por qué no me callo

Alaska y los Pegamoides

La cumbre de Alaska no es la de Yalta ni pasará a la historia. Ni Trump parecía el matón que sojuzga a Europa ni el que alardeaba de submarinos nucleares contra Rusia y de estar dispuesto a sancionar a Putin si no paraba la guerra ipso facto. En Alaska era un pedazo de pan.


Para mi gusto, todo fue un paripé, una puesta en escena. Los dos ya habrían descolgado el teléfono rojo, como antaño, y atado los cabos del show para que no hubiera una tregua formal ni cese de hostilidades, que era el compromiso del yanqui con Occidente. Les faltó darse un beso como el de Brézhnev y Honecker. Al pobre Zelenski ya le montan manifestaciones desde dentro y le hacen la pinza entre Putin y Trump desde fuera. No son buenas corazonadas. El de la bronca del Despacho Oval es Trump en estado puro, el compinchado con Putin; las demás versiones son fakes.


Yo estoy convencido de que Ucrania es un coladero de espías rusos, profesionales y amateurs, porque, tres años y medio después de la invasión, el Kremlin, o sea, la KGB (hoy, FSB), ha tenido tiempo de sobra para comprar voluntades a porrillo. No me cabe la menor duda de que la guerra ya ha entrado en esa fase hedionda en que todo tiene precio, empezando por la soberanía.


Yo siempre me acuerdo de las calles de Kiev, paseando tranquilamente en grupo bajo un remanso de violines. Seguir la estela de la música y subir las escaleras de un edificio hasta un apartamento con la puerta abierta, donde tocaban los concertistas. Hoy se trata de otro Kiev, bajo el sonido de las bombas.


Si a Zelenski se le ocurre cederle a Moscú el Donbás (Donetsk y Lugansk, tras los referéndums prorrusos amañados), que es la parte de la tarta que Putin reclamó en Alaska a su amigo y confidente, el hoy presidente ucraniano tendría los días contados en el poder. Acto seguido, la maquinaria rusa se encargaría de masacrar su imagen pública, devenido en el mayor traidor de Ucrania, por malvender las tierras raras a EE.UU. y transigir con un deshonroso trueque de paz por territorio.


La obsesión del ruso es defenestrar a Zelenski y poner un títere al frente del Gobierno ucraniano como Yanukóvich, que se distanció de la UE y el pueblo lo obligó a renunciar en los disturbios del Euromaidán hace una década.


La paradoja es que habrá Zelenski mientras dure la guerra. Después, le darán de lado los americanos y pronunciará conferencias como Lech Walesa, si consigue sortear a un vecino que no perdona. Europa, cuya representación política abarloaba ayer al ucraniano en la cita de trámite en la Casa Blanca, sabe que, a continuación, le caerá el muerto de habérselas con el ruso, porque Trump la dejará sola.


En el 92, Mijaíl Gorbachov se olía un mundo crispado, sin los acuerdos de desarme que él había firmado con Reagan y Bush padre. Cuando nos reunimos con él en La Mareta, mi hermano Martín, Lucas Fernández y yo, nos miraba a la cara con dolor cada vez que le pedíamos un pronóstico de Rusia y el mundo con Yeltsin en la presidencia. Saltaba Raisa enfurecida, llena de malos presentimientos sobre aquel presidente alcohólico. Y la esposa sabía lo que decía. Pronto, Yeltsin dejó el poder en herencia a Putin. Y sucedió todo esto.


No hace falta ser adivino para sospechar los pactos en la trastienda entre los dos actores de Alaska recorriendo la alfombra roja como en un festival de cine, cada uno en su papel. En EE.UU., la prensa le toca los telenguendengues a Trump con un acrónimo que odia, TACO (no el nuestro): “Trump always chickens out” (“Trump siempre se echa para atrás”). Había hecho ostentación de que no le pasaría una a Putin esta vez si no accedía a un alto el fuego, Y llega el día del combate y lo trata a cuerpo de rey. TACO.


No sé qué piensa Sánchez, el ausente de esta pantomima de reuniones previas y posteriores con el Tío Sam, que con tanto entusiasmo resalta Feijóo. Pero para mi gusto, los europeos (los pegamoides de esta historia) han hecho un espantoso ridículo. Cada briefing de esos con Trump produce ahora sonrojo. Todo era un tongo. Ahora andan por ahí los expertos abogando por sacudirse el falso tutelaje yanqui, cerrar filas en la UE y abrirse a China y a India para darle por los besos al tahúr de los aranceles.


Si el Comité Noruego tiene vergüenza puede darle el Nobel de la Paz el 10 de diciembre a la Corte Penal Internacional. Si prefiere caer en el mayor descrédito imaginable, ahí tiene a Trump en bandeja con su trofeíto del acuerdo entre Armenia y Azerbaiyán. El de la firma a toda página es él.