tribuna

Dos minutos de autoestima

Cuando hay mucho ruido y odio como ahora, debemos preguntarnos por qué. El show de Truman nos distrae de esa manera, discutiendo con rabia en las redes sociales, en la calle y en el Parlamento, porque así somos manejables y borregos. Pero, en breve, no hará falta tanto jaleo. La inteligencia artificial (IA) se bastará por sí sola, imperativa y unánime.


Cada día me repito lo mismo, viendo las fotos de calderos y niños en Gaza. ¿Cómo es posible que hayamos llegado tan bajo, sin periscopio, sin una mínima sensibilidad humana? ¿Qué medalla se pone Occidente con matar de hambre y a tiros a los niños que piden comida en esa guerra? He leído que Trump envía cartas conminatorias a los niños migrantes. “¡Váyanse de mi país!”, les intimida. Algo muy parecido se les ha dicho en España a los niños no acompañados de Canarias.


Hay mucha improvisación en este odio actual. Mientras se persigue a migrantes de África y Latinoamérica en Europa y EE.UU. por racismo disfrazado de temor a la pérdida de empleos, es un secreto a voces que, en pocos años, la IA arramblará con la mayor parte de los trabajos humanos (quizá escapen los fontaneros). Y ese sí sería el gran reemplazo, frente a la teoría conspirativa de que la inmigración africana y musulmana sustituirá a la población cristiana y blanca. El último grito tecnológico obligará a cambiar todos los argumentarios que hoy dan votos a las fuerzas más conservadoras en el mundo.


La IA jubilará al ser humano. Y no se vislumbra la manera de impedirlo. Los artesanos textiles ingleses de hace dos siglos destruían los telares industriales para preservar sus trabajos. ¡Adoraban a un exterminador de máquinas imaginario, el rey Ludd! ¡Quién vería a Trump deportando a los androides de Elon Musk! ¡A Feijóo y Abascal acusando a los autómatas de inseguridad ciudadana! Siempre hubo ofuscados, idólatras y luditas.
Pero antes de esa inminente distopía, la gente se deja manipular. Cada vez somos más vulnerables en manos del algoritmo, que decide el voto por su cuenta. Ya no elegimos como antes, libremente.


La sociedad no es pasiva y fanática por casualidad. Se ha rendido a la desinformación. Son los sesgos, los prejuicios, los mimetismos y la violencia verbal y física los nuevos fundamentos.


Ahora que el sentido crítico va proa al marisco, vienen curvas. Veo a Ana Botín en las redes, se presenta como presidenta del Banco Santander y ofrece pingües beneficios a sus clientes, como si tuviera el don del rey Midas, por una módica aportación de dinero. Apesta a una estafa piramidal, pero la dama que habla es Ana Botín en persona, o no. Picarán muchos ingenuos. Y, en efecto, es un fraude, una cruel inocentada artificial.


El cuentakilómetros del desastre va a toda pastilla. ¡A qué velocidad nos estamos imbecilizando! Francesc Torralba, en Un mundo sin pausa, propone desacelerar la vida, volver a pasear, jugar, meditar, conversar, prácticas que el sistema considera inútiles pérdidas de tiempo incompatibles con el mantra de producir y consumir sin tregua, a costa de una espiral de estrés, advierte el filósofo y pedagogo catalán. Lo procedente, como decía Rosa Regás, es “comprar tiempo”.


Sí, la gente muerde el anzuelo. Hemos vuelto a morder la manzana (¿quién dijo “me gusta la fruta” escondiendo que dijo “hijo de puta”?). En la jungla nacional se habla del bulo. Trump, su adalid, se desternilla en el Despacho Oval viendo cómo detienen con esposas a su lado a un ficticio Barack Obama y lo enjaulan entre rejas. Todo irreal. Pero el presidente colgó ese montaje de IA en su cuenta de Truth Social. Y eso sí es real.


Lo “real maravilloso”, en boca de Trump, plagiando a Alejo Carpentier, de cuando la fantasía no disputaba el trono a la realidad.


He visto una intervención que conmueve y conmociona. Geoffrey Hinton, Nobel de Física el año pasado, padrino de la inteligencia artificial, de 77 años, viene de dimitir de Google temiendo por su familia ante lo que adivina que nos espera con la tecnología que ayudó a traer al mundo. Tendrá conciencia y podrá hacer con los humanos lo que le venga en gana.

Aconseja depositar los ahorros en tres bancos, por si uno de ellos desaparece a manos de la susodicha. Y adelanta que las armas autónomas letales (el robot sicario que se basta con una foto para eliminar a cualquiera por encargo) ya está disponible en el mercado.


Bastaría con un par de minutos al día de parada de reloj para hacernos las preguntas pertinentes, qué pintamos aquí, a qué hemos venido y qué podemos hacer por nosotros antes de que, entre unos y otros, todo se vaya al carajo. Porque estoy convencido de que esto todavía tiene arreglo.