¿En qué momento se jodió la conversación, el género oral por excelencia? Es innegable que esta moda de grabar a escondidas las reuniones se ha vuelto un arma arrojadiza muy útil en la guerra sucia con fines políticos.
Pero me temo que ha dejado malherido el inocente encuentro de toda la vida entre amigos que quedan para confesarse los secretos o simplemente hablar. A riesgo de llevarse ahora los secretos a la tumba.
Al audio cotidiano de la vida privada no se le ha dado toda la importancia incisiva que tiene como artilugio de violencia. El arma de fuego, el arma blanca y el audio. No requiere la autorización judicial de los pinchazos telefónicos en el contexto de cualquier investigación. Es terriblemente efectivo y su valor probatorio no es escaso, aunque sí está condicionado. Abrirse confidencialmente a un amigo es un arma de doble filo.
Las venganzas, los chantajes y las extorsiones sentimentales o económicas tienen ahí un aliado orwelliano inestimable. La psicosis de que hablo anularía todo contacto, telefónico o presencial, si se lleva al extremo preservar la intimidad, pues el audio sobrevuela las dos vías. Ofrezco como sugerencia para los más aprensivos el lenguaje de signos con el amigo que se presta a servir de paño de lágrimas en los momentos difíciles. Exige un aprendizaje mutuo, ponerse en la piel de un sordomudo, si no cabe otra que hacer de la necesidad, virtud.
Uno de los proverbios de este culebrón es el adagio reflexivo de José Luis Ábalos al tocar fondo: “Nadie soporta el análisis de su vida privada”. Cosas por el estilo decía Luis Roldán, tras cumplir condena por corrupción. “Mi historia es una gota de verdad en un océano de falsedades”, le dijo a Daniel Ramírez, antes de morir con cáncer y arrepentido.
El audio más cutre hoy es poder. España es adicta al chisme morboso, y el audio in fraganti hace de chorizos estrellas de un reality show. Los medios no sueltan el hueso, los convierten en villanos y héroes, y se cotizan bien. Es tema de apertura, así caigan bombas en Irán. Ya fuimos los últimos mohicanos del Gran Hermano televisivo, lo llevamos en la sangre de país cotilla y conventillero.
Si Feijóo gobernara algún día con permiso de la doble A, se despertaría preguntando por el audio de la mañana y Aznar y Ayuso se frotarían las manos.
Antes de lo de las mesalinas de Ábalos, en Canarias tuvimos un anticipo con el Tito Berni y el caso Mediador. Había chicas y farlopa, fotos en paños menores y trapicheo de comisiones con empresarios fraudulentos y hasta había un general retirado de un cuerpo de seguridad. La traca estaba en un teléfono móvil.
El que grabó era otro Villarejo con hipertimesia delirante (el síndrome de memoria autobiográfica compulsiva). La jueza se topó con un lodazal de audios insondable y pidió refuerzos. El que la hace, la graba.
Durante semanas, en Tenerife, el Mediador se enseñoreaba en actos públicos, daba ruedas de prensa, cobraba por entrevistas y algunos medios eran todo oídos. Hasta que el primer periodista dio media vuelta y el hombre grabadora se quedó huérfano, sin micrófono.
En Perú, Vladimiro Montesinos, jefe de inteligencia de Fujimori, grababa a sus corruptos cogiendo el sobre con cámaras ocultas. Era un obseso de sus vladivídeos repartiendo dinero a empresarios y políticos a cambio de favores bochornosos
España entera hoy es presa de un eclipse de información. Tirar de la manta, la veta de este oficio, choca con el deber periodístico de contar las guerras, que van de menos a más. Pero está costando cambiar de registro, bajar del balcón a Cerdán, no sea que Sánchez no caiga –no cae esa breva, maldicen-. Y todo eso ya pasó aquí. Aldama imita al Mediador y se planta en la rueda de prensa de Leire Díez, se repiten los forcejeos y las cajas destempladas.
Donald Tusk, primer ministro polaco, suele contar la anécdota de su infancia: una foto familiar con gente sonriendo y feliz en una playa del Báltico, cuando, pocas horas después, estallaría la II Guerra Mundial. España, absorta en su foto, y el mundo, afuera, yace.
A Vargas Llosa le aturdía la pregunta, “¿cuándo se había jodido el Perú?”, en boca de Santiago Zavala, su alter ego, desde el comienzo de Conversación en La Catedral. Ahora nadie se fía ya de nadie, porque sabe que el menos pensado puede estar grabando.
Así que mejor punto en boca. Se jodió la conversación, como diría Zavalita.
