Hace más de 40 años que Canarias goza de plena autonomía tras cinco siglos de la Conquista castellana y la dependencia de Madrid. Antes de eso era un sitio privilegiado o maldito, según se mire, por el hecho de ser considerado el fin del mundo.
Galones mitológicos al margen, había cierta mala propaganda en ser el último mojón, por si tras el telón de las Islas fuera verdad que se encontraban las aguas tenebrosas, el abismo de los seres monstruosos donde los mapas se acababan. Este miércoles, volcó trágicamente un cayuco en El Hierro, la isla más occidental del mundo conocido cuando Ptolomeo fijó en ella el Meridiano Cero.
El Día de Canarias, celebrado este viernes 30 de mayo, fecha fundacional de la autonomía, quedó marcado por ese naufragio que se cobró siete vidas en La Restinga. Pero la guerra política contra los menores, como las otras guerras actuales, tampoco conoce la paz. El presidente Clavijo habló en el Auditorio Alfredo Kraus de la “impotencia” de ver morir a esos niños mientras los menores son utilizados en Madrid “como un argumento de ataque político”.
Cuando esa espiral de desafectos hacia los niños africanos tutelados por Canarias apenas había comenzado, el vicepresidente Domínguez, líder del PP canario, reprendió a los suyos por rechazar a los migrantes desde la distante Península, pues él los había visto llegar y, a su juicio, bastaba con eso para compadecerse.
Esta semana, tras días sin cayucos, todos los focos apuntaban a El Hierro. Vendrían los eurodiputados a inspeccionar los centros de acogida en la isla, y también la ministra Sira Rego (Infancia y Juventud), cuyo rostro, junto a los de Torres y Clavijo, se asocia al famoso decreto ley. El del cuento de nunca acabar en el Congreso, sin el que los menores no podrían salir de Canarias hacia el resto de España.
Era la semana de El Hierro y ese día Clavijo se desplazó a la isla cumpliendo con todas las previsiones. ¿Por qué el miércoles sería un día tan señalado? En la comisión sectorial de menores se daría a conocer en Madrid el listado de las plazas de acogida, con el no por delante de las autonomías del PP. En Génova, no en la Liguria italiana, sino en la esquina de Chamberí, se miró siempre para otro lado, sin poder sostenerle la mirada a El Hierro. Ni siquiera este miércoles, cuando el cayuco que llegó de Guinea Conakry, a dos mil kilómetros de distancia, volcó a tres metros del muelle, en esa calle de la sede del primer partido de la oposición nadie hizo una pausa y leyó lo que estaba pasando, con las cámaras de televisión en directo. La desgracia esperaba a que llegara ese día, y la vio todo el mundo.
En Guinea Conakry -de entre ese ramillete de países emisores de cayucos- hay dos cosas que abundan: los golpes de Estado y los minerales (bauxita, diamantes, oro y aluminio), estos últimos tan de moda en el nuevo perfil de los conflictos devenidos en negocios. Un cayuco a rebosar de migrantes, con 150 de los catorce millones de guineanos, incrementó en La Restinga la cifra global de muertos de la Ruta Canaria, con dos niñas de cinco años, una menor de 16 y cuatro mujeres adultas.
De nuevo, en España hay quienes tienen motivos para bajar la mirada. Sea por los niños de Gaza o por los niños de El Hierro. En los mapas está la verdad de las mentiras. Guinea Conakry, tan lejos y tan cerca, y Oriente Próximo, otro tanto. Nadie que no tenga sentimientos podrá entenderlo.
Ahora se ha sabido que el número de plazas de acogida de Madrid y Andalucía -que por su tamaño deberían dar ejemplo- no es de fiar y que Canarias por si sola multiplica su capacidad por siete. En la sesión sectorial que aireó esas vergüenzas insolidarias, a los representantes canarios les incomodó la “insensibilidad” de “algunas comunidades” cuando, en medio de la reunión, se conoció la tragedia de El Hierro.
En julio de 2024, Feijóo, un día antes de votar en contra de la llave para derivar a los menores -la reforma de la Ley de Extranjería-, reunió en un hotel de Madrid a la Junta Directiva Nacional de su partido y vinculó, como nunca antes, la inmigración con la seguridad: “Los españoles tienen derecho a salir tranquilamente a la calle”. Casi un año después, por fin, esa norma salió adelante con los votos de Junts, y, simbólicamente, se plasmó en el abrazo de Torres y Clavijo a las puertas del Congreso.
La batalla de Génova no cesa, y se traslada al Constitucional contra una ley que ataca al corazón de la política migratoria del Gobierno de las islas y que, por tanto, involucra a sus propios recurrentes.
Un cumpleaños luctuoso. Las imágenes del drama de La Restinga no obrarán el milagro del consenso humanitario. Pero este Día de Canarias lleva ya impreso el recuerdo de quienes acaban de morir en la orilla.

