por qué no me callo

El amor al guanche de Hupalupa

La nación de Hupalupa (Hermógenes Afonso) era Canarias, como tantos poetas románticos adoptan la suya y no pasa nada. Nicolás Estévanez se otorgó la “dulce, fresca, inolvidable sombra” de un almendro. Debería existir el derecho a elegir las patrias sentimentales.

Que sepamos, Hermógenes no puso nunca una bomba, no mató ni hirió a nadie en su etapa clandestina del MPAIAC, antes de participar democráticamente en UPC y Frepic Awañac. Se consagró al guanche en cuerpo y alma y se propuso que fuera indultado por la historia oficial, cuando en los libros de texto no aparecía ni por asomo. El guanche estaba preterido, y el delito de Hupalupa fue traerlo a colación.

Hace cincuenta años, eso era un acto subversivo, como hicieran los atrevidos Sabandeños al estrenar la Cantata del Mencey Loco en el Guimerá en 1975, el año de la muerte de Franco. La misma osadía que tuvieron los padres de Natura y Cultura de las Islas Canarias, que lideraba el catedrático de Psicología de la ULL Pedro Hernández-Guanir. Al guanche proscrito se le temía, por si se le ocurría volver. Y no sabíamos que ya estaba en el ADN, como ha repetido tantas veces Francisco García-Talavera, nuestro polímata de cabecera.

Hablar de Hermógenes Afonso (Hupalupa), a punto de cumplir 30 años de su muerte, es hacerlo por partida doble, supone hablar del guanche y de su incondicional valedor. Aquel niño grande que se hacía querer y que quienes le conocimos de cerca le seguimos queriendo mucho. Los idealistas no parecen de este mundo hasta que conocemos a uno. Son soñadores tenaces dispuestos a quebrar su patrimonio costeando los mitos más caros. Hermógenes murió a los 50 años, después de caer preso, levantarse y sufrir saqueo y persecución hasta por error, cuando ya la ruina económica y anímica se lo estaba llevando por delante.

Esa clase de aventuras personales, la de darlo todo por amor a una cultura ancestral, no tiene cabida en todos los tiempos. Ahora mismo parecería una locura quijotesca. Se volvería tan inaudito el caso de aquel Subcomandante Marcos, el filósofo guerrillero que en los 90 se alzó con un pasamontañas en Chiapas (México), en defensa de las comunidades indígenas. Y de esa clase de mítica estaba hecha la vida de Hermógenes, que trascendió a la opinión pública en los años más insurgentes que se recuerdan en las Islas en la segunda mitad del siglo pasado. En los años 70 confluían el antifranquismo y el independentismo en Canarias.

Cuentan que Hermógenes Afonso y Amparo Higueras, la esposa, se decantaron por el guanche a raíz de una conversación informal con un desconocido en el Quiosco de la Paz. A Hermógenes lo cogió por banda la policía de aquellos años grises, y lo encerraron, y parece ser que, aunque se le agrió el carácter por el maltrato, lo primero que hizo fue reanudar el rescate del guanche.

La época era sórdida, nada permisiva con la clase de batallas culturales como la suya, por la que, aunque hoy parezca mentira, le amargaron la existencia. Número uno en su promoción de ingenieros agrícolas, era hijo de Garachico, de un ganadero anarquista que se libró de una condena a muerte en la guerra. Hermógenes tuvo la suerte de tener tres hijos acólitos, Ruymán, Yaiza y Chaxiraxi, y la complicidad de Amparo en algo que tampoco hoy se entendería igual: la defensa de una cultura de hacía quinientos años. Entonces no era un sueño de locos, sino de valientes. Y Hermógenes se adhirió a sabios como Juan Álvarez Delgado, o viajaba como Viera y Clavijo en busca de los orígenes canarios en las bibliotecas de París.

Ahora, acaban de salir a la luz tres episodios con la vida de Hupalaupa, el hijo de Magec. El podcast refresca la memoria del monomito del guanche, la vida de quien se la jugó por abogar en su favor y la sociedad que le tocó vivir: su épica y época. Ahora no es al guanche, sino a Hupalupa al que exhuma con gran acierto la periodista Paola Llinares, al frente de un equipo de profesionales, a instancias de la Fundación Canaria Tamaimos, con ayuda del Cabildo de Gran Canaria (el documental ya está disponible en Ivoox, Spotify y YouTube).

Ahí se ofrece la historia de Hupalupa, el peligroso divulgador histórico, el autor del libro Magos, maúros, mahoreros o amasikes, al que martirizaban por publicar cuadernos con nombres guanches en aquella editorial Benchomo, de Cándido Hernández. Al que asaltaron la Biblioteca de su finca de Barranco Hondo para robarle los gánigos de las Cañadas que iba recolectando, cuando los buscadores de vasijas evitaban los expolios, en colecciones que hoy reposan en el MUNA. Lo detuvieron en el cambio de régimen por el delito de hacer memoria.

Se le debía un acto de desagravio a Hermógenes Afonso (Hupalupa), de cuya bonhomía y altruismo muchos podemos dar fe, como hace en este documental Zenaido Hernández junto a historiadores, arqueólogos y amigos del homenajeado, entre los que me cuento. Hermógenes murió creyendo que, más allá de su familia, nadie más le quería. Y no sabía qué equivocado estaba.