tribuna

IA, te la regalo

Estaba leyendo un artículo sobre inteligencia artificial, automatismos, robots y demás artefactos que ahora influyen en nuestras vidas. Incluso dice que las guerras están, en buena parte, en sus manos, que los soldados son sustituidos por androides, que las decisiones estratégicas son adoptadas por cerebros de silicio y de litio, que los drones se dirigen a donde deciden estas máquinas. No sé si esto es el superhombre al que se refería Nietzsche, pero debe andarle cerca. No es que me importe mucho porque, mal que bien, defiendo mi autonomía, pero a veces me siento un bicho raro por no estar lo suficientemente al día en estos asuntos. Dice que un chino se ha casado con un robot que ha creado a su medida. Parece que recibe el cariño prefabricado que le conviene y se encuentra cómodo en la compañía deseada. Hay algo que falta: la discusión, la confrontación que tanto enriquece a la vida en pareja aunque nos quejemos por ello. Si no tienes un compañero o una compañera con la que enfrentar opiniones, lo que realmente pretendes es tener una pared de frontón que te devuelva solícita todo aquello que le propones y esto, aparte de egoísmo, es una posición narcisista condenable por insufrible, y además un soberano aburrimiento. No me gustaría a mí compartir aspectos de mi biología y mi psicología con alguien que fuera la réplica exacta de lo que soy, sometido a mi voluntad y a mi capricho como un esclavo. ¿A dónde se irían la variedad y eso que llaman diversidad; palabras con las que se nos llena la boca para construir la tolerancia? ¿El mundo de los robots sería el de intolerancia cero? En ocasiones es así, y, sin necesidad de inteligencias artificiales, somos colonizados por dogmas, consignas y argumentarios para eliminar la disidencia como si la relación con nuestras convicciones dependiera de una tecnología robótica. Hay un estadio intermedio antes de llegar a esas situaciones ideales, es aquel en que ensayamos con las mascotas para no complicarnos la vida con discusiones inútiles, esperando la respuesta aquiescente de los perros y de los gatos, y hasta de un hámster en el caso más extremo. Yo he tenido una relación temporal con una mosca que revoloteaba alrededor del flexo que está junto a mi ordenador. He escrito diálogos con ella, pero a sabiendas de que no me contesta. Podría haberme decidido por la inteligencia artificial, darme de alta en el chatgpt y fiar los productos de mi creatividad al albur de las máquinas, pero un prurito de vergüenza interior me lo prohíbe. Prefiero seguir montando el caballo de mi vida a pelo, sin ayuda de un talabartero que me fabrique la silla apropiada para que no se me muela demasiado el culo. Les prometo que cada vez me resulta más difícil no someterme a estas cosas de la modernidad. Estoy leyendo el libro de Muñoz Molina sobre el Quijote y me convenzo de que para escribirlo no se precisa inteligencia artificial. Es más, si la usa, no llegaría jamás a componer ese texto. Ahora haré un impase y retomaré Ana Karenina. Soy un idiota, no soy de este tiempo y no llegaré a entender nunca eso que llaman normalidad.