Esta es otra lectura del contador de la luz. La semana refleja el momento sombrío que vivimos. Es la imagen de la tensa confrontación que nubla la política, la economía y las partidas de dominó en el bar, o sea, la vida, de un tiempo a esta parte. Mayo del 25, se cumplen un cuarto de siglo orwelliano y 80 años del final de la II Guerra Mundial, que deparó las democracias que están en peligro.
El 23 de julio de 2023, pronto hará dos años, se produjo el gran apagón del pacto de derecha y ultraderecha que iba a gobernar España, en los albores de un nuevo mundo diseñado con ese estilo. En estos dos años, la doble derecha ha circulado por su carril contando los días de vida que le quedaban al Gobierno de izquierda, y un síntoma de ese entusiasmo aquí mismo, sin ir más lejos, es la mera conservación del monumento a Franco, porque todo encajaba.
Ochenta años atrás, en Europa cambió el mundo en una dirección. ¿Por qué no enmendarle la plana, agitar el fantasma de la inmigración? ¿Quién no admitía hasta hace tan solo unos días que ese giro parecía inexorable en medio de la oscuridad de una generación perdida?
Se habló tanto de distopía estos dos años, que el populismo radical conservador sacó pecho, no solo en España, en todas partes. Como en los veranos, la película se proyectaba en el cine al aire libre, la calle. Y la habíamos metabolizado. Había votantes bastantes, entregados a la causa. Algunas elecciones puntuales en Europa, como en los Países Bajos, confirmaban la tendencia universal. España, la muy maldita, había resistido el embate. Feijóo se alineó con Vox, el socio necesario para derribar a Sánchez. No solo España, no solo Europa, el mundo y el siglo estaban llamados a ser de derecha y ultraderecha. Y una saga de intelectuales influyentes lo avalaban.
¿Qué ocurrió? Hubo un contratiempo en junio de 2024. Las elecciones europeas no salieron como esperaban los neoliberales más radicales y la extrema derecha. Por segunda vez, el PSOE resistió, y que Feijóo no consiguiera abortar la candidatura de Teresa Ribera a la vicepresidencia de la Comisión Europea, ni, de paso, el fracaso de la coalición de liberales y socialistas en Bruselas, era una mala señal. España, de nuevo, frustraba el cambio de ciclo.
A la conservadora alemana Von der Leyen (como al papa Francisco, al que llamaban hereje en el Vaticano profundo), no la tragan ni Feijóo, ni Weber (el jefe del PPE), ni la ultraderecha, pero se las ingenió para retener el poder con sus socios civilizados de derecha e izquierda y presidir un segundo mandato. El pacto histórico europeo (que, por cierto, se repite también en Alemania) alteraba todos los planes conservadores desde Madrid hasta Berlín.
¿Qué pasó después? En noviembre de 2024 ganó Trump. De nuevo cabalgaban los jinetes del Apocalipsis. Con el republicano en la Casa Blanca, los planes seguían intactos. Se recomponía la distopía y solo había que aplicar el manual de la Fundación Heritage para barrer del mapa todos los gobiernos progresistas, España incluida. Feijóo respiró y, confiado, descartó sacrificar a Mazón por el titanic de la dana.
Lo primero que pasó, a continuación, fue insólito. El presidente americano, con todo el viento a favor, eligió la entropía, el caos. Estrechó lazos con Putin, despreció a Europa y dejó en stand-by la histórica alianza trasatlántica, 80 años hechos añicos que ahora se cumplen con las velas apagadas. Europa se quedó sola, cerró filas ante el desaire de la Casa Blanca, comenzó el rearme -la preparación-, ante el futuro incierto de la OTAN y la amenaza rusa, y se abrió a China, India y resto del planeta.
Pero ahí no quedó la cosa. Trump perdió definitivamente los papeles y declaró a Europa, Pekín y una legión de países la delirante guerra arancelaria, que tuvo que suspender al cabo de una semana, ante el colapso de la economía estadounidense, un disparo en el pie que le ha hecho decir con la cabeza gacha: “Tal vez los niños tendrán que conformarse con dos muñecas en lugar de tener 30”. Todos pagaremos las consecuencias del apagón de la economía. Tras cien días en el cargo, el descrédito de Trump ha hecho historia. Sus adláteres han vuelto a la triste realidad.
El síndrome del 23J español, aquel eclipse, se hizo global. El globo de la doble derecha pinchó en algún cable de alta tensión. El Gran Apagón del lunes 28 de abril en la Península ibérica, ese debate ideológico entre renovables y centrales nucleares, es la metáfora de estos dos años. De los pinchazos de Trump, de Le Pen condenada por corrupción, de Milei pringado en un escándalo de criptomonedas, de la paz de Ucrania reducida a tierras raras, y del PP confundiendo a Canarias con las Islas Hawái en su esperpéntico mapa del jueves, Día del Trabajador. Ese mundo patas arriba se fue a negro. A veces las metáforas se hacen realidad para que todos las crean. Somos materia, pero, sobre todo, energía. Como acabamos de comprobar.
