por qué no me callo

Patarroyo, entre dos mundos

En la terraza del Mencey, hace dos años, Manuel Elkin Patarroyo se sabía ya mortal. Venía de morder el polvo de su mala salud de hierro, por enésima vez, y diríase que le había visto las orejas al lobo. Una crisis familiar le había cercenado, al parecer definitivamente, su proverbial sentido del humor.

Lo encontré, francamente, desmejorado. Treinta años atrás conocí a un científico eufórico que había creado la primera vacuna sintética del mundo, con la que confiaba en curar la intratable malaria, una de las enfermedades más devastadoras. Patarroyo repetía un estribillo que era una furiosa obsesión con la cifra de 600.000 muertos al año por esa causa, la mayoría niños, y más de 200 millones de enfermos, sobre todo en África.

Acababa de recibir el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica. Iba camino del Nobel.

Era un científico con amigos y enemigos, y, lo que es peor, con enemigos muy poderosos. La vida de Patarroyo sería accidentada. Estando en lo más alto, a su paso por la Universidad de Rockefeller, de Nueva York, tomó una de esas decisiones que decantan un destino. Renunció a las ofertas tentadoras para hacer una carrera en la élite mundial de Estados Unidos y eligió su arcadia natal, Colombia, a sabiendas de que estaba eligiendo trabajar en el tercer mundo y dando la espalda al primer mundo con sus grandes benefactores y cauces de financiación.

Algunos lo han llamado Quijote a la hora de los obituarios, tras su muerte el pasado viernes, con 78 años, de un paro cardiorrespiratorio, en su casa de Bogotá. No es inexacta la comparación con el personaje cervantino, era un quijote de la Amazonia, que el día que descubrió la primera vacuna de la historia contra la mítica enfermedad milenaria del Plasmodium falciparum, se emborrachó de miedo y pidió navegar por el río más largo y caudaloso del mundo, donde tenía su laboratorio. Fue el día en que volvió a nacer. Se cayó de la barca, se abandonó a la idea de morir ahogado, y, cuando lo daban por muerto, resurgió de las aguas y ya no se bajó del caballo hasta el día en que murió de verdad, la semana pasada.

Todo este tiempo, desde entonces (1987), cuatro décadas a todo galope, vivió, en verdad, como un Quijote contra las adversidades, como si, por el hecho de ser colombiano y haber desistido de los padrinos omnipotentes del Tío Sam, no mereciera sino obstáculos, aunque donara todo el oro del mundo a la humanidad.

Patarroyo había regalado a la OMS su histórica vacuna, la SPf66, para que fuera administrada gratuitamente entre las poblaciones afectadas de cualquier continente, a menudo sumidas en la mayor pobreza. Y ese gesto no cayó bien en la industria farmacéutica, que le puso la cruz. La primera trampa que le tendieron fue una chapuza, a la hora de fabricar las vacunas experimentales para su aplicación en humanos.

Incomprensiblemente, la tasa de protección pasó del 75% al 28% en América Latina y el 2% en niños africanos. Patarroyo no tenía duda de lo que había pasado: le habían choteado el antígeno malintencionadamente. Y la industria, la OMS y la caterva de colegas envidiosos que no soportaban que un médico de Colombia -un país sin galones para tanta gloria- se hubiera llevado el gato al agua, dando con el antídoto frente a un mito de la ciencia como la malaria, se conjuraron condenándolo al ostracismo.

Enfermó varias veces. Me contaba sus pesadillas nocturnas, soñaba con calaveras. Un banco español le embargó los equipos de su instituto inmunológico y luego se los donó para su nueva fundación. Pero le habían paralizado la investigación y se quedó sin personal científico.

Los ensayos de Patarroyo con los monos autus de la selva, en un triángulo difuso entre Colombia, Perú y Brasil, le ocasionaron, cómo no, denuncias por el origen geográfico de los cobayas que provocaron, a su vez, retrasos en lo que más deseaba: perfeccionar la vacuna para que no hubiera duda de su capacidad de protección. En paralelo, desde Bill Gates hasta otras instancias públicas y privadas impulsaban estudios de inmunólogos rivales de Patarroyo para dar con el Santo Grial antes que él y explotarlo con la industria farmacéutica, ganar así ingentes beneficios con 200 millones de clientes potenciales en todo el mundo y acabar con la quijotada de donar el invento a la humanidad.

Pero no había que correr para llegar antes. La vacuna ya existía desde 1987. Y la mano negra que devaluó su uso a la hora de salvar vidas había que buscarla en el ejército norteamericano, que entonces llevaba la voz cantante en la gestión de las investigaciones sobre la malaria.

Patarroyo no ha muerto con las manos vacías. La historia la conoce mejor que nadie su mejor amigo en Tenerife, el parasitólogo Basilio Valladares. Fruto de estos años en silencio, a salvo de sabotajes, diseñó la Colfavac. La primicia de la noticia nos la dio a este periódico y fue portada en su día. Es su legado, la vacuna definitiva que andaba buscando. Y la dejó en las mejores manos, las de su hijo, Manuel Alfonso Patarroyo, inmunólogo como él y su mejor discípulo.