En una casa de dos plantas de La Laguna se daban cita los pintores y escultores emergentes en los años setenta y algunos fantasmas pululaban por allí, quizá con cierto pasado artístico, haciendo honor al recinto, la gruta, una isla bajo un cielo negro. Un paraíso de las artes.
Esa década sería decisiva, por lo que guarda algún parangón con esta, pero a la inversa; aquella hacía un viaje de ida, del franquismo a la democracia, y ahora estamos en un viaje de vuelta, pese al cariz de las grandes transformaciones.
Esta semana dijo adiós, con 83 años, Gonzalo Díaz, que habitaba en su isla negra. Recibió homenajes en vida y en aquella época era una autoridad entre los galeristas del país, que no nos hacía puñetero caso, porque la España peninsular no se quedaba con la copla canaria, exceptuados Óscar Domínguez, Millares y Chirino. Gonzalo trajo la idea de Cuenca, cuna innovadora que conocía bien, cuando fundó la Sala Conca de aquella forma mistérica cerca de la Iglesia de la Concepción, y lo bautizaron Conco para siempre como nombre de guerra.
Lo que había creado era una guarida de artistas de la clandestinidad canaria (insisto que en los Madriles se nos ignoraba), y no fueron flor de un día, sino la generación de los 70, a la par de los novelistas de esa década impulsados por el premio Benito Pérez Armas de la Caja de Ahorros santacrucera. La Conca y la Caja tenían, por tanto, la imagen y la palabra.
La Sala Conca, revestida de cierto secretismo, se camuflaba bajo los balcones, el dintel y las jambas de riguroso negro, y dentro la fuerza de la casa se concentraba en las paredes. Quien atravesaba esa puerta, salía convertido en un sibarita, un adepto de cierto arte experimental, que Arturo Maccanti, vecino del templo, seguía como testigo de excepción.
Gonzalo Díaz, un tipo incómodo para el régimen, estaba hecho de aquella madera negra y fomentaba una cosa que la dictadura miraba con recelo: el arte. De pronto, estos días se han ido casi de la mano Gonzalo y Pepe Abad. Pepe era de hierro, como se sabe, exponía en Conca y su obra es de tal calado que supongo que será objeto pronto de un merecido reconocimiento.
La Conca ahora se puebla del espíritu de su morador, como El Almacén de Arrecife conserva los pasos perdidos de César Manrique. Los fantasmas no dan miedo, pero el tiempo que ha pasado, sí: más de 50 años entre pecho y espalda, siglo XX y siglo XXI de corrido.
En ese hogar de artistas, donde conocimos a Gonzalo y Magda Lázaro, mi hermano Martín y yo nos sentimos sacudidos cuando éramos adolescentes y militábamos junto a Zenaido en el periódico La Tarde, que se convirtió en un altavoz de la Casa negra lagunera. Nos llamaba con cada nuevo hallazgo. “¡Vengan sin falta, cuelgo lo último de Cándido Camacho!” Y salíamos pitando para La Laguna, contagiados del frenesí del Conco, con la garantía de sacar una doble página tras otra en el vespertino.
Gonzalo creaba una atmósfera, sorprendía con una performance de los Zaya, una proyección de cine, un happening… Guardábamos como oro en paño sus catálogos y carteles. Creo que, por suerte, toda esa evocación está físicamente a salvo en TEA.
Los 70 se partieron por la mitad como dos hemistiquios. Cinco años para cerrar la dictadura y cinco para que las urnas se abrieran. En 1971 zarpó la Sala Conca y en 2015 llegó a puerto y los últimos viajeros se bajaron del barco, como quiera que el arte suele navegar y los cuadros no se marean, como en aquel carguero de frutas que en los años 30 trajo a Tenerife lienzos de Picasso, Miró, Domínguez y otros artistas de la Escuela de París para la II Exposición Internacional del Surrealismo que organizó Gaceta de Arte.
En la hemeroteca de La Tarde se hacinan los reportajes y entrevistas que hacíamos a Toribio, Álamo, Valcárcel, Gopar, Loli Íñiguez, María Jesús Pérez Vilar, Lola del Castillo, Pepa Izquierdo, Maribel Nazco, Elena Lecuona, Juan Hernández, Bordes, Emperador, Ildefonso Aguilar, Juan de la Cruz, García Álvarez, Bernardino Hernández, Juan José Gil…. nuestro amigo entrañable Gonzalo González y los más veteranos, Chirino, Pepe Dámaso, Pedro González, José Luis Fajardo… (Hay que sumergirse en la tesis de Ramón Díaz Padilla.)
Gonzalo y Carlos Pinto pensaban dar la vuelta al mundo. ¿Qué isleño no? Y a la sombra de su isla negra, Conco no dejó de cuidar ese sueño.
