tribuna

El lugar más sensato del mundo

A veces me asalta la presunción de que los canarios fuéramos la gente más sensata del mundo. Y, por tanto, también, la más rara del mundo. Un archipiélago, con la de mitos y sambenitos que le han llovido de antiguo, convertido ahora -según mi prisma ombliguista- en una rara avis de racionalidad, en tanto a los demás se les ha ido la bola.

Supongamos que decidimos echarnos al hombro ese don. El don de la cordura. El fenómeno sucedió de este modo. Sigilosamente, un día todo empezó a joderse (dicho con aquel pronominal de Vargas Llosa en Conversación en La Catedral). Primero fue una plaga de estupidez que creímos irrelevante y la cosa comenzó a mutar: así, prosperó el desatino (una ola de negacionismo que menospreciamos) y, en un momento dado, el desquicio fue imparable en todas sus variantes, que hoy son los rasgos que definen la sociedad global: odio, racismo salvaje, despotismo iletrado, instinto destructor, belicismo exultante, deshumanización, genocidio, aporofobia, insolidaridad … y un etcétera acorde de infamias y pulsiones viscerales. Repito que el catálogo no es la excepción, sino la regla que retrata nuestro entorno.

Así se comporta en la actualidad el Homo sapiens, al que Yuval Noah Harari sitúa, en su célebre historia de la humanidad, en un viaje de animales a dioses, en tanto ahora nuestra inteligente especie habría dado media vuelta, rumbo a su atávico hábitat: la caverna. Cuando pienso en guanche poscolonial compruebo que nosotros, sin embargo, seguimos proa a la civilización. Pero soy parte interesada de esta teoría del canario ileso, el pueblo que, supuestamente, no ha perdido el juicio.

El cambio no ha sido muy darwiniano que se diga, sino repentino, abrupto, de poco más de un quinquenio y menos de una década. Para cuando nos dimos cuenta de la magnitud del caos, el mundo se había vuelto loco. Hablo desde una óptica occidental que nos es afín, la misma que en la Antigüedad designó a las Islas como una reserva espiritual de Occidente, destinada al descanso eterno de las almas virtuosas, en contraste con el Tártaro, el inframundo. Y, como quiera que éramos el extremo remoto al oeste de los mapas conocidos, se nos mitificó. ¿Me traiciona el subconsciente, entonces, creyendo ver, de nuevo, en nuestro Jardín de las Hespérides un lugar idílico de buena gente -bienaventurados-, de buen corazón -virtuosos-, que la mitología situó en este fin del mundo? ¿Todas mis sospechas son, por tanto, un déjà vu?

Como es bien sabido, el sentido común ha sido borrado de la faz de la Tierra. Y la prudencia, que aprendíamos en aquel manual de Baltasar Gracián. Y no digamos la empatía, o la duda (tan prestigiada por Emilio Lledó, que la consideraba la luz del pensamiento), o el verbo favorito de Adán Martín, planificar, verlas venir con gafas de lejos. Nada de todo ese léxico tiene que ver con este tiempo histérico si se descompone en sus mantras el carácter simbólico de la sociedad actual -que trato de abordar en contraste con el antagonismo canario-.
A mi modo de ver, toda esa caricatura villana decae si se vuelve la mirada sobre las Islas, doctoradas en pasarlas canutas tras verle las orejas al volcán. Por eso entre nosotros todavía se duda y se rectifica (rectificar es de sabios, decía un difunto proverbio) y se les da vueltas a las cosas, aunque nos tachen de aplatanados y Unamuno nos reconvenga con la soñarrera canaria.

En el vestíbulo del Edificio Bahía, de la Avenida de Anaga, una hermosa foto gigante a todo color preside la pared principal, junto a los ascensores, con la bahía y un rostro sonriente de José Luis Sampedro, que fue vecino nuestro y pasó una época en un apartamento de la planta novena de esta torre frente a Paso Alto. De ahí copio estas palabras de su puño y letra: “…No tropiezo con un muro, sino con la inmensidad del océano… Vivo frente al mar día y noche… sobre el Atlántico… Las fugaces formas y tonos de las altas nubes me infunden una placidez imaginativa.” Quizá -me sugiere Sampedro- haya sido el mar perimetral la muralla contra las malas influencias.

Y eso explique que me sienta a salvo de la enorme alteración de este tiempo, del desagüe de los sentimientos humanos (Gaza, Ucrania…), que ha vaciado de un plumazo todos los logros de la inteligencia emocional en boga desde hacía 30 años, cuando los cerebros se dejaban gobernar por el neocórtex y el sistema límbico, ahora depuestos por el primitivo cerebro reptiliano. Ante la ira desencadenante, leer la poética marina insular de Sampedro, hace que el canario se sienta orgulloso de estar lejos -como nos veían hace miles de años-, en nuestra vida retirada, como si nada se nos hubiera perdido fuera. Como si Canarias tuviera la conciencia tranquila.

Y acaso por ello, ahora, recibamos al Open Arms, el barco que salva vidas humanas, con tantas muestras de simpatía, y, cuando Abascal pidió con rabia que lo confisquen y lo hundan, nos haya parecido tan sensata y afortunada (y es posible que insólita en el actual contexto de Europa) la expresión del presidente Clavijo llamándolo simplemente: “Fascista”.