Vivimos en un cuento, que no es un cuento de hadas, sino un puro cuento. Pero hace daño, y entonces deja de ser recreativo y ameno. Este ya tiene pinta de ser un cuento de terror.
Porque siendo lo que es, el cuento de un mundo donde los niños mueren bajo las bombas del hambre, donde el amo de Occidente impone multas a los países que le caen antipáticos o que persiguen a golpistas como él, y en el que la vida y la muerte se convierten en un negocio redondo, algo cruel que desconocemos está sucediendo, nos está pasando a nosotros.
De pronto, las guerras se han puesto de moda y cotizan alto. Las hambrunas citadas se toleran de buen grado por gobiernos y dirigentes que no quieren ofender al amo del palo de golf. Se cuestionan los sistemas democráticos sin subterfugios y Bukele cambia la Constitución para poder ser reelegido indefinidamente, con la aprobación de su coro ultra de afines (lo que le costó a Putin concederse una prórroga larga, pero no la eternidad). El odio que marca el ritmo del fascismo moderno, con sus razias de negros y latinos (o de menores africanos en Canarias), y toda la nueva oleada autoritaria que avanza sin pausa… no es normal.
Y resulta que la sabia tradición hindú, la más antigua de la historia, tenía registrados estos síntomas, todos ellos juntos, sin excepción. El Kaliyuga, según el hinduismo, sería el nombre mitológico de esta enfermedad social y política que padecemos: una era de caos, sufrimiento, mentiras, conflictos, opulencia y derrumbe moral. Con eso queda todo dicho. Blanco y en botella…
Conviene no tomarlo al pie de la letra, pero estaríamos en la etapa oscura por excelencia de las cuatro estaciones existenciales que contemplan las escrituras hindúes.
Lo que me ha extrañado es que, siendo Trump rubicundo (supongo que teñido), el ídolo de esta época legendaria, el tal Kali, iracundo y degenerado, sea un tipo moreno, cuando el yanqui ha puesto precio a las cabezas de quienes tengan ese color de piel.
El hinduismo es una fuente rica de sabiduría. Y promete que después de esto vendrá un período de orden y de luz, de concordia y de paz. Pero esta noche oscura tiene mala pinta. Leer el Mahabharata, donde se describe un panorama que nos resulta muy familiar en la actualidad, quizá no sea recomendable, si queremos subirnos la moral, pero conviene saber a qué atenerse en esta orgía de pecados capitales, de ira y avaricia, de masacre y depravación.
Recuerdo a Sánchez Dragó en una de las entrevistas-desayuno que hice en el hotel Mencey para Radio Club, con aquella locuacidad refinada con que abordaba las cuestiones orientalistas en las que era una autoridad literario-televisiva. Dragó, que ya no está entre nosotros, sostenía que el Kaliyuga representa, amén de un tiempo bélico y vicioso, donde el hombre se vuelve un lobo para el hombre e impera la rapiña, el hambre y el despropósito, el período donde se rinde culto al becerro de oro. Tate. No se hable más. Da miedo que este sea el temido Kaliyuga, pero peor sería no saberlo.
Cuando menos, metafóricamente, cabe hablar de un Kaliyuga exprés. Y que el republicano, que tiene las bolsas alborotadas con la guerra comercial que ha declarado para pasado mañana, no se entere de que abandera una era histórica que sus enemigos hindúes han descrito en textos ancestrales. La reiterada alusión a profecías bíblicas como el apocalipsis y demás tiene estas cosas, que nos remitimos a los manuscritos antiguos.
En sánscrito, Kali significa el lado del dado del uno, o sea el lado perdedor, que es el lenguaje favorito del croupier de la Casa Blanca. Y yuga quiere decir era. La era de los perdedores y de una élite superior. Tal cual. Si el trumpismo, con su jerga de casino (“llevas malas cartas”, le dijo Trump a Zelenski en la bronca del Despacho Oval y le levantó las tierras raras), prospera, vamos a estar pagando aranceles hasta que se harte.
Debo decir que la llamada ola espiritual de esta época (entre filósofos y científicos) desmentiría uno de los pilares del Kaliyuga, el de la ausencia de tal corriente. Esta falla anima a pensar que el mal fario sea menos terrible de lo que vaticina el hinduismo profundo. En contra de toda tentación optimista, añado que prevé terremotos y otros desastres, lo cual inquieta tras el reciente seísmo ruso.
Pero me guardé para el final otro motivo de consuelo, ya que, según las mismas fuentes, hay una aceleración del tiempo, todo va a ir más deprisa. Si es así, buena señal. Que pase pronto.
