Cuando hace unos años corrió el rumor de que Luis Alemany había muerto, traté de confirmarlo como era menester, porque de muertes que no existieron están llenos los cementerios inventados de los periódicos. Era el último bohemio de las letras canarias, lo cual suena bien, pero implica una capa de dolor, que le hizo carne de cañón de ese género de falsos difuntos. El miércoles falleció de verdad.
Tenía la condición de novelista canario consagrado por Los puercos de Circe, que, al estilo frugal de Rulfo, le bastó para hacerse un hueco notable en la historia literaria de esta tierra, pero tenía más obra en su haber. Los inquietos es de los años 60, pero la novela cayó en el mismosilencio de su autor y Ediciones Idea la rescató dentro de este siglo.
En ocasiones, Alemany parecía alardear de enfant terrible. Prometía ascender a algún altar y, llegado el momento, se adentró en su laberinto, sin añoranza del éxito. ¡Aquel escritor sobrado, con sus dramas y su dramaturgia, sus cuentos y relatos, sus ensayos y sus artículos de lujo. Era un gran columnista de DIARIO DE AVISOS, “mi periódico”, me decía en televisión, cuando lo entrevisté.
De su engreimiento se hizo toda una leyenda. “No diré que ya era hora”, dijo diciéndolo cuando le dieron el Premio Canarias. Pero es que tenía esa bula infinita de los perdonados de antemano. Se le perdonaba porque se le quería incondicionalmente.
Cuando le dieron el Premio Canarias, fue al médico para saber si se iba a morir. En el Auditorio, bien trajeado, recordó, con “nostálgica ternura”, pasajes del Club Náutico “entre la balsa marítima, la piscina, la etílica barra de Cayetano y la pista de baile de los infructuosos ligues adolescentes, armonizados por la orquesta Los Duendes, con el inmortal vocalista apodado El Papelito.
Cuando daba clases en la Universidad y tenía la euforia que no le duraría siempre, descendía poco a la tierra. Pero todo ese castillo de naipes se le venía abajo en la distancia corta, donde se le quería, como digo. Y se le quiso tanto por parte de tantos que podía ser el hombre más querido de la isla, incluso a pesar suyo. “Soy un personaje grotesco”, me dijo cuando le pedí que se definiera. Leía a Blas de Otero en los cabarets.
Sonó el teléfono entonces, con ocasión de aquella muerte inaudita, ya de noche, antes del cierre.
-Que aún no me he muerto. Te llamaba para decirte solo eso -dijo secamente yendo al grano.
No le había sentado bien que averiguara si seguía vivo a través de un amigo común; le molestaba menos la especulación, que era la cuestión de fondo, como les pasó a Fernando Savater y a Pérez Reverte cuando Twitter los mató.
Una vez, mi hermano Martín le encargó para La Gaceta de Canarias que hiciera un comentario de los suyos (era una de nuestras firmas de cabecera, con su sección Material de derribo) sobre un partido del Tenerife. Luis aseguraba que no había pisado un estadio en su vida (el deporte le traía sin cuidado) y se enredó con los goles en puerta ajena y en propia puerta, sin acertar a entender cómo se contabilizaban. Pero el secreto estaba no en lo que contaba, sino en cómo lo contaba.
En un momento determinado, fue visto durmiendo entre las murallas del TEA. No era falso. Y lo conté en un artículo en este periódico, para que se le echara una mano. Y fue devuelto a la normalidad. Y se repitió la historia. Cuando coincidimos, fiel a su manual, me regañó:
-¿Por qué lo publicaste? -dijo.
Las explicaciones que le di no le parecieron mal, pero no le convencieron. Al cabo de un rato, el tema de conversación estaba agotado y le dije, ¿te acuerdas, Luis, cuando entrevistamos a Nuria Espert?, como si se lo pusiera en bandeja. ¡El teatro!, su plato fuerte. Aquella fue una entrevista de tres a la actriz, que entrenaba en Tenerife, tensa e inolvidable. Y le hablé de los años de gloria y sus boutades. De su ensayo sobre Agustín Espinosa y la generación de los 70 (él la llamaba del 69, una hora menos), cuando Luis triunfaba con Los puercos y mi hermano y yo vivíamos literalmente en la Librería La Prensa, de nuestro tío Paco Martínez del Rosario, en la calle del Castillo. Un día, él entró, lanzó un ‘speech’, dejó a todos callados y se marchó. Alguien dijo a su espalda: “El tipo es un genio, pero le pierde la vanidad”. Se lo conté y echó una carcajada, porque era tímido e incongruente, y la autosuficiencia ya era historia, pura melancolía a sorbos.
Esa fue la vez que estuve más cerca de él, o más hondo, en el dédalo de Luis, que ha muerto con 80 años. Sabía que al despedirnos, seguiría allí solo viendo la gente pasar, oculto tras la barba y el pelo de tenorio. ¡Qué personaje si Luis hubiera conocido a Alemany, el autor!
