La muerte de la periodista y expresidenta de Nicaragua Violeta Chamorro en Costa Rica me transporta a la América de hace una treintena de años, con epicentro en Venezuela y Carlos Andrés Pérez en el poder. Les cuento una historia.
El Gocho era Carlos Andrés Pérez, un tipo campechano, de trato fácil, hecho a sí mismo, a trompicones universitarios, de formación mundana.
Tuvo éxito y acabó mal (la muerte le esperaba en el exilio, con 88 años). Muerto políticamente, tras ser dos veces presidente, el pueblo lo eligió senador, como en un acto soberbio de desagravio. Parecía dueño del perdón incondicional de sus votantes y conservaba los adeptos como si fueran suyos.
Lo llamaban Gocho, pero le gustaba más que lo llamaran CAP, su acrónimo, porque gocho es el mote despectivo de los venezolanos andinos. En su reaparición electoral en 1988, cuando lo conocí junto a la periodista Maribel Barrera, se decía “el gocho pal 88”, y Gocho se quedó.
Era su retorno a la carrera presidencial y aquella campaña que cubrí como enviado especial de la Cadena SER debía lavarle la imagen en la América profunda, por los lastres del gobierno anterior. Quería dignificarse, ser respetado como Carlos Andrés Pérez, un líder latinoamericano democrático, opositor de la dictadura de Pérez Jiménez y delfín de Rómulo Betancourt, el hijo del Farrobo (La Orotava), pero el pueblo se empeñaba en honrar los pecados de aquel adeco populista por mucho que buscara reparar su vida: “Carlos Andrés roba, pero deja robar”, le halagaban a su manera.
Grité alzando la mano entre una nube de guardaespaldas, en el vestíbulo de Radio Caracas Televisión: “¡Aquí, presidente, soy un periodista canario!”. Y, a lo lejos, sin verme, respondió al oír la palabra canario: “¡Déjenlo pasar”. Esa noche, al filo del cierre de campaña, me dio la exclusiva de la primera entrevista como presidente (pactamos el embargo), frente al copeiano Eduardo Rodríguez, El Tigre. En España, fue portada en Hora25, que dirigía Manuel Antonio Rico.
Me dijo, “dile a Felipe González que no se olvide de este amigo”, cuando eran líderes de la Internacional Socialista. Te costaba imaginarlo como un arquero de sombrero puntiagudo o un personaje de Víctor Hugo, robando y dejando que robaran, según el dicho popular. Preferías creer en su integridad moral, como hizo José Vicente Rangel, con su voto. Porque a El Gocho le perseguía el caso Sierra Nevada, el buque frigorífico polémico por el que pagó un sobreprecio en su primer gobierno.
Diez años después del escándalo, aterricé por la tarde aquella vez en Caracas. Y fui, contrarreloj, en busca del candidato favorito, El Gocho, que había sido el presidente de la Venezuela saudita (1974-1979), cuando la bonanza petrolera hizo correr ríos de petrodólares, con la consiguiente corrupción.
En ese viaje de finales de los 80, el periodista y exdiputado Rangel no se me mostró arrepentido de haber salvado a Carlos Andrés con su voto en el Congreso diez años antes. Y diez años después, fue la mano derecha de Hugo Chávez, uno de los golpistas que quisieron tumbar a CAP tras aquellas elecciones en que lo conocí (hubo Caracazo y golpes de Estado), cuando heredaba un país endeudado hasta las cejas. Eran los últimos días de una Venezuela antes de que otra iniciará su actual travesía.
El taxista puso la radio y así supimos que Carlos Andrés estaba en RCTV, donde tuvo la generosidad de dejarme pasar. Después, eufórico por su victoria, me convocó en su despacho en una torre de Caracas. “Tienes que quedarte unos días”, me propuso, “y te daré una exclusiva, algo confidencial”. Pero la espera se alargaba y tuve que regresar a Canarias. Al cabo de unos meses, descubrí cuál era su plan secreto. El nicaragüense Edén Pastora, el Comandante Cero, que había asaltado el Congreso de Managua contra Somoza, hizo escala en Caracas, distanciándose públicamente del gobierno sandinista de Daniel Ortega, en el que era vicepresidente el escritor Sergio Ramírez, hoy exiliado en España. Casi de inmediato, ganó las elecciones Violeta Chamorro, con apoyo de los EE.UU., que acaba de morir con 95 años y me ha llevado hasta el fondo de estos recuerdos.
En aquella América de finales del siglo XX, El Gocho desempeñaba un papel zigzagueante. The New York Times deslizó que era un colaborador de la CIA. Y todo encajaba, Pastora, tras un continuo amor y desamor con Daniel Ortega, lo traicionaba y en las urnas ganaba Chamorro en 1990, al año siguiente de mi viaje. Fin de la revolución. Pero en 2007, Ortega retornó a la presidencia (hasta hoy, con su temida esposa Rosario Murillo, de infinito poder) y nombró a Pastora para un alto cargo. Si el sinuoso Comandante Cero era, en realidad, un perro faldero de Ortega que engañó al presidente de Venezuela, aquella vez, por los pelos, me escapé de dar un bulo en lugar de un scoop. Fin de la historia.
