por qué no me callo

La batalla de Harvard: si Juan Marichal levantara la cabeza

Si alguien albergaba dudas en Canarias, en España y en Europa de lo que estaba en juego si llegaba Trump a La Casa Blanca, hemos tenido suerte. El tahúr ha mostrado sus cartas desde el primer día, y los ingenuos adeptos que aplaudían con las orejas su vuelta al poder ya pueden quitarse la venda de los ojos.

De todas las histerias de Trump en tan solo cuatro meses, la de acabar con la Universidad de Harvard se lleva la palma: es la prueba de que piensa acabar, en realidad, con EE.UU.

Tuvimos con orgullo a un paisano en Harvard, Juan Marichal (1922-2010), chicharrero, que dio clases de Estudios Hispánicos en la universidad más célebre del mundo durante 40 años. Si aquel tímido y sabio antifranquista, exiliado por la guerra civil, levantara hoy la cabeza y comprobara el asedio de La Casa Blanca a la que fue su casa, no entendería un carajo esta involución que arrastra a la veterana democracia al abismo de la Historia.

Este es un golpe simbólico al corazón de las libertades del país de Walt Whitman (“donde el pueblo se rebela unánime contra la audacia ilimitada de sus elegidos”, escribió el poeta sin prever semejante ocaso). Trump le declara la guerra a la ciencia y a todo lo que huela a cultura progresista, empeñado en entorpecer a su país y asegurarse un electorado incompetente a su medida. El asedio a Harvard prohibiéndole (de momento, sin éxito por la acción de la justicia) tener alumnos extranjeros no es sino aplicar la misma receta que contra los migrantes. No en balde les amenaza con deportarlos si no se van.

La ojeriza con Harvard es la misma que con la diversidad, la equidad y la inclusión, derechos recién abolidos en todas las agencias federales, con una inusual pasividad en la calle. Hasta cuándo durará esta narcolepsia social es una incógnita, mientras el caudillo da vueltas de tuerca a su autoritarismo.

La Universidad de Harvard es el gallardete de una nación líder históricamente en investigación científica. Como si fuera la España de Franco, ya se habla de una fuga de talentos. Trump lo celebra porque cree que así se desquita del voto woke, el sustrato de izquierda, y fomenta el percentil de los que no llegan a la universidad (más de la mitad de su electorado cumple ese rol).

Pero, con esta cirugía de país, visto en el espejo, lo que resulta ya no sería EE.UU., sino Corea del Norte o algo por el estilo. Es hacer que la fábrica de dictaduras latinoamericanas de los 60 y 70 caiga en su propia trampa. Este cerco a Harvard es por lo que representa, un templo de sabiduría y libertad. No le nombren esas palabras a Trump. Si EE.UU cae en el ranking de la inteligencia, no es su problema, tampoco que las bolsas cayeran por meter la gamba con los aranceles.

Ojo que Ayuso no le va a la zaga en su cruzada contra las universidades públicas de prestigio en Madrid, por considerarlas un “nido de rojos”. Harvard, siendo privada, pero con fuerte financiación pública, es temida con aquel rejo macartista de ver rojos por todas partes. Kamala Harris era preferida entre su estudiantado y el campus se rebeló contra la masacre israelí en Gaza. ¿Qué más quieren? Ardiendo en fiebre, el presidente mandó a su secretaria de Seguridad Nacional a pedir los datos de los alumnos que se manifestaron a favor de Palestina, como si Joseph McCarthy, el obseso cazacomunistas de mediados del siglo pasado, volviera a las andadas, ahora bajo la sospecha oficial de colaboracionismo con el Partido Comunista Chino.

Por disputarse la sede de una universidad hubo grandes manifestaciones en Canarias en los años 80. Ahora, en EE.UU., un gobierno se bate el cobre por cargarse nada menos que la Universidad de Harvard. Dos mundos.

Don Juan Marichal era un profesor latino que adoraba aquel país. Pero, siendo liberal y refractario a las dictaduras, hoy habría figurado en las listas negras que ya elabora el Gobierno.

Alan Garber, rector de esta universidad-Estado, cuyos fondos superan el PIB de un centenar de países, planta cara en los tribunales al presidente que pisotea la Constitución, en defensa de los programas de intercambio que dan acceso a alumnos extranjeros. Por eso la de Harvard es una extraña batalla en nombre del mundo contra un cacique zoquete.

Admirador de Reagan, sin embargo, Trump añora más a aquel senador de Wisconsin que inspiró Las brujas de Salem, de Arthur Miller, y que buscaba rojos en Hollywood hasta debajo de las piedras. Ahora la caza de brujas se traslada a las aulas de Harvard y una generación de científicos de todo el país prepara ya las maletas.

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