La gran diferencia con mi juventud, ahora mismo, es la proliferación digital de mundos paralelos y el salto cualitativo del ChatGPT. Ahora sí que el mundo es un pañuelo, la metáfora que entonces repetían los mayores y que se ha hecho realidad.
Por esa virulencia de las redes, el TikTok y los videojuegos distractivos, es una osadía pretender que los jóvenes de hoy tengan las inclinaciones políticas de mi época, que quieran hacer revoluciones y soñar con utopías a la sombra de Marcuse. En el marco de su pantalla y su chatbot tienen a mano ese mundo virtual que nosotros ni olíamos, y los temas musicales ya no duran tres minutos, dudo que hayan escuchado alguna vez la canción del perenquén.
Yo me había empeñado en que Los Sabandeños rescataran del olvido de su prolija obra ese pequeño himno al paisano lacertilio que también llegó a estas costas como un migrante africano (“corre, lagarto, corre,/corre, lagarto…/duerme, lagarto, duerme/en los barrancos./El hombre de las cuevas/fue tu vecino, ¡perenquén…!/Para ti no hay señores/ni mercaderes, ¡perenquén…!/Siempre duerme la siesta/entre las piedras, ¡perenquén!/No hay otro bicho libre/sobre mi tierra, ¡perenquén!/Huye, lagarto, huye,/huye, lagarto,/no te saquen las tripas/de un balinazo, ¡perenquén!).
Aquel tema que rinde homenaje a un endemismo sociopolítico de la infancia, que algunos, sin contemplaciones, mandaban para el otro barrio con la escopeta de balines, y otros, ya adolescentes, le cubríamos las espaldas como parte de una militancia, había aparecido en el disco de San Borondón y, como el islote legendario, con la misma había desaparecido del repertorio del grupo. O, al menos, yo no lo solía escuchar y lo echaba de menos, para una vez que el perenquén tenía una medalla que ponerse. Recuerdo que reivindicaba esa canción con verdadero proselitismo.
La he considerado siempre una de las piezas sabandeñas más pegadizas, que el coro canta in crescendo como invocando una camaradería en pro del “bicho más libre”, pero también más expuesto. Como una alegoría del guanche que pasó lo suyo en la Conquista y del canario actual que no sabe que será de él el día de mañana, resignado a que sea lo que Dios quiera.
Fue el director general de Los Sabandeños, Elfidio Esteban Alonso Palazón, hijo del fundador, quien me dio la noticia de que el perenquén será exhumado como se merece y figurará en un próximo disco con las veinte mejores composiciones del grupo lagunero, después de un homenaje discográfico este verano al patriarca Elfidio, que es también el padre de ese lagarto musical. El soplo me lo dio regresando de La Orotava de recibir Los Sabandeños el Gánigo de honor de los Encuentros en la Bodega del colectivo cultural orotavense, que preside Felipe Hernández.
Estamos en plena efervescencia de los decanos de Sabanda, que cumplen 60 años (con Columbia y, sobre todo, con Manzana) desde que pasaron de ser La Parranda de don Luis a Los Sabandeños, previo bautizo en la célebre finca de don José Peraza de Ayala. Sesenta tacos que han vivido entre pecho y espalda, haciendo todas las travesías y travesuras culturales y políticas, las literarias, las periodísticas y las cuasi clandestinas de Elfidio Alonso, que capitaneaba el grupo con Enrique Martín mientras burlaba el franquismo desde las páginas de EL DÍA de Ernesto Salcedo. Aquella conmoción que supuso la sabandeñomanía en los 60 no era cosa vista por estos lares, con Dacio, El Minuto, El Orejas, El Calzones, los Bacallado… y el gran Julio Fajardo, brillante y superviviente de la primera saga, y con Mena y los ausentes posteriores como Boro Ortega.
Ahora se dice pronto Los Sabandeños. Pero recuerdo los sobresaltos de ese viaje entre siglos, que contamos mi hermano Martín y yo en Los Sabandeños. El canto de las Afortunadas (El País Aguilar). Fuimos testigos con Zenaido Hernández para Radio Club de la consagración del grupo en el festival de Cosquín (Córdoba, Argentina), la catedral de la canción latinoamericana (así me dijo Facundo Cabral entre bambalinas), adonde llegamos penosamente por carretera tras una huelga de aviones. Y el recibimiento del presentador, Julio Marvin, “vienen nuestros hermanos de las islas de Canarias…”, prometía una noche apoteósica.
No podemos pedir a la nueva juventud, que se desayuna con la inteligencia artificial, que canten al perenquén con la rebeldía de mis años mozos, cuando hacíamos la reverencia al guanche, y Los Sabandeños -hace 50 años- estrenaban en el Guimerá La Cantata del Mencey Loco, para cabreo del gobernador Fraile Poujade, que se largó a espetaperros, disconforme con un público fervoroso. Pero quizá nos llevaríamos una sorpresa si Los Sabandeños grabasen el tema con Bizarrap.
