tribuna

50

Todo el mundo sabe que el concepto del tiempo es relativo y que la forma que tenemos de secuenciarlo, no es más que una convención creada con la finalidad de ordenar las cosas, los sucesos.

Todo debe tener un orden: un principio, un desarrollo y un final, porque lo otro es el caos. Igual que dos más dos es cuatro, cinco minutos es la suma inequívoca de una cantidad exacta de segundos. Sin embargo, una cosa es el tiempo y otra muy distinta lo que esta palabra sugiere, pues no es lo mismo cinco minutos de amor apasionado, que los últimos cinco minutos del avión a punto de aterrizar, esos minutos en los que empieza el descenso y parece que no llega, y el avión va bajando y parece que no llega, y se cuela entre las nubes y todo se ve blanco y se agita y se mueve hasta que, de pronto, la ciudad asoma y el avión toca tierra para acabar por fin con esos minutos eternos, esos cinco minutos que se sienten una hora, o incluso, más: un tiempo indefinido sin segundos.

Es curioso, porque esa sensación de inconsistencia y de indefinición del tiempo no es casual, y es que, no en vano, la RAE, esa reina omnisciente de las palabras, nos dice que el tiempo es la “duración de las cosas sujetas a mudanza”. La RAE dice eso y se queda tan ancha, como si fuera tan fácil delimitar el momento del cambio, ese instante de transformación que ocurre cuando algo termina y da paso a que otro algo empiece. Eso dice la RAE.

En fin, que estamos como al principio. Lo que sí sabemos con exactitud es que 50 años son muchos años, eso todo el mundo lo tiene claro. 50 años son muchos principios y finales, muchas despedidas y muchos comienzos, cientos de puertas cerradas que se abren, noches que acaban en días y una retahíla inmensa de minutos pequeños y grandes, de esos que se alargan y se acortan en el tiempo, según la vivencia y la emoción de cada uno.

Parece que, cuando esta edad se aproxima, es obligatorio el fiestón del siglo, bueno, del medio siglo, como si algo extraordinario hubiera pasado entre los 49 y los 51 que vendrán, como si debieras sentarte a recapitular sobre tu vida para anotar lo que no has hecho y aprovechar así ese tiempo que te queda, ese tiempo imprevisible que ahora parece haberse hecho pequeño y corto, así de cambiantes son las sensaciones. Y no está mal pensarlo, por supuesto que no, porque todos sabemos que si hay algo que vuela rápido es el tiempo. Así que mientras lo pienso, mientras decido qué quiero hacer, me veo a mí misma volviendo a mi vida, al inicio y a lo que vino después y es desde ahí que empiezo a soñar, es desde ahí que veo bien claro que la fiesta es también esto, que la fiesta es, sobre todo, esto: mirar hacia delante gracias a todo lo que ha habido detrás, esperar los días nuevos gracias a todo lo bueno y a todo lo malo, y a la ambigüedad de estos adjetivos, también mudables, porque lo que está bien de pronto está mal, y a la inversa, y es que la mirada cambia, como los años, y lo realmente importante es la huella que deja cada instante. Por eso, en esta fiesta de los 50, la fortuna es que el tiempo pasado exista, con el amor y la rabia, con el dolor y el deseo, con todas las emociones vividas, mudables, pero todas válidas, únicas, porque fueron reales en ese tiempo impreciso en el que existieron. Mi fiesta es este guion que he ido escribiendo día a día, un guion que no es perfecto, pero que es el mío, y me gusta, lleno como está de páginas y recuerdos, de fotos compartidas, de memorias que fueron y que serán ya para siempre. Y, además, está la ilusión de que la fiesta continúa, porque aún hay tiempo, y segundos que pueden ser años, muchos años, así que, organízate, mujer, porque es verdad que todo lleva un orden, apunta lo que quieres, organiza la escaleta que escribiste con lo más importante, con lo que sientes que debe ser para ti, con esos deseos que anotaste en Navidad, con todas las emociones aprendidas, y sopla las velas, no te olvides, que es tu día, tu día feliz en tu día, a la de una, a la de dos y a la de.

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