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Manuel Rivas: “Escribir es un ejercicio de descubrimiento en el que lo más importante es lo que está más oculto”

El escritor gallego, Premio Nacional de las Letras 2024, ha sido uno de los protagonistas de Tenerife Noir, el Festival Atlántico del Género Negro, que clausura este domingo su décima edición
Manuel Rivas (La Coruña. 1957). / Ricardo Pinillos Toledo

El escritor y periodista gallego Manuel Rivas (La Coruña, 1957) ha sido uno de los invitados de Tenerife Noir, el Festival Atlántico del Género Negro, que este domingo culmina su décima edición. El autor de poesías, ensayos, relatos y novelas como El lápiz del carpintero, Los libros arden mal y El último día de Terranova participó en el IX Seminario Internacional Tenerife Noir de Investigación en el Género Negro, el encuentro organizado por la Cátedra Cultural Antonio Lozano de Género Criminal de la Universidad de La Laguna, y en el coloquio Secretos bajo la piel: crímenes y traumas en la narrativa social.

Premio Nacional de las Letras en 2024, galardón del Ministerio de Cultura que reconoce la trayectoria de un autor o una autora en cualquiera de las lenguas españolas, Rivas escribe en gallego y castellano. Acudió a la Isla con su obra más reciente, Detrás del cielo (2024), “una dura novela negra”, que entronca con el hardboiled estadounidense -y esto es una cuestión de afinidad, según él mismo explica-, en la que la propia naturaleza no es una víctima menor de los criminales. Sobre el género noir en particular y la literatura en general, acerca del proceso creativo y de cómo afrontar desde la cultura la “oleada reaccionaria de descivilización” versa esta entrevista.

-Ha acudido a la Isla para participar en el Festival Atlántico del Género Negro. Ese es un camino literario, el de la novela criminal, que usted ha recorrido en varias ocasiones. La más reciente, en ‘Detrás del cielo’. ¿Qué le brinda ese espacio en el que caben tantas cosas?
“Cuando me pongo a escribir no está en mi mente ninguna etiqueta literaria. Únicamente me pregunto si tengo algo que decir y me planteo cómo decirlo. No obstante, pensar en el género negro es hacerlo también en el realismo crítico, es reflexionar sobre el mundo en el que vivimos. Quizás sean de las mejores coordenadas literarias de las que disponemos para narrar la realidad en la que nos encontramos, pues, en el fondo, no deja de ser muy de género negro”.

“Si la utopía posible fue el tema de la conversación global, ahora viene a ser la idea de que otro fin del mundo es posible”

-Ha señalado que ‘Detrás del cielo’ es una novela perturbadora y que también lo fue durante su escritura. ¿En qué consistió esa incomodidad?
“Me sentí sacudido. Tuve la sensación de que me había metido en un proceso de descubrimiento en el que los conflictos interiores de los personajes se entrelazaban con los sociales. La perturbación viene de que lo que contaba tenía mucho que ver, precisamente, con la atmósfera en la que estaba escribiendo. Lo que sucede en la novela es una proyección del ambiente real que respiraba, con mucho insecticida y mucho herbicida, con mucha intoxicación y mucho veneno. Y yo, que al principio estaba escribiéndola en un espacio natural donde se supone que lo que debía abundar era el polen, encontraba más bien DDT. Me refiero a esa percepción de toxicidad que prevalece hoy en la atmósfera social, que refleja la excitación negativa que domina la actuación humana: una suma de despotismo y depredación impaciente. Eso que llamamos codicia se manifiesta también, es evidente, en el saqueo de la naturaleza. Y ya se sabe que toda guerra emprendida contra la naturaleza es una guerra contra el ser humano”.

-¿El relato se decantaba hacia ese ambiente tóxico de forma paulatina, conforme iba surgiendo, o desde un principio ya poseía visos de oscuridad?
“Cuando comencé a escribir La lengua de las mariposas [relato incluido en el libro ¿Qué me quieres, amor? (1996 y 1997, en gallego y en castellano), que daría lugar a la película de José Luis Cuerda de 1999], recuerdo que fue una mañana, mi idea inicial era contar una historia que me parecía inquietante pero plácida. En el sentido de que lo que quería narrar era la llegada de un microscopio a una escuela rural en los años 30 del siglo pasado, los de la Segunda República. Y que a partir de ahí se iba a desatar un proceso maravilloso de aprendizaje, de descubrimiento de lo invisible. Los niños y las niñas de esa escuela iban a asistir a una experiencia prodigiosa, la de observar aquello que no se encuentra a la vista. Sin embargo, me temblaban los dedos: estaba ocurriendo algo que desconocía. Soy más bien de campo a través, de poca planificación, de muy poco plan quinquenal, a la hora de ponerme a escribir. Y en el comienzo de esa historia estaba pasando algo. Desde el principio notaba ese temblor, esa inquietud, que va convirtiendo el relato en una historia dramática. Lo que sentía era lo que iba a pasar al final de esa ficción, que ignoraba por completo la mañana en la que arranqué a escribir”.

-Y esa sensación la ha vuelto a experimentar.
“Sí, con Detrás del cielo ocurrió algo parecido. Quería contar la cacería de un animal, real y mitológico a la vez: un jabalí al que llaman El Solitario. Es el gran trofeo y el enemigo público número uno de esa cuadrilla de caza, que de alguna forma simboliza una parte de la sociedad y una manera de ver el mundo. Escribir para mí siempre es un proceso de aprendizaje, a veces incluso contra las propias convicciones. Un ejercicio de descubrimiento en el que sabes que lo más importante es lo que está más oculto. Yo no sabía al principio qué se ocultaba en lo que iba a ser Detrás del cielo. Sí, estaba el jabalí, pero había algo más. Lo que pasó con esta novela es que se fue endureciendo a medida que la escribía. Comienza con ese relato que transcurre en un medio natural, en una comarca de comarcas. Un episodio de caza, que para mucha gente es un modo contradictorio de relacionarse con la naturaleza. Pero lo que ocurre en la novela, en ese paulatino endurecimiento, es que la caza del jabalí va mudando en cacería humana”.

“Ante una realidad que se nos oculta, no puedes usar un lenguaje de karaoke, sino las palabras que aún dicen algo”

-Una novela negra, aunque de entrada, con ese escenario, pudiera no parecerlo.
“Incluso yo diría que es una dura novela negra. Tiene que ver con la escuela que más me interesa dentro del género, la de Dashiell Hammett, la de Jim Thompson…; tiene que ver con el hardboiled, que en una traducción muy literal puede significar el progresivo endurecimiento de una historia. Y si hablamos de colores, me viene a la cabeza la diferenciación que hacía el crítico Philip Rahv, que es trasladable a la literatura en general. Decía que en la novela fundacional estadounidense había escritores pieles rojas y escritores rostros pálidos. Y los escritores pieles rojas, como Herman Melville, Walt Whitman y James Fenimore Cooper, son aquellos que están en la frontera, que se sitúan en la primera línea para escribir, en la orilla, frente al riesgo. Y, bueno, creo que esta novela viene a ser de un realismo orillero que sacude las conciencias, y también está relacionada con fijar la mirada en aquello que no está bien visto. Por eso hablaría de una novela piel roja de serie negra. También podríamos hablar de ecoliteratura, porque está muy presente la naturaleza, una naturaleza que formula un mayday, una llamada de auxilio. En algún lado he leído que Detrás del cielo es un wéstern céltico, pero me convence más la definición de un amigo: es punkismo mágico [ríe]”.

-¿Qué papel desempeña la verdad literaria en un tiempo en el que da la impresión de que la verdad a secas está devaluada?
“La literatura y el periodismo me parecen cada vez más importantes. Porque, justamente, se está dando una especie de sustracción de la realidad. Eso que se da en llamar realidad alternativa no deja de ser un despojamiento de lo real. Si entiendo la literatura interesante, y vuelvo a la misma idea, como aquella que intenta mostrar lo que está tapado, lo que se esconde, puede ser un ejercicio de entretenimiento, sin duda, pero nunca de evasión. Al contrario, es lo que decía Kafka: echarse en brazos de la realidad. Cuando hablo de novela negra me gusta establecer conexiones. Pienso, por ejemplo, en Goya, pionero en tantas cosas, y en sus Pinturas negras. O en sus grabados de Los desastres de la guerra. En imágenes que llevan unos apuntes, unos pies de texto. En una de ellas escribe: ‘No se puede mirar’. Y en otra, en la que figura un reo de la Inquisición, perteneciente a uno de sus cuadernos: ‘Por mover la lengua de otro modo’. Para contar hoy la verdad para aproximarse a ella, son dos apuntes muy pertinentes”.

-No mirar, no decir…
“Sí. ¿No se puede mirar?, pues hay que mirar eso que nos ocultan, hay que limpiar de miedo la mirada. Todos lo tenemos, claro, pero para escribir no se puede tener miedo y debemos empeñarnos en que así sea. ¿Por mover la lengua de otro modo? Creo que una de las características del género negro es contar las cosas de otra forma para llegar a ese principio de realidad. No puedes aproximarte a esa realidad oculta con un lenguaje propio del karaoke. Tienes que buscar la forma de decirlo, porque hay una apropiación del lenguaje, una intoxicación de las palabras. Debes hallar aquellas que todavía quieren decir algo y el modo de emplearlas para llegar a esa realidad sustraída, secuestrada. Por eso resulta muy importante preguntarnos cómo mover la lengua de otro modo y recuperar el principio de aventura, la valentía y el coraje que están en las palabras”.

“Un imperativo del pensamiento crítico es enfrentarse a la descivilización que supone la oleada reaccionaria”

-Al contemplar hoy el mundo, cuestiones que parecían de cajón, como la justicia social, la solidaridad o el rechazo a los discursos políticos excluyentes han dejado de ser certezas. ¿Cómo se enfrenta a esto no solo el escritor, también la persona que se siente interpelada?
“Hace no tanto, la conversación principal en el mundo parecía girar sobre la idea de utopía posible. Ahí están, por ejemplo, los encuentros de Porto Alegre. En la atmósfera que se vivía a finales del siglo XX y comienzos del XXI hablábamos de la caída del Muro de Berlín, de los países emergentes, de ecología, de extensión de derechos humanos… Pero en muy poco tiempo se produce esta oleada de descivilización, en la que ese coloquio más bien parece tratar de la idea de que otro fin del mundo es posible. La sociedad de riesgo y los yacimientos catastróficos abarcan todo el planeta, ya no se limitan a lo que llamamos tercer mundo, a esos lugares precipitados a la fatalidad histórica que había que rescatar. Hoy parece que es el planeta el que se encuentra en estado de emergencia, se vuelve a hablar de carrera armamentística…”.

-Y aunque los análisis y las explicaciones no escasean, y las causas, los orígenes, están mejor o peor identificadas, en ocasiones da la impresión de que nos ha cogido por sorpresa.
“Es que todo esto ha sucedido en un lapso muy pequeño. A partir de ahí, si te pones a escarbar, las cosas tienen un principio, el que explica que ahora mismo se haya apropiado de ese diálogo la mirada cainita, el nuevo despotismo y una lucha por el dominio que incluso cancela cualquier tipo de conversación. Ante eso, es una obligación de la literatura, del pensamiento crítico en general, enfrentarse a esta realidad, a este proceso de descivilización del que hablamos, que es la oleada reaccionaria. Porque hablar de solidaridad y entender las dictaduras y el despotismo como anomalías parecen ocupar en estos tiempos un lugar en la nostalgia. Y resulta casi anómalo, por ejemplo, reivindicar el estado de bienestar para el mundo. Esa suma de democracia y bienestar que nos parecía el binomio lógico como horizonte”.

-Espacio para la reflexión alejado del ruido. Una vía para destilar pensamientos y emociones. Una forma de conocimiento. ¿Cómo concibe la poesía?
“Esa dimensión de conocimiento ocupa una parte muy importante en mi forma de verla. Cuando hablamos de poesía, se asocia con una construcción estética, con una voluntad de decir las cosas a partir de la suma de belleza y verdad. Y es evidente que esa fórmula está ahí, pero siempre en mutación. Por eso quiero ver la poesía como un medio de transmitir información esencial sobre la condición humana que quizás no se puede comunicar de otra manera. La poesía tendría esa condición de primer anillo del árbol. Me resulta apasionante la dendrocronología, esa ciencia de la naturaleza que estudia la vida de los árboles, lo que nos cuentan, a través de sus anillos. La poesía sería un equivalente: mostrar las capas del lenguaje, y también las de la vida, recurriendo a esa simetría natural”.