A los que vivimos en este mundo nos justifica el pelear contra el caos. Por eso todos los seres que han existido han apurado semejante faena: separar las partes para que se conozcan, el cielo en su lugar, los ríos en el suyo, las montañas frente a las llanuras, el mar hasta la línea del firmamento, etc. No sirve de excusa que el desconcierto forme parte de la existencia, en tanto lo que resiste son las prolongaciones que verifican el futuro. Y eso lo constatamos por fuerza del equilibrio. Porque si traspapelamos una simple nota trascendente sacada de un libro, fatal; qué decir si perdemos el DNI o el móvil. El orden somete a la condena, es tan irremediable como el aire que respiramos. Difícil es imaginar un archivo desquiciado, una biblioteca desordenada o un puchero sin lo que lleva un puchero. Si así no fuera, el esfuerzo de la subsistencia se convertiría en delirio. Entonces, ¿por qué cada año nos empecinamos en trastocar el universo? Tanto que hay personas que se resisten, hasta ahí podríamos llegar, mejor en casa. Somos sujetos de rutina y tener todo el tiempo del mundo para desperdiciarlo es una barbaridad. Por más, incluso algunas parejas encuentran problemas inesperados en estas fechas. Y si se tiene amante…, penoso. El horario salva las posiciones y eso ayuda. De manera que en verano nada está donde debe de estar. Y como hay turnos, la desgracia es más duradera de lo previsto. O no está porque se fue a la Conchinchina y… Algunos exponen excusas para evaporarse como el agua en el desierto. Y eso no es solo triste, eso clava un hueco en el alma que a veces desconcierta. Cierto año nos echó en cara el desatino nuestro hijo pequeño. ¡Qué coñazos! Y tenía razón. Por lo general ni su madre ni yo tenemos demasiado tiempo para seguirlo en todos los minutos de su vida. La excepción, el verano. Incluso que nos mudemos por quince días a Finlandia, Noruega y… El discurso que actualiza con sus amigos ahora no tiene destinatario; no están, se han ido, marcharon de vacaciones a… Nuestras pláticas indescifrables son las que oyen sus oídos; y los modos, actitudes, manejos y juegos suyos nosotros no los entendemos. Además, sus manejos con el ordenador nos producen un miedo aterrador. No se resiste a enviarnos al trabajo para que nos calmemos. Pero la universidad cierra por esas fechas a cal y canto. Horrendo. Hay remedio, sostengo. El Hacedor tiene ocurrencias divinas; ha inventado algún lugar estimable para… Ahí ni amigos, ni deberes, ni… Una hamaca y cara al sol, quieto como un lagarto, hasta que se recupere la gestión. Lo contrario sería desolador, no sobreviviríamos. ¿Sin el orden con razón?
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