En los entornos subyacen historias y personajes. El Hotel Parque ya no existe, pero algo de él me lleva por los ramajes. Quizá porque cerca está el Parque que lo denominó, y como es adentro es afuera, decía la tabla esmeralda.
Hay un Santa Cruz antecesor que se va escondiendo. Continuamente, una ciudad emerge sobre otra, y las fotos, que no olvidan, muestran ese hotel con el nombre escrito a mano en su fachada gigante. Para saber del antiguo Santa Cruz hay que leer a Francisco Martínez Viera.
Esa foto me activó la imagen de don Domingo Pérez Minik sin venir a cuento, aunque es plausible suponerlo visitando en el hotel a los huéspedes de su cuerda. Así que me ha visitado el fantasma de don Domingo a partir de la foto de otro fantasma, un edificio que ya no existe y donde se alza un hospital del mismo nombre. Paso a diario por esa esquina de Méndez Núñez con Numancia, donde, en su etapa como hotel, era un lugar neurálgico. Mi sensación es que las vivencias que allí acaecieron no se dejaron borrar y asoman cuando vamos de paso por esa acera.
Así que don Domingo está allí. Como enfrente está el Parque García Sanabria, el pulmón de Santa Cruz, cuya naturaleza profiláctica predestinaba al hotel a esa segunda vida hospitalaria.
Nos atraía del Hotel Parque aquella entrada y salida de viajeros, como gustaba decir de la isla a don Domingo en uno de sus libros con ese título sobre turistas ilustres, como Bertrand Russel, Sartoris…, Aleixandre. Necesitaba hablar con el de fuera, por una razón ontológica, que desmenuzó en la condición humana del insular. “El hombre de las islas necesita siempre de los otros para evidenciar su historia…,” escribió en aquel ensayo definitivo. Minik era muy vecino de las inmediaciones periféricas del Parque. Esa es una de las causas de este acto reflejo de que flote en la foto de un hotel.
Caminaba con agrado por la Rambla desde su casa de General Goded (que hoy se llama como él) y con la mímica de su andar inconfundible se dejaba ir hasta la orilla de este bosque en mitad de Santa Cruz.
Con seguridad, merodeaba el Parque a la altura de las tinajas bajo los flamboyanes que enrojecían la pérgola. Y solíamos verlo, hace medio siglo, mientras colocaban las esculturas en la calle, porque no les quitaba ojo. Lo imagino parado en el Kiosco Numancia, cruzar la calle y bajar por el paseo central, que hoy lleva su nombre, saludando con la vista a las palmeras y al aligustre del Gabón, hasta detenerse y contemplar la maternidad exuberante de Borges en la fuente. Una vez, mirando al mar, exclamó: “Hay que joderse”.
Pasa a diario mucha gente por esa arteria del Parque que se llama como don Domingo, crítico literario y artístico. No hace mucho, me encontré allí con Ángel Luis de la Cruz, en vísperas de Arco, porque tiene la galería Leyendecker muy cerca, que ya es la más antigua de la feria de Madrid desde que se jubiló Juana de Aizpuru. Mientras hablábamos de arte nos escuchaba don Domingo en el rótulo del céntrico paseo, no muy distante de un coqueto bulevar dedicado a Bonnín.
He visto estos días las fotos de Minik recibiendo el doctorado honoris causa de La Laguna junto a José Carlos Alberto Bethencourt, el rector que hizo justicia.
El Parque estaba a gusto entre dos hoteles, el de su mismo nombre y el Mencey. Ningún viajero hospedado en sus hoteles colindantes se le pasaba por alto al Parque ni a don Domingo, si se trataba de un artista. Cuando se enteraba de alguno, nos llamaba con generosa diligencia, pasábamos por su casa, nos daba instrucciones sobre el huésped, y mi hermano Martín y yo lo entrevistábamos sobre la marcha. A él le hacía ilusión ver las cosas publicadas en la prensa. Era un amante de periódicos. Y siempre daba ánimos, como un entrenador de fútbol, habiendo sido comentarista deportivo.
Cuando en el hotel Parque entrevistamos a Atahualpa Yupanqui, pasó algo inesperado, nos hizo un desaire tras una pregunta y nos levantamos para irnos, pero rogó que nos sentáramos. Entonces, rompió a llorar y nos contó la infancia humilde, triste, traumáticamente tímida que había tenido.
En el mismo hotel entrevistamos a Paco de Lucía, lleno de vida, cuando estaba en la nube del éxito de Entre dos aguas y le criticaban los puristas por innovar con la guitarra, pero era tímido como Yupanqui y más modesto de la cuenta, creía que no estaba a la altura, aquel Picasso del flamenco. Como dijo Carlos Santana, este sábado, al iniciar una gira en España: “Vengo a traer, como Paco de Lucía, la luz en mis notas”.
