Por Marcial Morera.| Cuando creíamos que la batalla por la normalización lingüística (la normalidad lingüística en las Islas es el habla canaria, no el castellano) dada por la Academia Canaria de la Lengua y otras instituciones culturales de nuestra comunidad autónoma estaba sobradamente ganada, nos llega una nueva oleada de bárbaros docentes de la Península Ibérica a decir a nuestros escolares y estudiantes de ESO que no saben hablar español y que ellos, depositarios de la verdad absoluta y de la pureza del idioma, han sido enviados para liberarlos de sus viciosos seseo, aspiración de /s/ implosiva, “ustedeo”, “guagua”, “papa”, “jeito” y “mojo”, y enseñarles a hablar correctamente, con zetas, “vosotros”, eses finales de sílaba, “autobuses”, “patatas”, “habilidad” y “salsa”, como manda la santa madre Real Academia Española. ¿A qué se debe este rebrote de la lacra del purismo castellanista en nuestra tierra? ¿Por qué, cuando creíamos que el secular menosprecio por nuestra particular forma de usar la lengua española, que es la que hace que seamos como somos y la que nos identifica como particulares dentro del mundo hispanohablante, estaba superado, vuelve por sus fueros el espíritu del más rancio purismo castellanista? Pues, simplemente, por ignorancia, por la inveterada incultura de nuestro país, que no ha sabido enseñar a los docentes aludidos que las lenguas naturales (arameo, chino, español, francés, mancañá…), que no son nomenclaturas, sino sistemas potenciales de invariantes fónicas, gramaticales y léxicas para construir palabras, oraciones y textos, como nos enseñó el fundador de la Lingüística moderna, no se usan nunca de la misma forma en sus distintos dominios, porque las necesidades expresivas de sus hablantes son distintas de lugar a lugar, de grupo social a grupo social, de estilo a estilo, de época a época y hasta de persona a persona. El canario no puede hablar de la misma forma que el castellano, el andaluz o el argentino, por ejemplo, porque su medio geográfico, su proceso histórico, su flora, su fauna, su climatología, su gastronomía, etc., son más o menos distintos que los de aquellos. ¿De qué le sirven al canario voces como hoz angostura de un valle profundo, ventisca borrasca de viento y nieve frecuente en puertos y gargantas de los montes, salmorejo especie de gazpacho o puré frío a base de tomate, pan, aceite, ajo y otros ingredientes o gaucho jinete trashumante y diestro en los trabajos ganaderos, si en su tierra no existen las realidades que esas voces designan? ¿De qué le sirve la forma pronominal vosotros, cuando ya ha convenido en designar el oyente plural con una sola forma, con la forma ustedes, independientemente del grado de familiaridad que tenga con él? ¿De qué le sirve la zeta, cuando le basta con una sola sibilante para ejecutar con la claridad que requiere todo discurso como Dios manda las dos sibilantes de la lengua que habla? No, el español de Canarias no es una degeneración del dialecto de la vieja Castilla, sino una forma particular de usar esa lengua milenaria tan extendida por el planeta que es la lengua española, como el castellano mismo (tanto el hablado como el escrito), el andaluz, el mejicano o el dominicano, por poner un par de ejemplos; una variante de uso que ha resultado de un proceso histórico muy largo, que arrancó desde principios del siglo XV, cuando los andaluces llegaron a Canarias y entraron en contacto con los bereberes que las habitaban y los normandos que había traído con él el viejo conquistador Jean de Béthencourt, y se ha prolongado hasta los acuciantes tiempos actuales, tan ávidos de novedades por la irrupción de las nuevas tecnologías, pasando por los cruciales siglos XVI y XVII, en que tan soberano predominio tuvieron los portugueses en la vida insular. No se trata, evidentemente, de una forma de hablar aislada o sin conexión con el resto de las variedades del idioma, sino de una forma de hablar complementaria y solidaria de todas las demás, porque, al fin y al cabo, los fenómenos que la caracterizan no son otra cosa que desarrollos más o menos atrevidos de palabras, expresiones o pronunciaciones peninsulares, que preludian, por otra parte, el español de América, que, por el número de hablantes, su diversidad cultural y su desarrollo literario, constituye hoy el segmento más importante de nuestro idioma. No se olvide que las lenguas naturales sólo se encuentran completas en su diversidad. Si dejara de usar la lengua española como la ha utilizado hasta aquí, el canario dejaría de ser canario y se convertiría en castellano, andaluz o hispanoamericano, dependiendo del dialecto español que decidiera adoptar o le impusieran. Como “de lo que se come, se cría”, según reza el viejo refranero español, “de lo que se habla, se es”.
*Académico fundador de la Academia Canaria de la Lengua
