Broncano, como nuestro Nacho el Gofio, toca el bombo en La 1 en su programa de humor y en Nochevieja dio las campanadas más vistas por televisión con Lalachus, que ha sido objeto en las redes de un bullying escolar por sobrepeso. Hay un rebrote de sentimientos infames, como el racismo con los niños negros tutelados por Canarias y la gordofobia con la actriz cómica. Entre tanto, 2025 ha venido y nadie sabe cómo ha sido.
Así que descorremos las cortinas y vemos por la ventana llegar a un desconocido, y el observador desconfía de las intenciones de ese año nuevo. ¿Qué quedrá? Tiene motivos, está escaldado. Los antecedentes no invitan a repetir los socorridos deseos por wasap. En los últimos años nada salió bien. ¿Qué ponerle entonces en la carta a los Reyes Magos? No sabemos qué pedir.
Ya se admite en algunos foros que estamos en tiempos de cambios extremos en el clima, la economía y los conflictos, las guerras. El año comienza con un atropello masivo en Bourbon Street, la calle de la masacre en Nueva Orleans, y la explosión del Tesla frente al hotel de Trump en las Vegas. Nos concierne hacer una revisión del período 2000-2025, a fin de averiguar esa extraña coherencia de un ciclo de caos e inestabilidades. La teoría de los ciclos es muy golosa. Nos gusta redondear los vaivenes de la historia con una supuesta secuencia en cada bandazo.
Y en ese sentido, tenemos buenos recuerdos del cuarto de siglo anterior, el de 1975-2000. Fue nuestro ciclo de oro. A España le tocó vivir la cuenta atrás de la aclamada democracia. 1975 es fetiche en nuestra memoria colectiva. Ahora se cumple el 50 aniversario de la muerte de Franco ese año. Entonces cumplí los 18, lo viejo se esfumó y empezó el nuevo tiempo de un modo fulgurante. La derecha ve con malos ojos recordar ese momento, pero una historia de éxito político como aquella no se explica sin la muerte del dictador, y omitirla o resignificarla torpemente es como querer cubrir el vacío con el Espíritu Santo.
El rey Juan Carlos tiró abajo el régimen franquista con lealtades inquebrantables y, al poco, eligió a Suárez para hacer la Transición que este país patentó y exportó como un número de magia de cómo sacar petróleo de una dictadura extinta. Nada podía salir mal, era un cambio bendecido por la suerte. Hasta los golpes de Estado fracasaban en la orilla. No era que España había caído de pie. Era un viento a favor generalizado.
Fue una etapa de cisnes negros en el mejor sentido del concepto, hubo hallazgos extraordinarios en los líderes que regían nuestro destino. Hasta Reagan, que sería nuestro Trump a los efectos, tenía la cabeza bien amueblada (y una mujer con excelentes cualidades en la sombra), y, de manera insospechada, emergió en la URSS la figura de un ser providencial, que acabó recibiendo el Nobel de la Paz. Hablo de Mijaíl Gorbachov, que conquistó el corazón de Occidente con su carisma y sus ideas fascinantes (la perestroika, la glásnost), que promovió con Kohl la caída del muro de Berlín, firmó con los americanos tratados de desarme y puso fin a la Guerra Fría. Eso hizo aquel hombre único (que visitó Lanzarote en 1992), cuando ahora Putin saca brillo a los misiles hipersónicos con cabeza nuclear.
El primer niño del año en Canarias, el tinerfeño Liam, pertenece a la generación del próximo cuarto de siglo, que en 2050 sabrá si hemos aumentado 1,5 grados o 2 en el calentamiento global, cuando ahora dan pena las cumbres climáticas de la COP.
El corazón, según un descubrimiento de 1991 no suficientemente divulgado, contiene 40.000 neuronas como el cerebro. De manera que el corazón puede pensar por sí mismo. Y lo hace. ¿Qué nos dicen las corazonadas? Volvemos al principio del artículo. Nos resistimos a pecar de ilusos, pero también a tirar la toalla. En las campanadas, Broncano, que era el aspirante al título, coló, como en las morcillas teatrales, el tema de la vivienda. Carmen Machi había leído en La revuelta el artículo 47 de la Constitución (sobre los derechos del ciudadano a un techo digno) y el presentador había rematado: “Hay gente que está pagando 2.000 euros por un piso asqueroso”.
TVE perdió el pudor probando suerte frente al minuto de oro del vestido de Pedroche. Y su apuesta ganó la cuota de pantalla, sin que fuera un simulacro de adelanto electoral. Broncano me recuerda la irreverencia del Dioni de Juan Luis Calero, que cantaba El pájaro moro. El humor se ha convertido en un arma política para 2025. Pese al cliché de una derecha malhumorada, Tip, que era conservador, y Coll, de izquierdas, hacían un humor fino al alimón, aunque no se llevaran bien entre bastidores.
A Broncano y a Motos los han empujado el share y las redes a encarnar las dos Españas catódicamente. Pero de ahí a llamar “sanchista” a Broncano, y al de El hormiguero, icono de la fachosfera, hay un trecho. Los exégetas de la cosa dicen que Sánchez puso de ministro a Óscar Puente, un broncano que gasta desparpajo, para armar la rembambaramba cuando se tercie. Quién sabe. El combinado Broncano y Óscar López no tiene contenta a la oposición. Pero las tamboradas de uno y los tuits del otro no se comparan con quienes calientan la calle y los juzgados o picotean el monigote de Sánchez en Ferraz.
Todo iba como una moto y se cruzó el Broncano. ¡Es La revuelta! El humorista empezó la faena la noche de marras en un tejado, con neones de la Puerta del Sol y calcetines rojos. Una provocación. “¿Pedroche, Chicote, a qué hora son las uvas?”, preguntó por el megáfono de balcón a balcón. Encima, recochineo. Pero es que, además, este año, por solidaridad, había que mencionar a las víctimas de la dana de Valencia. Y, políticamente, parecía hasta un gesto de mala leche. Cuando sonaron las doce campanadas se oían de fondo redobles de tambor.
