por qué no me callo

La gallina que César Manrique quiso siempre domesticar

La resurrección de César Manrique es inevitable cuando miles de personas salen a la calle en tromba, como por tercera vez en un año ocurrió este domingo, para rebatir el desarrollismo turístico, que es una enmienda a la totalidad. Manrique era un espolón en los talones de la especulación de la cosa desde mediados del siglo pasado.

Ahora, estamos hablando de la gallina de los huevos de oro, que también tuvo que resucitar tras la pandemia, cuando el turismo cero dejó de ser una hipótesis apocalíptica en medio de una plaga real. Estas y otras manifestaciones, de tarde en tarde, logran secuestrar la atención pública con un contencioso de índole canaria. Cuando ya sabemos que, para tal odisea, se requiere un tema de fondo con carga de profundidad.

Quizá el turismo, con 18 millones de almas al año, sea uno de nuestros pocos reclamos capaces de tener su público en medio de las guerras de Europa y Oriente Próximo y de la política española. De resto, solo el papa Francisco rompió el apagón informativo exterior sobre la Ruta Canaria agitando la compasión por los menores migrantes y la diáspora de los cayucos que hacen escala en las Islas, frente al ojo deshumanizado que nos mira con desprecio y acritud.

Poco más de lo que pasa aquí interesa fuera. Las protestas por los vertidos, la exacerbación del cemento, la demora anacrónica en la ecotasa (que ya la promueven desde Galicia, feudo del PP, hasta Venecia y Europa entera) y el daño a la biodiversidad inquietan porque cuestionan un modelo de negocio que, como todas las burbujas, amenaza con desestabilizar un tinglado económico, por definición, inmovilista.

La vertiente ecológica de estas manifestaciones le entra al establishment turístico por un oído y le sale por el otro, máxime a estas horas en que los profetas conservadores descreen del cambio climático y la conservación del planeta. Pero las consecuencias de no rebobinar hasta Jacques Cousteau y la Declaración de La Laguna (1994) sobre la preservación ambiental para las generaciones futuras (o sea, pensando en los jóvenes de hoy), acaso sea lo más grave que tenemos entre manos. A Greta Thunberg acabaron tomándole el pelo, salvo el último sabio sin complejos, el casi centenario Noam Chomsky, que no olvida a la niña que se plantó en Davos y espetó a los poderosos: “Nos han traicionado”.

Hay pocas banderas con las que hacernos escuchar allende los mares. Estos días, en Madrid, vieron cómo luchan los canarios en la Plaza de Callao, pero lo hacían sobre un terrero con arena palmera de la erupción. Estaba implícito el volcán, ese doble fondo del carácter del isleño, que cuando le sale, resuena. Pasó con las manifestaciones del petróleo (2014) y pasaba cada vez que Manrique explotaba hasta que le hacían caso.

Ahora hay mucha competencia en la disputa por la repercusión mediática, cuando el caos arrasa, y a Canarias le cuesta asomar la cabeza, rivalizar con conflictos sociales, económicos y políticos de altos vuelos. Se dirá que esta es una reivindicación de consumo interno, que basta con que las autoridades regionales reaccionen y tomen medidas. Pero la experiencia nos dice que los popes de la economía y la política en las Islas, el empresariado y los partidos, se mueven si al gallo se le oye en Madrid y Bruselas. Para la vivienda o la ley de residencia, Clavijo está, por algo, todo el día del tingo al tango, del Oso y el Madroño a la capital europea.

La reformulación turística toca todos los palos, es la madre de todas las batallas, el gran asunto transversal canario. Al motor de la economía, en tiempo de vacas gordas, cuando bate todos los récords y aumenta el PIB, no se le cura la elefantiasis con vendas, hay que meter el sector en el quirófano y convocar a una multitud de médicos, porque no se trata de meterlo en vereda. El turismo es la piedra filosofal de este invento que llamamos la Canarias del siglo XXI. Y hay que dar en el clavo, sin margen de error.

Esta es la especialidad de la casa. En teoría, pocos saben más que los canarios de turismo en el mundo. Pero si nos dormimos en los laureles, nos quedamos en la estacada, sin turismo y sin islas. Quién sabe si estas manifestaciones de Canarias tiene un límite han sido el aldabonazo que necesita una industria abocada a morir de éxito. El peligro de hacer oídos sordos es tan grande que da miedo solo con pensarlo.