por qué no me callo

¿Por qué el fútbol explica todas las cosas?

La falta de memoria, no el alzhéimer, sino la falta de memoria (adrede) es común en todas las facetas. Valdano dijo una vez en Tenerife que “el fútbol no tiene memoria”, pero que, en su caso, había hecho una excepción en la Isla. La madriguera de hijos adoptivos le vio cara de niño. Estaba emocionado ese día, hace treinta años ahora, con Javier Pérez en la mesa, presentando en CajaCanarias un libro que mi hermano Martín y yo habíamos escrito (El País Aguilar) sobre aquel exfutbolista campeón del mundo sin miedo escénico que se bautizó de entrenador en Tenerife, que salvó al Tenerife y puso el nombre de Tenerife en las cuatro esquinas del planeta fútbol, que hasta Kissinger estaba al tanto de las ligas que el Madrid perdió aquí con Valdano, Redondo y toda la jarca.

Javier Pérez, que estará haciendo gestiones en las más altas instancias a la vista del entierro de la sardina, se había echado un farol con la soga al cuello y acabó inventando a un entrenador llamado Valdano como si apostara a caballo ganador con borceguíes. Valdano. Sueños de fútbol, el libro, contaba la muerte y resurrección del Tenerife con aquel mesías y el Ángel Cappa, y la consagración del juego limpio en las guerras sucias del fútbol, como estas de ahora cuya paz de Ucrania o Gaza se ha vuelto un pelotazo (hablando de fútbol).

Aquellos sueños resultaron rentables y hacían justicia, página a página, a un milagro por partida doble: de Javier y de Jorge, tanto monta, monta tanto. El Tenerife renació de sus cenizas, se hizo grande, debutó en Europa, era el equipo de moda, y la historia quedó guardada para siempre en aquel bestseller que desafió el centralismo futbolístico editorial español, voló de Europa a América y se tradujo al japonés. Hace treinta años, repito. ¿Es posible que el Tenerife se reencarne a imitación de su propio recuerdo?

Quienes tienen buena memoria lamentan el olvido de esos anales. Un cocinero (Mauricio, el de los tollos) que se hizo popular en las ondas de Radio Club en los años grises del Tete, solía tener la receta cuando Xuáncar le preguntaba, en el deportivo o, por estas fechas, en Noches de Carnaval, ¿cómo se soluciona lo del Tenerife, Mauricio?, y él respondía, ahogándose de rabia: “¡Poniendo hueeeevos, Xuáncar, hueeeevos, cooño!”

Ahora viene la pregunta. ¿Por qué el fútbol explica todas las cosas? Baste decir que se ha llegado a una futbolización sistemática de todo. La polarización es el fanatismo del fútbol, son los estadios acérrimos de la política. La bronca del Congreso es la ordinariez de la grada, y la de Trump a Zelenski en el Despacho Oval. Y los comentaristas se han contagiado del tono iracundo de las aficiones, son forofos. Acaso todo, meramente, se reduzca a eso.

Ángel Luis, el de Leyendecker, es un madridista blanquiazul. No lo traigo a colación para futbolizar también el arte. Me lo encuentro en Santa Cruz y va con pecho de palomo. Por estas fechas, Ángel Luis de la Cruz se transforma, es una autoridad, un factótum del arte contemporáneo en España, que como es de aquí no se le da importancia (la mala memoria aposta). Si fuera de fuera y viniera a dar unas charlas al TEA como cazatalentos de la plástica internacional, se le haría el rendibú.

No creo que le fastidie, sino todo lo contrario, haber logrado ser un extranjero en Tenerife, como Domingo Pérez Minik, que da nombre al paseo del Parque donde me lo tropiezo. Ángel Luis se desgañita como el bueno de Mauricio, viendo pasar el entierro de la musa clavada en el corazón de doce mil tinerfeños (somos casi un millón, pero qué más da), y es de los que están pasándolo mal. ¿Por qué, sin embargo, iba tan decidido bajo los palmerales del García Sanabria? Porque se abre Arco a estas horas, y Ángel Luis, fiel a la cita, se iba a Madrid y a ver al Madrid, de paso, doy por hecho.

Lleva pasando por el Arco los 44 años que cumple la feria, fruto de la década ovni de los 80, cuando el sorpasso del PSOE y los arrumacos de Reagan y Gorbachov en el fin de la Guerra Fría, no este ruso y este americano compinchados para llevarse las tierras raras y los territorios. En el hímnico 82, año I de Arco, fue la mayoría absoluta de Felipe González. Ahora se la habría chafado Blas Piñar con Fuerza Nueva, que perdió el escaño ese año de antaño.

En este momento, Ángel Luis es el galerista más antiguo de España, tras retirarse Juana de Aizpuru, que parió Arco. Y lleva a IFEMA una colección sobre el volcán de La Palma que encargó ex profeso a Richard Mosse, el fotógrafo irlandés de las guerras, el cambio climático y las crisis migratorias. Así que podría quedarse una temporada en estas islas que están en primera fila, antes de que a la palabra refugiado la hagan desaparecer. Que no lo conseguirán. ¿Y al Tete? Tampoco. Ni hablar.