tribuna

El enemigo público número uno del mundo

Nos hemos ido acostumbrando a convivir con las palabras innombrables que nunca pensamos mirar a la cara. Como guerra nuclear, pandemia y tantas otras por el estilo. Y hemos sobrevivido a ellas. Ahora que todas las alarmas parecen sonar de nuevo y no vamos a renunciar al porvenir, leer esto reconforta, nos congratula a todos.

Hace cinco años del relámpago de la pandemia, y el aniversario nos retrotrae al paisaje desolado de las calles vacías, los cuantiosos muertos, el cierre de la economía, el turismo cero, palabras dantescas.

Para entonces, en febrero de ese año 2020, se consumó el Brexit, aquel aldabonazo en la conciencia de la Unión Europea, sumida en una crisis existencial: si el precedente británico de salir del club se propagaba, la UE tenía los días contados, para regocijo de Rusia. El cielo entonces se nubló con una densa calima naranja en Canarias, la frontera sur de Europa, cuyos lazos con Londres eran innegables, bajo las torres del histórico muelle canario (Canary Wharf).

Es llamativa la frágil memoria de los disgustos. Se cumple un lustro, pero la pandemia ha desaparecido de la conversación ordinaria. Como del Brexit nadie hablaría, salvo por la efeméride y las encuestas británicas que reflejan que la mayoría de la opinión pública se arrepiente de su decisión. (¿Ocurrirá lo mismo en EE.UU. antes de que se convierta en una dictadura? Norman Mailer decía que el fascismo se instauraría en su país tarde o temprano. Hoy lo llamaríamos visionario.)

La guerra de Ucrania pasa ya desapercibida. En pocas horas, ha decaído el cuento de hadas de la paz de Trump, con los planes atroces de deportar a los palestinos de la Franja de Gaza. 47.000 muertos después, Netanyahu ya sueña con una limpieza étnica como la guinda del exterminio. Que España, Irlanda y Noruega los acojan, es la consigna israelí, vengativa con quienes condenaron su genocidio, como si tuviera don de mando para dar semejante orden por ser el primo de Zumosol.

Bueno, también nos olvidaremos de Trump y de Netanyahu. Todo se ha vuelto no solo líquido, sino fugaz. Pero lo malo son los escombros que dejen estos cuando se vayan. Ya decía Biden en su discurso de despedida que los ultrarricos, una vez instalados en el Gobierno, harían de las suyas. La Riviera de Oriente Medio es solo el principio. “Es el matrimonio oscuro del dinero y el poder”, como ha dicho Richard Gere en Granada. Están pasando cosas que vamos a lamentar todos toda la vida.

Entre tanto, hay esa crisis de memoria de sucesos que ocurrieron hace poco, una especie de alzhéimer global de la historia reciente. Mientras la gripe de 1918 está en la mente de todos, han bastado cinco años para pasar página sobre nuestra pandemia. Tenemos grabado el crack de 1929, la Gran Depresión, y, en cambio, nuestra Gran Recesión de 2008 se nos ha disipado. La memoria selectiva censura los recuerdos desagradables, pero no hay que olvidar la historia si queremos que no se repita.

De ahí que, ante el aviso de Amos García Rojas en Atlántico Televisión de que la próxima pandemia viene en camino, sepamos que hay que tener un plan de contingencia, pues fue lo que nos faltó. Trump decía, en mitad del desconcierto, que el remedio era ingerir lejía, para bochorno de su equipo. Cuatro años después, los que le votaron es posible que no recordaran ese disparate. ¡Cuatro años! Los niños de esa edad tienen mejor memoria.

Poco antes de 2020 salió de la madriguera el virus de Wuhan, el SARS-CoV-2, que causaría siete millones de muertos, que, en realidad, fueron 20 millones. Estamos involucrados en esos hechos hasta el corvejón. El primer contagio en España se detectó en La Gomera y el confinamiento lo patentó Tenerife en el hotel de Adeje donde se hospedaba un nuevo caso, que obligó a encerrar a mil clientes ipso facto. Hubo escenas cómicas. Nos tocábamos el codo en lugar de las manos y, de súbito, tener un perro que sacar a pasear era un chollo, pues permitía sortear el aislamiento legalmente.

Con buena o mala memoria, nos sonará la terminología de marras, el distanciamiento social, el propio confinamiento, las burbujas de Nueva Zelanda… Ahora la palabra cuarentena, tan antigua como las pandemias, es usada torticeramente por Milei como un “delito de lesa humanidad” para justificar que Argentina abandona la OMS, a rebufo de EE.UU.

El de la lejía deja tirado al organismo del que su país es primer contribuyente. Si cunde la estampida, la próxima pandemia la regirán los negacionistas, sin vacunas, por supuesto, pese a que la inmunidad de rebaño fue el mayor patinazo de Reino Unido y los países nórdicos de Europa en las primeras andanadas de la COVID. La ignorancia es atrevida.

Con la pandemia, unos hacen política interesada como otros hicieron negocio en el trapicheo de las mascarillas. Pero queda el recuerdo inolvidable, antes de las desescaladas y la nueva normalidad, de los aplausos de las tardes de clausura en balcones y ventanas dirigidos al personal sanitario que se batía el cobre en primera fila contra el enemigo público número uno del mundo.