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Jesús Agomar: “Las musas no te visitan a las tres de la mañana; componer es un acto creativo que se cultiva, un ejercicio constante de ensayo y error”

El músico y compositor de Los Realejos ha estrenado en Venezuela, en el Centro Nacional de Acción Social por la Música de Caracas, 'When the stars stop shining' y 'Brassmania'
El músico y compositor realejero Jesús Agomar. / DA

La música se manifiesta a diario de múltiples formas en la vida de Jesús Agomar (Los Realejos, Tenerife, 1983). Como intérprete -toca el trombón-, como docente -dirige en La Guancha la Agrupación Musical La Esperanza y también está al frente de la escuela de música del municipio- y como compositor. Dos de sus partituras, When the stars stop shining y Brassmania, han sido interpretadas esta semana por primera vez en Venezuela. Fue en el Centro Nacional de Acción Social por la Música de Caracas, sede emblemática del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles, el célebre Sistema, por la Orquesta Francisco de Miranda. Sobre aprendizaje y enseñanza, acerca de desafíos y oportunidades, así como de creación musical, el artista realejero conversó con DIARIO DE AVISOS.

-Su música se escuchó el jueves en Venezuela. ¿Qué representa para un compositor canario como usted llevar sus partituras a un país con el que hay un vínculo tan estrecho?
“La oportunidad de estrenar fuera de las Islas es siempre emocionante. Y hacerlo en Venezuela, muy especial. En buena medida, los canarios somos lo que somos gracias a esa tierra. También representa un reto. Te preguntas si tu música encaja, si gusta o no gusta. Esto tiene que ver con los egos de quienes se dedican al arte, de quienes están expuestos todo el rato a la opinión de los demás. De igual manera, impresiona que los jóvenes de la Orquesta Sinfónica Francisco de Miranda toquen tu música con tanto cariño en un lugar como la Sala Simón Bolívar del Centro Nacional de Acción Social por la Música, en Caracas, que significa tanto dentro del Sistema [ideado y puesto en marcha en 1975 por el músico y educador José Antonio Abreu]”.

“Bandas, escuelas y academias de música han sido y son fundamentales para canalizar las vocaciones de los más jóvenes”

-¿Qué acerca y qué distancia a obras como ‘When the stars stop shining’ y ‘Brassmania?

“Compuse When the stars stop shining por encargo de la Orquesta Comunitaria de Gran Canaria (OCGC), de la que soy trombonista, y, pese a que he realizado estudios de composición y orquestales, fue la primera vez que pude escribir para una orquesta real. Y no solo para una orquesta, sino también para mis compañeros: una doble responsabilidad. Supuso mi reafirmación como compositor. Ser consciente de que hay unos conocimientos y unos mimbres, pero también de que debo seguir aprendiendo. Que te brinden la posibilidad de componer hace que no te sientas en el ostracismo, un temor que creo que muchos compartimos. En Brassmania, que estrenó el Ensemble de Metales de la OCGC, aparte del tiempo transcurrido, entran en juego unas ideas más maduras, más desarrolladas. Posee un intrincado lenguaje entre instrumentos de metal, una manía persecutoria presente en toda la obra, de ahí su nombre, en la que durante seis minutos se despliega una especie de banda sonora”.

-¿Cuál es el camino que ha transitado desde, por ejemplo, ‘El viajero ilustrado’ a ‘Brassmania’?

“Es frecuente que para componer tengas que buscarte un espacio propio. Compagino la escritura con la dirección de la banda [Agrupación Musical La Esperanza] y la escuela de música de La Guancha. Y compongo en el tiempo que me dejan estas responsabilidades. Ojalá pudiera tener más encargos para dedicarme solo a componer, pero esta es la realidad de muchos compositores. El camino ha sido largo, complicado en ocasiones, pero siempre gratificante. Sentí la misma satisfacción cuando creé una obra como El viajero ilustrado, dedicada a José de Viera y Clavijo, que ha recorrido medio mundo, o una marcha procesional. Pero sí, es un itinerario duro, laborioso, donde debes crearte un espacio para la creación”.

“La OCGC es un espacio que cubre la necesidad de muchas personas que no podían desarrollarse como intérpretes”

-Desde un principio ha trabajado con las bandas. ¿Qué papel desempeñan hoy este tipo de formaciones, que en muchos casos son la puerta de entrada para los jóvenes intérpretes?

“En Canarias hay una cultura bandística tremenda. Suele ser el primer acceso a la música. Es raro que un niño se despierte una mañana diciéndose que tiene ganas de ir al conservatorio. Lo más probable es que haya visto a la banda o pasado por la escuela de música de su pueblo, sienta curiosidad y allí dé sus primeros pasos en la música. El movimiento bandístico es fundamental para entender lo que es la música hoy en España. Para comprender cómo muchas de las vocaciones se canalizan por la cercanía de las escuelas de música, de las academias, de las bandas… Yo soy un producto de eso. Empecé de muy pequeño en la Filarmónica de Los Realejos. En 2005 compuse mi primera marcha de procesión, Mater Dolorosa, porque era el lenguaje más cercano que tenia. Como músicos de banda, nunca veíamos una cuerda, pero sabíamos lo que era un redoblante, una caja, una tuba… De ahí surgen mis primeras obras”.

-Dirige la Agrupación Musical La Esperanza de La Guancha y la escuela de música de este municipio. ¿Cuál es la principal enseñanza que como docente intenta inculcar al alumnado?

“Al margen de que aprendan música con mayor o menor rapidez, lo principal es el respeto a la diversidad. Cada alumno es diferente y aprende a un ritmo distinto. De manera que lo primero es que cada estudiante se sienta cómodo y, sobre todo, atender a su diversidad y a su capacidad de aprendizaje. A partir de ahí, ya vendrá la enseñanza musical. Especialmente en las escuelas de música pequeñas, el reto es lograr que los jóvenes se diviertan aprendiendo”.

“Cada estudiante es diferente y aprende a un ritmo distinto; el objetivo como docente es atender a esa diversidad”

-¿Y qué aprende usted?

“Que tenemos que afrontar la irrupción de la tecnología, por ejemplo. No luchar contra la tecnología, sino adaptarla a las enseñanzas. Entendiéndola como herramientas que ayudan al alumno a desarrollarse en el aula. ¿Qué es lo que ocurre?, que es más sencillo quedarse en casa y jugar con la videoconsola, conectado con todo el mundo, que acudir a la escuela y estar una hora y media aprendiendo música o compartiendo la experiencia con otros compañeros en una banda. Ese es el desafío y la incógnita: ¿cómo nos ayuda y cómo nos desayuda la tecnología? Los jóvenes tienen cada vez más actividades a su alcance y percibimos que, prácticamente, solo pueden captar 40 segundos de nuestra atención, lo que supone un reto para los educadores”.

-Integra la Orquesta Comunitaria de Gran Canaria. ¿Como describiría su razón de ser?

“Los proyectos suelen surgir no por casualidad, sino por necesidad. La OCGC recogió una necesidad. Prácticamente todas las agrupaciones, conservatorios y demás se enfocan en la formación de jóvenes, pero ¿qué pasa con aquellas personas adultas que, habiendo acabado o no su formación musical académica, tocan un instrumento y no tienen dónde desenvolverse como músicos? Esta orquesta es ese espacio para personas que no han podido desarrollarse como intérpretes. Creo que en el panorama español es un proyecto único, no así en Europa, donde resultan frecuentes. La orquesta comienza con una veintena de intérpretes y en solo cuatro años posee ya más de un centenar de coralistas y otros tantos músicos. Eso habla de la necesidad que había de un proyecto de estas características”.

-Hábleme de su faceta de compositor. ¿Cómo suele ser ese proceso que va desde una primera idea, más o menos vaga, más o menos precisa, hasta su plasmación en la partitura y su interpretación en un escenario?
“Las musas no te visitan a las tres de la mañana; la música no deja de ser un acto creativo que hay que cultivar. Desde el conocimiento y también poseyendo las herramientas necesarias. Son muchas horas sentado delante del piano o ante el ordenador, probando ideas y acordes, desarrollando melodías… Ese ensayo y error, como los bocetos de un cuadro, da como resultado una obra. Y cuando trabajas por encargo, tienes que palpar su sentido, cuál es el propósito de esa música… Ya eso te marca unos límites. De manera que son muchas horas de trabajo, con ideas que van y que vienen. Algunas nunca ven la luz; otras, si lo hacen, quizás sea dentro de 10 o 20 años, desarrolladas de otra manera. When the stars stop shining, que son ocho minutos de música, tardé casi dos meses en componerla. También es cierto que en ocasiones, por cansancio, por estrés, tienes la mente vacía. Frente a eso, la experiencia me dice que es mucho más inspiradora una ducha caliente que una visita de las musas en medio del sueño. Algo que nunca me ocurre [ríe]”.

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