El guadiana Pablo Casado reapareció en el último pleno del Congreso, y no es un latiguillo que haga feliz a Feijóo, porque le convierte en un sucedáneo y le abarata. Luego está la famosa foto del narco, que le trae a mal traer.
Como Feijóo se resistía a liderar el PP, ya sin Rajoy, en 2018, se especuló con que la causa eran las fotos que en mala hora publicara El País, donde él posa al timón del yate de Marcial Dorado, al lado del narco gallego, ambos bronceándose, en el verano del 95, en la ría de Vigo. Una larga amistad en los 90 y principios de los 2000 que le pasó factura política, y durante la cual viajaron alguna vez a Tenerife. No optó a la sucesión y salió elegido Pablo Casado.
Hoy se mezclan en la vida política de Feijóo esa foto y la sombra del exdirigente defenestrado. Existe la posibilidad de que Casado pase a la historia como el presidente del PP que fue ajusticiado por los suyos al atreverse a perseguir la corrupción dentro de su partido. A Feijóo le compete ahora perseguir la presunta corrupción del PSOE, pero se le interponen en el camino la foto con el narcotraficante y el karma de cubrir la vacante del líder descabezado por enfrentar la propia corrupción. Además, Vox se dispara en la última encuesta del CIS y recorta distancias con un PP a la baja (el PSOE cae 7,3 puntos). Feijóo muerde el polvo cuando pensaba dar la estocada a Sánchez.
No le hace ninguna gracia que le estén forjando a Casado una leyenda de político digno y a él de encubridor de la corrupción de Ayuso. Casado, el líder discreto que formaba tándem con García Egea, se volvería así un mártir de la corrupción en el PP.
Es verdad que Feijóo ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, con la de casos pendientes que tiene el PP en los tribunales. Así como Trump bombardea Irán con una mano y con la otra pide el Nobel de la Paz. Le saca de quicio la suarización de Casado. El duque era franquista (secretario general del Movimiento) y pasó a la historia por traer la democracia. Aznar daba el bigote por parecérsele frente a González y Guerra (que lo apodó el ‘tahúr del Misisipí’). Feijóo tuvo la misma tentación el domingo pasado, pero le duró tres días el espíritu centrista que impostó en el congreso de su partido.
Como le duran los relatos. Ahora le dora la píldora a Puigdemont, a riesgo de perder votos por perjurio. Y quiere estar con Dios y con Vox, con el que boicoteó el decreto de menores africanos de Canarias. El listón ha subido: Abascal pretende deportar a ocho millones de migrantes, para que no superen a los españoles (sic). Si se entera del decalaje poblacional de Fuerteventura, la arma.
Alardear de centrista yendo de la mano de Abascal es un oxímoron, una ‘feijoada’. En Estrasburgo, la ultraderecha, con votos de Vox, censuró el jueves a Von der Leyen sin éxito. La policía registró, con armas y chalecos antibalas (por un asunto de financiación ilegal), la sede parisina del partido de Le Pen, miembro de Patriotas, la coalición europea de Orbán que preside Abascal. Le Pen, apeada de la carrera presidencial en Francia, sufre el azote judicial por corrupción… Pero en España Vox silencia todo esto. Mientras, en Brasil juzgan al ultra Bolsonaro por golpista, y Lula ignora a Trump, que lo amenaza con aranceles si no para la “caza de brujas” contra su protegido. No es España sola, es la política internacional, que está como una chola.
Así que a Pablo Casado se le rehabilita ‘in absentia’ por haber embestido con su lanza los molinos de las comisiones del hermano de la baronesa de Madrid con las mascarillas chinas, sufriendo las consecuencias por culpa del ‘mago Frestón’, como don Quijote. También le dieron un golpe de Estado interno. En 2016, en la antesala de un Foro Premium de DIARIO DE AVISOS, Alberto Ruiz-Gallardón, axalcalde de Madrid y exministro de Justicia, nos confesaba su apuesta por Casado, un político “con trazas de Suárez”.
Contra todo pronóstico, Sánchez sobrevivió al pleno de la corrupción. Obtuvo oxígeno, según un consenso inaudito. Lo que nadie esperaba es que Feijóo saliera tocado. Le mataron la sombra de Casado y la foto del narco.
En el rope a dope (engaño en las cuerdas), Sánchez cogió el tercer aire. Feijóo creía tenerlo grogui, pero al ver que se le volvía a escapar vivo, se quitó el frac de Suárez de Ifema y lanzó el venablo, “¿de qué prostíbulos ha vivido usted?” (lo de las saunas del suegro, lo de Villarejo en 2014, lo de la infame policía patriótica), mientras se arrancaba a tirones la pajarita de UCD, mirando a su bancada, en pie batiendo palmas, menos Borja Sémper, sentado, sin aplaudir, contrito.
En ese momento, Feijóo, en el Congreso, se estaba cargando el congreso de su partido. Metió los pies en el barro y salió del hemiciclo dejando las huellas marcadas en el suelo de mármol.
