Terminó en La Haya la madre de las cumbres difíciles de la OTAN y las cosas han salido, más o menos, como era de prever, incluida la iracunda y maleducada amenaza de Trump a España por no decir amén a sus imposiciones. Los países aliados de este lado del Atlántico asumen que es necesario aumentar el gasto en defensa, ahora para la OTAN y pasado mañana para que sea viable la autonomía europea en materia de seguridad. Regalan el oído a Trump con el 5% del PIB y lo fían a un calendario a 10 años vista. La cifra mágica la defendió por boca de ganso el secretario general de la OTAN, el neerlandés Mark Rutte, orgulloso de “pagar a lo grande”. Para secuencia de “Una noche en la Opera” bastaría con añadir “y dos huevos duros (…) que sean tres”. Necesitado de cartas, Pedro Sánchez aprovechó que se ha afinado poco en la memoria de capacidades y en la valoración de la cobertura de objetivos, para sacar pecho ante sus socios y declamar que España no aplicará el 5%. En los días previos se pasó de frenada en el tono y casi se sale de pista. A otros países también se les hace un mundo el 5%, pero se han puesto de perfil y dejado solo a Sánchez. Cuando Trump regresó a Washington, la maquinaria OTAN retomó su trabajo discreto, consciente de que debe actuar con su probada flexibilidad para encajar la posición de España y también la de otros socios, ayer silentes, que se encuentran en parecida situación. Trump aprieta hasta donde aguanta el contrario. A él le gustaría una Europa diferente, dividida y sumisa, sin ese invento de la UE “que se creó para joder a América”. Su hoja de ruta es sencilla. Reducir la contribución estadounidense, subir la aportación de los demás países, que mantengan las compras en EE.UU., que Europa se encargue de la seguridad en el Mediterráneo, de contener a Putin en las actuales fronteras y, por supuesto, que participe, que para eso somos socios, en las aventuras que él decida emprender en otros lugares del mundo, especialmente en el Pacífico y Asia. En la Cumbre se habló sobre todo de dinero, que es la religión del inquilino de la Casa Blanca. El sistema aliado de defensa se ha basado hasta ahora en una importante inversión de EE.UU., muy superior a la de los demás países, pero también en un generoso retorno para su complejo industrial militar, al que la OTAN le compra alrededor del 66% del material de guerra. No parece que haya sido un mal negocio. Fiel a la caricatura de sí mismo, Trump ha dicho una cosa y la contraria: que los aliados pueden contar con EE.UU. para su seguridad y también que el mecanismo automático del articulo 5 del Tratado (defensa mutua) hay que interpretarlo, se supone que poniéndolo en relación con la aportación financiera de los países miembros, algo que en vísperas de la Cumbre había adelantado el secretario de Estado, Marco Rubio: “la protección trasatlántica no es gratuita”. Una expresión que recuerda a las organizaciones que ofrecen “seguridad” a los comerciantes del barrio. El “pacificador” Trump (menuda broma) que lanza catorce bombas de 13,6 toneladas contra Irán, no es de fiar, ni tiene palabra, pero cuenta ahora con un impagable colaborador, el secretario general de la Alianza, que acepta con elogios el 5% y “compra” el hit The burder sharing, (reparto de cargas) que EE.UU. interpreta siempre en la Cumbre anual. Lo hacía hace 40 años el presidente Reagan en aquellos tiempos de la fantasmada de la “guerra de las galaxias”, que quedó en nada, y lo han repetido todos sus sucesores. Como el salto al 5% es olímpico, el obsequioso Rutte lo ha dividido en dos paquetes, uno del 3,5% para equipamiento militar puro y duro (lo que Trump quiere asegurar en ventas de la industria de EE.UU.), y el otro, del 1,5%, para infraestructuras y otros gastos ligados a la seguridad y defensa. Que la Cumbre haya terminado sin más sobresaltos que la extemporánea amenaza de Trump a España, no significa que se hayan reconstruido y consolidado los puentes de la cooperación transatlántica. Se ha acordado incrementar el gasto, como Trump y Rutte querían, un gran éxito de EE.UU. según el primero, que los socios europeos consideran entrenamiento para preparar su propia arquitectura de seguridad. Y dentro de 10 años todos calvos.
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