la migración infantil en 2024 y la página en blanco de un conflicto irresoluto. Sólo al cabo de algún tiempo, quienes manchan su nombre negando la hospitalidad a 6.000 niños que se jugaron la vida en una travesía mortífera podrán retractarse de sus actos y acaso arrepentirse.
Ahora resulta, objetivamente, inviable siquiera una pausa de cordura, en mitad de esta pelotera política, para asumir que se está ignorando de qué se trata, un contencioso de derechos de la infancia, no un espolón más de la pelea de gallos nacional. Esta vez no cabe el todo vale. Está en vigor desde 1990 la Convención sobre los Derechos del Niño, un tratado internacional de Naciones Unidas, que la oposición conservadora se está pasando por el forro.
Estamos en la cima de doce meses de balacera, que se ha normalizado como modus vivendi político de este país desde la primera enfilada allá por julio de 2023, tras el resultado electoral.
Los prejuicios racistas han prendido en ese contexto, primero con los migrantes adultos y, después, con los menores, bajo bulos que no han resistido a los desmentidos más fiables. Ser negro y africano se ha vinculado a un riesgo infundado de inseguridad para la población local, bajo un interesado automatismo.
Si fueran “niños blancos”, denuncia el ministro Ángel Víctor Torres, no habría problemas para su acogida en la Península. Miles de menores ucranianos, huidos de la invasión rusa, no han merecido una acritud tan tenaz como se ejerce desde la derecha contra los que proceden de Senegal, Mali, Gambia o Marruecos.
Torres interpreta que “existe de forma latente un pozo de xenofobia y racismo en representantes políticos que deberían dar ejemplo”.
Las declaraciones del ministro socialista a ElDiario.es nos traen a la memoria episodios históricos de intolerancia, apartheid y segregación.
En Canarias, estamos siendo escenario de una situación amoral deplorable, que se ha cronificado desde aquellas primeras tímidas muestras de insolidaridad nacional. Cuando ya salta a la vista que todo se reduce a que no se trata de niños blancos, sino de niños negros, nos llevamos las manos a la cabeza.
Con la isla de El Hierro, donde campan los mitos de la realidad, se está cebando con ensañamiento el inframundo político que se ha adueñado de la España y la Europa cavernícolas como si fuera una conducta cívicamente homologable. Hemos retrocedido hasta los tiempos de la infamia racista, los de la estela humanizante de Martin Luther King o Mandela, y de poetas como Leopoldo Sedar Senghor, que presidió, precisamente, Senegal y ennobleció, a su paso por la Sorbona, la honrosa condición del negro, su negritud.
Algunos, hoy, denuestan la presencia africana en las Islas como infanzones de un imperio que ya no existe, si bien no se sienten solos, en sintonía con la nueva clase política de líderes reaccionarios, como la italiana Meloni o el húngaro Viktor Orbán y la francesa Marine Le Pen, que niega la nacionalidad hasta a los hijos de migrantes nacidos en el país.
Si fueran blancos, serían bien recibidos, pero son niños negros. Que se queden en Canarias entonces. Y en Ceuta. Que se las entiendan entre ellos. Al fin y al cabo, son sitios territorialmente africanos, nos están espetando por la vía de los hechos. Canarias y Ceuta, a los efectos, seríamos como Albania, a donde Italia deporta sus migrantes que piden asilo, con tal de mantenerlos lejos. Lo mismo que se logra acantonando aquí abajo a los niños que llegaron vivos del éxodo africano, para que no pisen las alfombras peninsulares.
Se está tratando con un tic racista indecente a 6.000 menores migrantes no acompañados, muchos de ellos con traumas severos tras la experiencia sufrida y el desarraigo familiar, y se está haciendo otro tanto con Canarias y Ceuta, que tienen motivos para sentirse agraviadas por ese trato vejatorio, clasista y racista, en el fondo, por parte de quienes no quieren a los menores de piel oscura en la España continental, ni tienen tacto con canarios y ceutíes, como si fuéramos la sombra afro de España que sobra.
A buen entendedor, pocas palabras bastan.
